La historia de resistencia y alma grande de Evangelina Sánchez Dueñas

Por: Miguel Ángel Ocaña Reyes

Evangelina Sánchez, grande de espíritu.

Puerto Vallarta, Jalisco.-

El río Cuale corre manso detrás de ella. Evangelina Sánchez elige la mesa de siempre, junto a la baranda de madera de River Café, el restaurante que ella misma construyó ladrillo tras ladrillo —o más bien, viga tras viga— hace casi tres décadas. Tiene enfrente un vaso con agua. No lo toca. Prefiere perderse en el recuerdo.

Habla pausado, como quien desempolva un álbum familiar con las páginas amarillas. Y aunque físicamente es pequeña, su presencia llena el lugar. Su carácter, admite, es fuerte. “Soy corajuda”, dice sin titubeos. Pero también es generosa, amante del arte y de ayudar al prójimo. Y detrás de cada logro, hay una historia de trabajo, fracasos y resiliencia.

Los orígenes: 12 hermanos, tortillas de leña y un padre llamado “El Rinti”

Evangelina nació en San Juan de Abajo, en ese entonces un pueblo de unos 3,000 habitantes. Es la mayor de 12 hermanos. Su madre, Gabriela Dueñas, aún vive, y su padre, J. Buenaventura Sánchez Ramos, fue un hombre que, siendo adolescente, emigró de Atenguillo a la Ciudad de México, donde trabajó 20 años. Allá conoció la plaza de toros, el teatro, a Lola Beltrán. Regresó a los 35 años, se casó con Gabriela, de 18, y se estableció en San Juan.

“¿Cómo mantenían a 12 hijos?”, pregunto. Evangelina sonríe con complicidad. “Buena pregunta”, responde. Su padre fue sastre y después ladrillero. Pero donde realmente hizo fama fue rentando bicicletas. Le decían “el Rin Tin Tin”, por el famoso perro de la película que usaba un collar brilloso. Su padre usaba un cinto parecido, y con el tiempo el apodo se fue acortando hasta quedar solo “El Rinti”. “Era tan hábil que arreglaba las bicicletas quebradas, las soldaba, las dejaba al cien. Tenía más de 30. Los fines de semana llegaban cientos de niños, incluso de Vallarta, a rentarle”.

Mientras tanto, su madre hacía tortillas a mano para vender. Evangelina ayudaba desde niña. “Íbamos al molino, poníamos el nixtamal, hacíamos las tortillas con leña”. Después vinieron los tacos dorados, que su hermano menor vendía en el pueblo vecino. “Así nos agenciábamos para comprar tela, porque mi abuela era costurera y partera, y nos enseñó a hacernos la ropa para ir a la escuela”.

Los sueños truncados y el sacrificio de estudiar

Su padre quería que fuera maestra. Pero el destino no se lo puso fácil. Intentaron mudarse a Tepic, no funcionó. Regresaron a San Juan. “Me dijo: ‘Vas a esperar a que tu hermana salga de la escuela para que vayan juntas al CBTis a Vallarta’”. Y así lo hizo.

Durante un año, Evangelina y su hermana viajaron dos horas diarias de ida y dos de regreso para ir a la escuela. “Salíamos de casa a las 4:45 de la mañana. El camión salía de San Juan, entraba al Valle, luego a San José… no había nada en Mezcales, solo dos casitas”. Después, la familia rentó un cuartito frente al Sheraton. Su padre abrió un taller mecánico. Ella terminó sus estudios. Hasta ahí. “Otra cosa implicaba irnos a Guadalajara, y eso no era posible”.

Del Fideicomiso al CONALEP, de Le Bistro a River Café

Su vida laboral arrancó en el Fideicomiso para la Regularización de la Tenencia de la Tierra, en Púlpito 120. Ahí aprendió a hacer contratos de compraventa, pagarés, a atender a la gente que esperaba horas para escriturar su terreno. “Era un ente público federal, los que urbanizaron Puerto Vallarta, los que diseñaron el libramiento”, recuerda.

Por las tardes, daba clases de taquigrafía y mecanografía en el CONALEP de Francisco Villa. Luego pasó a Le Bistro, en el área administrativa, aprendió contabilidad, recursos humanos, manejo de bancos… y el negocio restaurantero. Ahí conoció a quienes abrieron dos restaurantes, y ella estuvo desde el nacimiento de uno de ellos.

“No escribas esta parte”, me dice antes de contar un episodio que reserva para la intimidad. Lo respeto. Hay memorias que no necesitan tinta.

El nacimiento de River Café: “El 31 de diciembre no tenía ni un peso”

A finales de 1996, alguien le ofreció traspasar un local en la ribera del Cuale. Se llamaba Chili Willy. Ella dudó, pero al final se lanzó. “Hicimos pintaditas, muchas flores, pusimos piso de granito. Abrimos desayuno, comida y cena desde el primer día”. El 16 de octubre le entregaron las llaves; el 24 de diciembre abrió sus puertas.

“Mi hermana me decía: ‘No abras, deja que los empleados disfruten’. Pero yo el 31 tenía que pagar la nómina. No tenía un peso. Habíamos estado haciendo pruebas de menú. Pagué la nómina… y desde entonces, gracias a Dios, no me ha faltado su mano”.

Hoy, River Café está a punto de cumplir 30 años.

Las crisis: 2008, la venta de terrenos y un departamento; el COVID y el lado bueno

La primera gran encrucijada llegó cuando decidió tirar lo viejo y reconstruir. “Tenía dinero ahorrado, pero no me ajustó. Pedí un préstamo de 500 mil pesos y salimos”. En 2008, la crisis fue brutal. “Vendí dos o tres terrenos, un departamento… hasta que pude equilibrarme”. Del COVID, en cambio, prefiere quedarse con lo positivo: “Aproveché para atenderme, cuidarme. Le vi el lado bueno”.

Arte, liderazgo empresarial y servicio comunitario

Evangelina no solo ha construido un restaurante, sino también una red de compromiso social. Fue presidenta de CANIRAC, consejera de COPARMEX y actualmente lidera la Asociación de Expresidentes Empresariales. Pero su labor silenciosa es quizás la más noble: becas, apoyos a asociaciones como Pasitos de Luz, donaciones de comida para eventos comunitarios. “Ahorita el dinero no alcanza, pero podemos apoyar con alimentos. Si hay que intercambiar por patrocinios, bienvenido”.

También es una coleccionista apasionada. Tiene obras de Marta Gilbert, Ada Colorina, Alexis Ríos, Manuel Adria, esculturas de Octavio González, de Gustavo Ochoa… “Me gusta el arte, me llena. Quiero darle un cambio al restaurante, pero mis clientes me dicen: ‘No, así es River Café, con la obra de Marta’”.

Su definición: honesta, responsable, trabajadora. Su defecto: el carácter

“Me autodefino como una persona honesta, responsable, trabajadora. Trato de ser lo más sincera conmigo misma y con los demás”. ¿Su defecto? “Soy corajuda. Me enojo mucho a veces. Pero con los años aprendes a dominarlo, a hablar antes de enojarte”.

De sus padres aprendió a ser estudiosa, buena con la sociedad, responsable. Su padre, a pesar de ser hombre de su tiempo, cuidó mucho a sus 10 mujeres. “Creo que por los años que vivió solo en México, vio muchas cosas”. Su madre, siempre trabajando, siempre embarazada, hoy goza de salud a sus 84 años.

A sus tres hijos —Esteban, Antar Alejandro y Marisol— les pide que sean buenos para la sociedad. “Creo que lo estoy logrando”.

Cómo quiere ser recordada

“Más que recordada, que quienes me recuerden lo hagan con cariño. Eso es señal de que me quisieron y que hice algo bueno en sus vidas”. Hace una pausa. El Cuale sigue corriendo. “Si alguien me recuerda, es porque tuve que haberle dejado cosas buenas”.

Evangelina Sánchez toma al fin un sorbo de agua. Afuera, el sol de la tarde comienza a dorar las vigas de River Café. Y uno entiende que, en esa mujer menuda de alma descomunal, la palabra fracaso no está en su vocabulario, y la palabra éxito huele a trabajo, a familia, a arte y a servicio. “La restaurantería es una carrera de resistencia”, dice. Y ella, vaya que ha resistido.