Michelle Gaytán, la guerrera de las letras independientes
Por: Miguel Ángel Ocaña Reyes
Puerto Vallarta, Jalisco.-
El sol ya se había ocultado sobre El Pitillal cuando llegué al pequeño espacio que Michelle Gaytán había instalado entre los pasillos de la feria. Libros de editoriales independientes se apilaban con un orden que solo los verdaderos amantes de la lectura comprenden: no era simple mercancía, eran mundos esperando ser descubiertos. El público pasaba, algunos curiosos se detenían a ojear, otros seguían de largo, pero ella permanecía atenta, observando a cada persona como si pudiera leer en sus rostros el libro que necesitaban.
La conocí de manera incidental, como suelen ocurrir los encuentros más valiosos. Edgar Treviño, a quien también he tenido oportunidad de entrevistar, realizaba un live stream donde debatía sobre la naturaleza de ciertos eventos literarios, cuestionando si eran auténticas ferias del libro o simples vendimias. Michelle lo escuchó, intervino con una aclaración, y de aquel intercambio surgió una conversación que reveló dos puntos de vista distintos, pero igualmente apasionados. Fue entonces cuando supe que debía conocerla.
Originaria de Toluca, Estado de México, Michelle ha tejido una trayectoria que cruza fronteras. Periodista, filósofa y gestora cultural, ha llevado su amor por los libros y las artes a países como Colombia, Costa Rica, Panamá y toda Centroamérica, sin descuidar por supuesto el territorio mexicano. Pero lo que realmente define su labor no es el currículum, sino la pasión con la que habla de su oficio.
Sus inicios
Mientras acomoda algunos ejemplares, recuerda sus inicios. Estudiar filosofía implica leer mucho, dice, pero algo curioso ocurrió en su caso. Mientras sus compañeros se desconectaban de la realidad, sintiéndose superiores por sus lecturas, ella experimentó lo contrario. Para explicarlo, recurre a una metáfora gastronómica: es como cuando ves a alguien en un restaurante disfrutando tanto su platillo que terminas antojándote, aunque hubieras pedido otra cosa. Ella fue esa comensal que disfrutó con tal devoción “el pescado” —la lectura— que terminó contagiando ese entusiasmo a todos los que la rodeaban. Así descubrió que vender libros y promover la lectura era también su camino.
Para Michelle, esta labor trasciende lo comercial. En tiempos de crisis, cuando el mundo parece empeñado en buscar discordia, el arte y la cultura ofrecen lo contrario: sensibilizan, generan empatía, nos permiten escuchar las historias de otros. Es un apostolado, sí, pero también un estilo de vida. Los lectores entendemos que siempre hay dinero y espacio para los libros, aunque para quienes no comparten esta pasión resulte incomprensible.
El emprendimiento
Recuerda con especial emoción sus primeros años como promotora. Ante la necesidad de financiar sus estudios —y ante la negativa de su padre, que consideraba innecesario que una mujer se titulara en filosofía— comenzó vendiendo sus propios libros en facultades y preparatorias. Pero pronto sintió que podía dar más. Incorporó obras de teatro, conciertos, títeres. Incluso llevaba juegos de destreza como ajedrez, convencida de que activar el cerebro era tan importante como vender. Se colaba entre clases para leer poemas, dejando la invitación de que abajo esperaban más libros.
Un triciclo “tamalero”, financiado por la propia comunidad mediante una campaña de fondeo, se convirtió en su librería ambulante. Recorría espacios públicos con casi cien kilos de libros, y lo más valioso no era vender, sino ver a los niños que trabajaban vendiendo dulces acercarse a leer. Esa imagen —la de los pequeños devorando páginas entre jornadas laborales— la convenció de que su misión valía la pena.
Pero quince años después, el panorama ha cambiado. Michelle lo observa con preocupación, aunque sin perder la esperanza. La tecnología ha transformado nuestros cerebros, dice. Las nuevas generaciones ya no ven películas completas; pausan, se distraen, saltan. Si eso ocurre con lo audiovisual, qué esperar del libro, que exige inmersión total, imaginación, paciencia. Los formatos audiovisuales dominan, las plataformas restringen la escritura, y todo tiende a la inmediatez. Leer un libro completo se ha vuelto casi un acto de rebeldía.
Una labor titánica
Su trabajo, admite, es cada vez más titánico. Tiene que hacer “circo, maroma y teatro” para atraer lectores. A veces se disfraza, se personifica, lee poemas como si adivinara el destino con un tubo de cartón. Lo que antes fluía naturalmente, ahora requiere estrategias que capturen la atención fugaz de los transeúntes. La curiosidad por los libros ha disminuido, y eso se refleja incluso en las ventas de las grandes editoriales.
Sin embargo, encuentra razones para el optimismo en el mundo independiente. Las pequeñas editoriales están reinventándose, apostando por el diseño gráfico y las experiencias lectoras. El libro físico, como el vinilo, se está convirtiendo en objeto de culto. Autores como Agustín Monreal —múltiples veces galardonado— prefieren publicar en independientes porque ahí encuentran libertad creativa, pueden inventar palabras sin que un editor las normalice, desarrollar su pensamiento sin cortapisas.
Defensora apasionada
Michelle defiende con vehemencia estos espacios. Cuando alguien busca los títulos comerciales de siempre, ella invita a ser inteligentes, a leer independientes, a no demeritar lo que no se conoce. Detrás de cada libro hay un esfuerzo, una vida dedicada a la creación. Y hay lectores para todos, asegura. Así como en la vida encontramos personas de todo tipo, en los libros existen mundos posibles, formas múltiples de pensar. La tolerancia también se aprende leyendo.
Sobre las estrategias oficiales de fomento a la lectura, tiene reservas. Regalar libros en masa, sin entender qué necesita cada persona, no funciona. Como cuando en las escuelas obligaban a leer ciertos textos y en vez de amor a la lectura generaban rechazo. El verdadero promotor sabe leer a las personas: sus gestos, sus intereses, la manera en que visten. A partir de ahí, puede recomendar.
Y cuenta una anécdota reveladora. En Panamá, una señora que vendía comida en la calle se acercó a su puesto. Michelle, en lugar de ofrecerle un libro al azar, le dijo que le leería el destino. El “destino” resultó ser un poema inspirador que la mujer terminó guardando cerca del corazón. Esa señora, probablemente, no habría aceptado un libro regalado, pero una experiencia significativa la conectó con la literatura. Ahí se crea un lector, concluye: cuando llegas donde ni siquiera esperaba ser tocado.
El arte como alternativa
La conversación deriva hacia la violencia que asuela el país. Michelle recuerda a una amiga gestora cultural de Sinaloa con quien bromeaba sobre volverse mafiosas, solo para concluir que en esos caminos todos terminan mal. Pero más allá de la broma, está la realidad de jóvenes que ven en el crimen organizado su única opción de ser alguien, de escapar de la pobreza. El arte ofrece una alternativa: no hará millonario a nadie, pero puede dar satisfacción, estabilidad emocional, paz. Y en algunos casos, incluso la posibilidad de viajar, de conocer otros países, de ampliar el horizonte más allá de la visión reducida que impone el entorno.
En eso precisamente pensaba cuando decidió venir a esta feria en El Pitillal. Se enteró a último momento, escribió a la Fundación Mecenas del Libro, y Osvaldo Juárez, el organizador, la cobijó con la solidaridad que caracteriza a la comunidad de libreros. Aunque el Malecón, donde suele instalarse, recibe muchos turistas extranjeros que no leen en español, aquí sintió que la gente local tenía interés genuino. Por eso emprendió el viaje, por eso carga ahora entre treinta y cuarenta kilos de libros —menos que los cien de antaño, pero todavía un peso considerable—, por eso está convencida de que vale la pena.
El futuro
Antes de despedirnos, comparte su visión sobre el futuro. Las editoriales independientes están apostando por la experiencia lectora, por libros que sean también objetos bellos. El diseño atrae, pero el contenido retiene. Y aunque los audiolibros ganan terreno, ella prefiere la lectura tradicional, aunque reconoce que cualquier formato que active la imaginación es válido. Lo importante es no perder la capacidad de sumergirse, de construir mundos, de pensar críticamente.
Le pregunto por sus redes sociales, esos espacios donde continúa la aventura. Sonríe y enumera: en Facebook como Michelle Librarte Gaytán, en Instagram @michelle.libre, en TikTok como Michelle Librarte. Ahí comparte sus andanzas, las ferias que visita, los proyectos que mueve. Y también, seguramente, seguirá sembrando esa pasión que la define.
Mientras la noche avanza sobre El Pitillal y los últimos visitantes desfilan entre los puestos, me quedo pensando en sus palabras. La lectura como rebelión, los libros como refugio, el arte como posibilidad. Michelle Gaytán, la guerrera de las letras independientes, continuará su batalla: una batalla silenciosa, librada libro por libro, lector por lector, en ferias y espacios públicos, convencida de que cada persona que descubre el placer de leer es una victoria contra la barbarie.
Antes de partir, le pregunto si volverá el próximo año. La respuesta queda flotando, abierta como un libro que espera ser abierto: “No sé qué nos depara el destino, pero los invito a seguirme. Seguramente tendré muchas aventuras que compartir”.
Y yo, que he tenido el privilegio de escucharla, sé que así será.

