sábado 26, septiembre , 2026
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El romance que puso a Puerto Vallarta en el mapa

Por: Vanessa Cole

Elizabeth Taylor y Richard Burton, con Sergio Toledano.
  • Cuando el cine, el amor y el destino se encontraron en la selva de Mismaloya

Hay historias de amor que trascienden el tiempo. Y hay destinos que, casi sin proponérselo, se convierten en el escenario perfecto para que esas historias cobren vida. Puerto Vallarta fue ese escenario.

Fue en 1962 cuando Richard Burton y Elizabeth Taylor, recién enamorados tras el rodaje de Cleopatra, llegaron a este rincón del Pacífico mexicano que aún era un secreto bien guardado. Burton venía a trabajar en La noche de la iguana, la película que John Huston filmaría en la exuberante selva costera de Mismaloya, un paraje que hoy sigue cautivando con su vegetación desbordante y sus acantilados besados por el mar.

Pero el Puerto Vallarta que encontraron no era el destino turístico que hoy enamora a viajeros de todo el mundo. Era un pueblo pesquero de calles empedradas, con hoteles modestos y un Malecón que apenas comenzaba a soñar con su futuro esplendor. El antiguo Hotel Océano, frente al faro de rayas blancas y negras que aún vigila la bahía, era el cuartel general de la producción. Y fue allí donde la diva de Hollywood, al pisar su “suite” con piso de tierra y cucarachas voladoras, puso a prueba el amor de Burton.

Cuenta la leyenda que Burton llamó a Huston y le dijo: “Amigo, si no encontramos un alojamiento adecuado para Elizabeth, me temo que no podré protagonizar tu película”.

Huston, sin dudarlo, les ofreció su propia villa alquilada en la colina de Gringo Gulch, un barrio que con el tiempo se volvería tan legendario como sus inquilinos. Casa Kimberley pasó a ser el refugio de la pareja más famosa del mundo, y el resto, como suele decirse, es historia.

Un puente, una piscina y el Arco de los Amantes

Burton se enamoró de Puerto Vallarta con la misma intensidad con la que amaba a Taylor. Tanto que, en febrero de 1964, para el cumpleaños número 32 de Elizabeth, le regaló Casa Kimberley. Fue su sorpresa de aniversario, apenas un mes antes de su boda. La pareja no solo se quedó, sino que echó raíces en la ciudad que los había acogido.

Con el tiempo, Burton compró la casa de enfrente, la demolió y construyó otra alrededor de una gran piscina. Para unir ambas propiedades, mandó levantar una réplica del Puente de los Suspiros de Venecia, que los vecinos bautizaron como el Arco de los Amantes. Pero también, con humor pícaro, lo llamaron el Puente de Reconciliación, porque cuando Elizabeth lo echaba de la casa principal, Burton cruzaba el puente para dormir en la «Casa de la Piscina», su refugio de póker con amigos como Peter O’Toole.

La pluma de Burton y el corazón de Taylor

Fue en la terraza superior de Casa Kimberley, con el sonido del mar de fondo y la brisa del Pacífico meciendo las palmeras, donde Burton escribió su diario personal. Sentado frente a su máquina de escribir, plasmó su vida cotidiana en Puerto Vallarta con una honestidad que luego se convertiría en la fascinante biografía Richard Burton: Una vida, escrita por Melvyn Bragg. Aquellas páginas guardan el eco de una época dorada.

La notoriedad de los Burton fue el detonante que puso a Puerto Vallarta en el mapa mundial. Lo que comenzó como un set de filmación se convirtió en el origen de la próspera industria turística que hoy mueve a la ciudad. Y es que el encanto de este destino no solo está en sus playas, sino en la magia que atrapa a quien llega.

Burton, además de su pasión por el lugar, mostró un corazón generoso. Hizo numerosas contribuciones caritativas y se integró a la comunidad como uno más. La pareja entabló amistad con los lugareños y mostró especial cariño por Sergio Toledano, un niño de 12 años que había perdido a su madre. Taylor, con su instinto maternal, y Burton lo apadrinaron en su primera comunión y lo llevaron a viajar por el mundo en su yate Kalizma e incluso a Inglaterra mientras Burton filmaba Ana de los mil días. Sergio, hoy un galardonado fotógrafo mexicano, guarda para siempre el recuerdo de aquellos años dorados.

Un amor que trasciende las décadas

Los paparazzi acampaban frente a la puerta de Casa Kimberley, ansiosos por capturar a la pareja más deseada del planeta. Los titulares viajaban desde Puerto Vallarta a todo el mundo: «Liz adoptará otro niño», especulaban. Pero lo que realmente adoptaron fue un pedazo del alma vallartense.

Taylor vendió la propiedad varios años después de la muerte de Burton en 1984. «Los recuerdos me entristecían demasiado», confesó. Nunca pudo volver a pasar la noche allí. Al vaciar la casa, encontraron cientos de libros, cartas, recuerdos de películas, ropa vintage de los años 60 y una colección de pelucas de la actriz. Pero quizás el objeto más significativo fue un broche de Tiffany con incrustaciones de joyas en forma de dragón que Burton le regaló para el estreno de La noche de la iguana. Taylor escribió en su libro Mi romance con las joyas que esa pieza «simbolizó para siempre los primeros días de nuestro matrimonio cuando vivíamos en Puerto Vallarta».

Hoy, Puerto Vallarta sigue siendo ese lugar donde el amor florece entre calles empedradas, atardeceres de fuego y el susurro del Pacífico. Quien llega, como Burton y Taylor, suele quedarse cautivado. Y quienes se aman aquí, saben que sus recuerdos quedarán grabados para siempre en la brisa del Malecón y en el eco de las olas de Mismaloya.

Porque Puerto Vallarta no es solo un destino: es un hechizo que atrapa el corazón.

«Estar perdidamente enamorados en Puerto Vallarta puede crear recuerdos muy especiales…» — y quién mejor para saberlo que ellos.