Lo que aparece después del dolor
Aprendiendo a ser feliz / Por: Hania Sosa / Psicóloga
Incluso en las experiencias más difíciles, pueden emerger recursos, aprendizajes y fortalezas que antes no estaban disponibles para nosotros
Muchas veces llegamos a pensar que sanar significa regresar al lugar donde estábamos antes de que algo nos doliera. Recuperar la tranquilidad perdida, volver a sentirnos como éramos antes de una decepción, una pérdida o una experiencia que nos cambió profundamente.
Es una idea comprensible. Cuando atravesamos momentos difíciles solemos mirar hacia atrás con nostalgia, imaginando que la mejor versión de nosotros mismos habitaba en ese tiempo en el que aún no conocíamos ciertas heridas.
Sin embargo, esa forma de entender la sanación puede convertirse en una trampa.
Hace unos días encontré una frase del psicólogo Antoni Bolinches que resume una verdad incómoda, pero profundamente humana: “Se puede sufrir sin aprender, pero no se puede aprender sin sufrir.”
La frase no pretende glorificar el dolor. El sufrimiento no es un requisito para tener una vida valiosa ni algo que deba buscarse. Sin embargo, cuando llega —porque inevitablemente llega— puede convertirse en una oportunidad para conocernos de una manera que difícilmente habría sido posible en la comodidad.
Las crisis suelen actuar como una especie de reflector. Iluminan aspectos de nosotros mismos que permanecían ocultos mientras todo parecía estar en orden. Revelan necesidades que no habíamos reconocido, creencias que nunca habíamos cuestionado y patrones que repetíamos sin darnos cuenta.
Por eso, cuando alguien expresa el deseo de volver a ser quien era antes de una experiencia dolorosa, quizás valga la pena preguntarse: ¿qué cosas desaparecerían también si ese regreso fuera posible?
Probablemente se perdería la sensibilidad adquirida, la capacidad de comprender ciertos matices de la vida, la conciencia sobre los propios límites o la valentía que surge después de haber atravesado situaciones que parecían imposibles de sostener.
A veces el anhelo de regresar al pasado nace del cansancio. Del deseo legítimo de dejar de sufrir. Pero sanar no siempre consiste en recuperar a la persona que fuimos. Con frecuencia implica algo más complejo y más valioso: integrar lo vivido para convertirnos en alguien nuevo.
No se trata de agradecer el dolor ni de justificar aquello que nos lastimó. Se trata de reconocer que, incluso en las experiencias más difíciles, pueden emerger recursos, aprendizajes y fortalezas que antes no estaban disponibles para nosotros.
Tal vez la verdadera sanación no consista en volver atrás.
Tal vez consista en comprender que aquello que nos rompió también nos mostró partes de nosotros mismos que aún no conocíamos. Y que, aunque nadie elegiría sufrir, algunas de las versiones más conscientes de quienes somos, suelen nacer precisamente después de atravesar aquello que creíamos que no podríamos soportar.
