El mejor estado de ánimo es la tranquilidad
Aprendiendo a ser feliz / Por: Hania Sosa / Psicóloga
Quizás muchos hemos pensado —al menos alguna vez en la vida— que nos gustaría estar siempre alegres o felices. Idealizamos la felicidad como si fuera la meta a alcanzar, como si realmente se pudiera vivir permanentemente ahí. Probablemente es en la adolescencia cuando más creemos en esa ilusión.
Así como de niños creemos en Santa Claus, en la adolescencia la ilusión más grande suele ser la de vivir en alegría constante. Pero, así como al crecer descubrimos que Santa Claus no existe, también llega un momento —entre la adolescencia y la adultez temprana— en el que deberíamos asimilar que no es posible (e incluso me atrevería a decir, ni deseable) vivir en alegría permanente.
Los jóvenes idealizan ese estado porque están expuestos a publicaciones constantes donde conocidos y desconocidos reflejan su aparente felicidad. Y no pretendo minimizar esos momentos de júbilo —yo misma los comparto—, sino diferenciar entre momentos y permanencia.
Claro que todos deseamos una vida llena de momentos de alegría. Pero la alegría, como cualquier estado de ánimo, es pasajera. Y si hablamos de estados de ánimo, hoy más que nunca puedo afirmar que el mejor estado de ánimo no es la alegría: es la tranquilidad.
La tranquilidad es ese estado que permanece tras bambalinas la mayor parte del tiempo. No hace ruido. No llega con carcajadas como la alegría, ni con gritos como el enojo o el miedo, ni con el sonido del llanto. Quizás por eso no la valoramos tanto.
Pero en días como los que hemos vivido recientemente en Puerto Vallarta, esa tranquilidad se vuelve evidente en cuanto el ruido cesa. Y entonces entendemos lo esencial que es.
En consulta suelo decirles a mis pacientes:
“Espérate a que estés en calma.”
Las decisiones no se toman desde el enojo. Ni desde la tristeza. Pero tampoco desde la euforia. Se toman desde la calma. Desde la claridad que trae la tranquilidad.
Hoy me queda más claro que nunca que la tranquilidad no solo es necesaria para tomar decisiones: es el punto de partida para todo.
Para retomar nuestras actividades.
Para sentirnos seguros.
Para poder pensar.
Para poder estar.
Si alguna vez no le habíamos dado su merecido lugar a la tranquilidad, quizás hoy sea momento de hacerlo. Y desde nuestra propia trinchera, hacer lo que nos corresponde para que, cuando esa tranquilidad regrese a nuestro pecho, podamos empezar a contagiarla. La calma que queremos vivir comienza en nosotros. Eso siempre ha estado —y siempre estará— en nuestras manos.

