
¿Te ha pasado que, de pronto, experimentas una emoción para la que no encuentras una explicación aparente? Reconoces que te sientes triste, tienes miedo, estás nostálgico o experimentas cierta angustia, pero no logras identificar qué está provocando lo que sientes.
Seguramente sí. Y casi podría asegurar que te ha sucedido en más de una ocasión, aunque quizá en este momento no lo recuerdes.
Lo interesante de estas experiencias es que, en ocasiones, nuestro cuerpo parece reaccionar antes de que nuestra mente consiga identificar qué está sucediendo. Podemos sentir algo sin tener todavía una explicación consciente de ello.
¿Por qué sucede esto? Vamos a analizarlo por partes.
A través de nuestros sentidos recibimos constantemente información del entorno y de nuestro propio cuerpo. Nuestro sistema nervioso procesa una gran cantidad de estos estímulos, muchos de ellos de manera automática y sin que seamos plenamente conscientes de ello. Mientras tanto, nuestra mente intenta interpretar lo que sucede, relacionarlo con experiencias previas y darle un significado. Sin embargo, estos procesos no siempre ocurren al mismo tiempo. A veces, el cuerpo ya está reaccionando cuando todavía no sabemos cómo explicar lo que nos pasa.
Por ejemplo, entras a un lugar y comienzas a sentir que se acelera tu corazón o percibes un nudo en el estómago. No logras identificar por qué te sientes así, pero tu cuerpo ya está respondiendo a algo que tu mente consciente todavía no ha reconocido.
Algo parecido sucede cuando experimentas tristeza, miedo o angustia sin encontrar una razón aparente. Puede haber algo que aún no has identificado, una experiencia que estás procesando o incluso varios factores que, por el momento, no consigues relacionar entre sí.
Y aquí es donde conviene hacer una pausa.
¿Qué necesitamos hacer cuando sentimos algo que no logramos comprender?
Quizá lo primero sea dejar de exigirnos una explicación inmediata. No necesitamos convertir cada emoción en un problema que debemos resolver, ni cada sensación en un enigma que tenemos que descifrar. En ocasiones, lo más conveniente es permitirnos sentir. Dejar que la emoción habite nuestro cuerpo sin apresurarnos a encontrar su origen. Darle espacio sin intentar modificarla de inmediato, sin juzgarnos por sentirla y sin hacer todo lo posible para que desaparezca. Incluso cuando se trata de una emoción desagradable, como la ansiedad.
Esto no significa resignarnos al malestar ni ignorar lo que sentimos. Significa reconocer que podemos experimentar una emoción sin tener que luchar contra ella y que no siempre necesitamos actuar inmediatamente para dejar de sentirnos así.
Paradójicamente, cuando dejamos de luchar contra una emoción y aprendemos a relacionarnos con ella de una manera más amable, podemos descubrir que su intensidad disminuye. Poco a poco, somos capaces de atravesarla, comprenderla o simplemente dejar que pase. A veces, después de darnos ese espacio, encontramos la explicación que buscábamos. Otras veces, no llegamos a comprender del todo qué originó lo que sentimos. Y eso también está bien. No necesitamos entenderlo todo.
Necesitamos aprender a escucharnos, a reconocer nuestras sensaciones y emociones, y a darles un lugar sin exigirles que tengan sentido de inmediato. Porque no todo lo que sentimos necesita una explicación antes de ser atendido. Y, cuando estamos atravesando un momento de perturbación emocional, quizá tampoco sea el mejor momento para tomar decisiones importantes. Podemos darnos tiempo, esperar a que la intensidad disminuya y recuperar cierta calma antes de decidir qué hacer. A veces, cuando dejamos de exigirnos respuestas inmediatas, podemos escuchar con mayor claridad lo que necesitamos.
No siempre necesitamos entender lo que sentimos para empezar a cuidarnos. A veces, basta con permitirnos sentir, respirar y esperar.






