“Puerto Vallarta está al límite de su capacidad de carga”
Por: Miguel Ángel Ocaña Reyes
A un año de su partida física, la voz del doctor Rafael Guzmán Mejía continúa iluminando las complejidades sociales, ecológicas y culturales de la región de Puerto Vallarta. Académico, ambientalista y pensador integral, Guzmán Mejía fue un referente nacional en el estudio de la agronomía y la conservación biológica, pero también un profundo conocedor del devenir histórico de nuestra comunidad.
En esta entrevista realizada en 2014, el doctor Guzmán comparte su mirada lúcida y crítica sobre los procesos de transformación que han moldeado a Vallarta desde sus orígenes hasta su crecimiento contemporáneo. A pesar del paso del tiempo, sus reflexiones permanecen plenamente vigentes. La claridad con la que analiza los cambios culturales, ecológicos y económicos que enfrenta la región confirma la profundidad de su pensamiento y su capacidad de anticipar fenómenos que hoy vivimos con mayor intensidad.
Publicamos este testimonio como un homenaje a su memoria y legado. En sus palabras se encuentran claves valiosas para comprender el presente y repensar el futuro de Puerto Vallarta. Esta conversación, más allá de la nostalgia, es una invitación a seguir escuchando a quienes, como él, dedicaron su vida a pensar con el corazón puesto en la tierra.
¿Cuándo te iniciaste como investigador? ¿Y por qué te iniciaste como investigador?
Inicié mi trabajo como aprendiz de investigación en 1974, cuando ingresé al Instituto de Botánica de la Universidad de Guadalajara. El primer nombramiento que tuve fue de “Mecanógrafo de Segunda”, así estaba tipificado, y comencé en la investigación casi por puro amor propio.
Mi jefa en el Instituto de Botánica, en una ocasión, me llamó la atención de una manera muy grosera porque se suponía que mi labor era hacer etiquetas para los ejemplares de plantas. Estando yo capturando los datos de una etiqueta, noté que había dos ejemplares muy diferentes con el mismo nombre. Entonces, sin saber gran cosa, dije: “Este no puede llevar el mismo nombre, son ejemplares distintos.” Me puse a buscar en un libro las características de ambas especies, y cuando mi jefa me vio, me dijo: “Usted quítese de eso, su trabajo no es de investigación, su trabajo es capturar los datos de las etiquetas.”
¿Qué edad tenías entonces?
En 1974 tenía 24 años. Ya había concluido la carrera de ingeniero agrónomo. Antes de eso estudié cinco semestres de Economía y un semestre de Medicina. Finalmente, me quedé en Agronomía. En el 74 todavía estaba en Economía, pero en el 75 me cambié. Digamos que era estudiante de Economía.
¿Qué pasó después?
Hice lo que me indicó mi jefa, pero por mi cuenta decidí prepararme y convertirme en el mejor conocedor de esas plantas que tenía en mis manos: los zacates, de los cuales en el país hay una infinidad de especies diferentes. Llegué a ser el experto nacional número uno en varios géneros de gramíneas.
Motivado por eso, hice un descubrimiento que me hizo mundialmente famoso: publiqué en 1977, apenas tres años después de aquella regañada, el hallazgo de una especie nueva de una planta muy emparentada con el maíz cultivado, comúnmente conocida como maicillo o milpilla. La publiqué junto con un investigador de la Universidad de Wisconsin en la revista Science. De la Universidad de Guadalajara, soy el único que tiene una publicación en Science.
¿Las plantas son tu principal objeto de estudio?
Sí, las plantas han ocupado gran parte de mi tiempo, atención, entusiasmo y gusto. Me dediqué a ellas desde 1974 hasta aproximadamente 1987. En 1984 cambié mi enfoque hacia la conservación biológica. El descubrimiento de Zea diploperennis, una especie sumamente importante en muchos aspectos, nos llevó a conservar su hábitat en la Sierra de Manantlán. Eso cambió el rumbo de mis investigaciones.
Pasé de la taxonomía pura, que es el estudio sistemático y la clasificación botánica de las plantas, a la conservación biológica, motivado por la necesidad de proteger el entorno de esa especie.
¿Cuánto tiempo le dedicaste a ese proyecto?
Trabajé en él de 1984 a 1989. En 1989 me fui a Estados Unidos a hacer una maestría, y cuando regresé en 1991 me dediqué a otro aspecto de la investigación: las Manifestaciones de Impacto Ambiental dentro de la misma Universidad de Guadalajara.
Eso nos llevó, a Carmen y a mí, a realizar un trabajo muy extenso en la Sierra de los Huicholes, en los municipios de Mezquitic y San Martín de Bolaños, Jalisco. Ahí ya había un antecedente de un grupo que trabajó con mucho dinero, pero dejó el proyecto a medias. A mí me invitaron para “componerlo”. Teníamos mucha información, pero incoherente, dispersa e incompleta.
Con el apoyo del Instituto Nacional Indigenista y un programa del CONACYT llamado SIMORELOS (Sistema de Investigación MORELOS), trabajaron con nosotros más de 100 personas en áreas como geología, vegetación, sociología, recursos naturales, entre otras. Entregamos un informe y un volumen con una imagen satelital de altísima resolución, integrando lo hecho por el grupo anterior junto con nuestros datos.
¿Qué te trae a Puerto Vallarta?
De esa investigación surgió un libro sobre los huicholes que me sirvió como tesis de doctorado. Luego me vine a Puerto Vallarta a retratar gringas en el Malecón, también con apoyo del CONACYT. Yo había sido investigador toda mi vida y jamás se me había ocurrido solicitar mi ingreso al Sistema Nacional de Investigadores. No lo hacía porque para mí la investigación era una pasión, y ya contaba con recursos de la universidad, la SEP, el CONACYT, el Gobierno del Estado y otras instituciones. Pensaba: “¿Para qué quiero más?”
Finalmente, en 2006 hice la solicitud y fui aprobado a finales de 2007. El CONACYT me otorgó financiamiento. El Sistema Nacional de Investigadores te da un sobresueldo que te permite desplazarte y te brinda seguridad económica. Además, cambia la forma en que te perciben tus colegas: “Este sí es del sistema”, dicen, aunque sigas haciendo lo mismo.
Y así me vine a Puerto Vallarta a trabajar en antropología.
¿En qué año llegaste?
Llegué a finales de enero de 2008. El 1 de febrero ya estaba trabajando en temas de Puerto Vallarta y la Bahía de Banderas, en particular su evolución cultural. Me enfoqué en eso entre 2008 y 2011, y publicamos dos libros ese año. A grandes rasgos, esa ha sido mi trayectoria.
¿Qué encontraste de fascinante en el ámbito botánico que te llevó a desarrollar ese gusto por el medio ambiente?
El descubrir especies nuevas que no estaban clasificadas. Eso te da una satisfacción especial y un prestigio importante. Una especie que describes y publicas hace que tu nombre permanezca en la historia de la taxonomía.
Tengo al menos 15 especies diferentes que llevan mi nombre y otras que colegas me han dedicado. Por ejemplo, hay un saltamontes diminuto y blanco que descubrió uno de los entomólogos más prominentes del siglo pasado, de apellido Long. Lo encontró en una excursión en la que yo lo acompañé, y me dijo: “Este es nuevo, te lo voy a dedicar a ti.” Ese chapulín se llama Paspalum guzmanii.
También hay un álamo en la Sierra de Manantlán que un investigador nombró Populus guzmanantlensis. Y hay otras especies más, aunque ahora no recuerdo todas.
¿De ahí saltaste a la conservación biológica?
Sí, todo se enlazó con el descubrimiento de Zea diploperennis, que resultó ser valiosísima para el cultivo del maíz. Su conservación en su hábitat original era de interés mundial. Eso nos llevó a proponer la creación de la Reserva de la Biosfera Sierra de Manantlán. La botánica y la taxonomía me llevaron a liderar la conservación.
Para ello, conformé un grupo de investigadores y logramos que fuera decretada como Área Natural Protegida. El decreto lo firmó el presidente Miguel de la Madrid el 3 de marzo de 1984, en una ceremonia en el paraninfo de la Universidad de Guadalajara.
¿Qué representó para ti esta declaratoria?
Fue un logro formidable. Ya sabía que mi nombre trascendía por las plantas que había descubierto, pero en este caso también quedó inscrito en un decreto federal. Nadie puede borrarlo. Eso es una enorme satisfacción.
¿De dónde surge tu interés por la antropología?
Cuando regresé de la universidad, no había un vínculo directo con las líneas anteriores. Empecé haciendo estudios de impacto ambiental. Al volver, el rector era Raúl Padilla López, un personaje clave en la creación de la Reserva de la Sierra de Manantlán.
Me presenté con él y le pregunté: “¿Qué quieres que haga?” Llamó a un amigo suyo y me dijo que hablara con él. Días después, fui a su oficina, y recuerdo que firmaba muchos documentos. Le pregunté: “¿Qué voy a hacer?” Se quitó los lentes, dejó la pluma y me dijo: “Rafa, considera esta etapa de tu vida como un premio al esfuerzo que has hecho. Dedícate a lo que quieras. Tienes la confianza del rector. Escribe libros, viaja, da conferencias. Tienes libertad y apoyo incondicional.”
Motivado por eso, trabajé un tiempo desde casa, sin oficina ni horario fijo. Luego conformamos una oficina para elaborar Manifestaciones de Impacto Ambiental. Obtuve una licencia federal que me permitió hacer estudios en todo el país.
Fue como parte de ese trabajo que surgió la investigación en la Sierra de los Huicholes, a finales de 1991.
¿Cómo surgió ese proyecto?
Me invitó una amiga. Como yo tenía más o menos tiempo ilimitado, me invitó a la Sierra de los Huicholes. Volamos en una avioneta y me dijo: “Te voy a llevar como observador, para que luego me digas qué te parece interesante de lo que yo estoy haciendo.”
Tuvimos una reunión en un lugar que se llama Nueva Colonia. De ahí caminamos a un rancho, varias horas a caballo. Nueva Colonia es un sitio de confluencia, de contacto de los huicholes con la civilización contemporánea. Obviamente son indígenas los que viven ahí, pero las residencias no son muy diferentes a las de un ranchito polvoriento.
Cuando llegamos a ese rancho, yo me quedé fascinado con lo que encontré, gracias a la señora que me invitó: la bióloga Josefina Ramos, que ya falleció. Durante los tres o cuatro días que estuvimos ahí, prácticamente no pudimos hablar ni intercambiar opiniones sobre lo que yo pensaba. Incluso en el trayecto de regreso a Guadalajara, en la avioneta, tampoco pudimos conversar.
Ya estando en Guadalajara, ella me preguntó: “¿Qué piensas de lo que viste?”
Le respondí: “Mira, Josefina, lo que tú estás haciendo es muy importante. Pero primero déjame decirte que me quedé en shock por el escenario en el que estuvimos. Me pareció como un set de película, como si uno se metiera a través de una ventana hacia el pasado. Todo lo que vi ahí es tan antiguo, tan auténtico, tan diferente… No sé si tú me viste, pero hubo momentos en los que me hablaban y yo estaba en otro mundo, observando el entorno. Había infinidad de ofrendas y símbolos que jamás me había imaginado. Nunca pensé que así fuera ese mundo.”
Y ella me dijo: “Bueno, sí, eso también me pasó a mí, y creo que es diferente. ¿Y qué piensas hacer?”
Le dije: “De alguna manera voy a hacer algo para tener acceso.”
Le propuse, en primera instancia, que hiciéramos un manejo de venado cola blanca y de guajolote silvestre, que hay muchos allá. Ambas ideas no prosperaron por falta de recursos. Pero seguí viendo a Josefina por motivos de la asesoría que le daba, y en una ocasión, cuando iba de nuevo a la Sierra de los Huicholes, llegó a mi oficina —que teníamos por Los Belenes de la Universidad de Guadalajara—. Estuvimos trabajando ahí, nos despedimos… y como a los dos días me avisaron que había muerto. Se accidentó en su trayecto a la sierra.
Nosotros no sabíamos nada, pero curiosamente, una noche antes de enterarnos de la muerte de Josefina, Carmen —mi compañera— me dijo por la mañana:
“Oye, tuve un sueño muy raro. Soñé con Josefina. Me decía que no dejáramos el proyecto de investigación de la Sierra de los Huicholes. La vi muy real.”
Y esa misma tarde supimos que había fallecido.
Coincidentemente, poco después entró al Instituto Nacional Indigenista una señora conocida nuestra, y sin tener ningún vínculo con lo que estoy contando, nos invitó de manera casual a terminar esa investigación que otros habían iniciado y dejado inconclusa. Gracias a eso, conocí toda la Sierra de los Huicholes, por aire y por tierra.
¿Qué viste en Puerto Vallarta que te llamó la atención?
Me involucré mucho en la antropología, porque para entender lo que estaba haciendo en la Sierra de los Huicholes necesitaba comprender todos los procesos desde un punto de vista antropológico.
Cuando terminé mi tesis de doctorado —que hice gracias a la inercia de esa investigación—, se me hizo relativamente fácil “brincar” de una comunidad muy compleja, culturalmente hablando, como la de los huicholes, a una comunidad como lo es la Bahía de Banderas.
Entonces apliqué todos los principios, conceptos y paradigmas de la antropología para analizar lo que estaba ocurriendo aquí en Vallarta, y me resultó muy bien. Pienso que, en el proceso global del desarrollo de Vallarta, me queda muy claro lo que está pasando.
Eso quedó plasmado en dos libros. El primero lo hicimos como una introducción para nosotros, para saber por dónde entrarle al problema. Pero tenía mucha información y decidimos publicarlo. El segundo es un acopio de todo lo que encontramos, y quedó muy bien.
Cuando terminé el segundo libro —y esa es como la última etapa en la que estoy inmerso ahora—, pensé que valía la pena jubilarme. Y me jubilé. No me arrepiento. Estoy muy contento. Pero no he dejado de hacer lo que me gusta: escribir, reflexionar sobre los cambios, sobre los saltos culturales, sobre los fenómenos y lo que los impulsa. Esa es una de las herramientas de la antropología.
Cuando uno ve una conducta, hay algo que subyace a esa conducta. Y si uno se pone a reflexionar, son cosas muy claras las que están pasando.
¿Qué planes tienes?
En esta última etapa de mi vida productiva, que pienso dedicar hasta los confines del tiempo, con mis ahorros compré una casa rodante… y ando por todos lados.
¿Cómo ves Vallarta?
Nosotros identificamos varias etapas que son, cultural, económica y fisionómicamente hablando, muy diferentes unas de las otras. Por lo general, los que se han enfocado al estudio de Vallarta ven el presente. Si acaso se fijan desde la época de la película La noche de la iguana hasta la actualidad, pero no ven más atrás; y Puerto Vallarta es el producto de un proceso, primeramente físico y biológico, mucho más antiguo, que comenzó desde antes de que Jesucristo caminara sin hundirse en las aguas del mar de Galilea. Desde ese entonces, ya había gente aquí en Puerto Vallarta.
Llegaron los primeros habitantes, hicieron una modificación mínima del entorno, y de manera subsecuente han llegado grupos que desplazan a los que ya están. Y eso ha ocurrido desde siempre, desde el pasado distante hasta el presente.
Y así fuimos dando saltos culturales. En 1911 se agotaron las minas en la mayor parte del país, y la región de aquí no fue la excepción. La gente visionaria de los alrededores de Talpa de Allende, de San Sebastián y otros sitios, dijeron: “Vámonos”, pero le siguieron escarbando por siete años más, los muy aferrados. Pero en 1918 ya no dieron nada las minas.
¿Y qué hicieron entonces?
Los dueños de las minas y los trabajadores se vinieron a Vallarta. Antes esta región estaba prácticamente sola. Puerto Vallarta duró vacío por un espacio de 300 años, que fue desde 1560 aproximadamente, hasta cerca del año 1900. No había habitantes, excepto dos o tres familias. Sin presencia humana, este era un paraíso tropical con profusión de toda clase de organismos, en plantas, en animales, en peces, en aves… infinidad de cosas había.
En 1918, como si fuera un reloj que se activa, comienzan a llegar las gentes motivadas por el agotamiento de las minas. ¿Y qué pasa entonces? Se empieza a poblar y transformar un poco el paisaje, pero todavía no tanto, porque en esas fechas, y hasta el año en que coincide bastante con la expropiación nacional de terrenos de los grandes terratenientes, la región de Vallarta era autosuficiente. Y no solamente era autosuficiente para los que vivían aquí, sino que daba para el abasto nacional, como es el caso de la carne producida por la familia Ibarría, que eran proveedores nacionales de carne. No daban abasto a todo, pero contribuían de manera importante.
Hay saltos culturales muy interesantes que uno los puede identificar. Son diferentes todas las etapas. A partir de 1960, yo le llamo a que la gente de Puerto Vallarta queda emancipada de la obligación de producir alimentos. Ya la gente no se preocupa por producir, se preocupa por ofrecer un trabajo, un servicio o un bien, y con eso compra. Entonces cambia el concepto de la economía en el 60, igualmente, como reloj.
Y hay cosas que coinciden también. Por ejemplo, en 1960 se extingue el lenguaje simbólico de aquí, de Puerto Vallarta. Antiguamente se hablaba mucho con dichos, con albures y con frases simbólicas. Y se acaba. Ya hoy, si uno de los antiguos te habla a ti como se hablaba antiguamente, con infinidad de ejemplos y de lenguaje simbólico, no le entiendes, porque es muy diferente. Entonces, hay cosas que se van transformando.
Del 60 al 80 hay una parte. Luego, en el 80 empieza una nueva transformación. Del 80 al 2000, y desde 2000 hasta el presente, hay otra diferente todavía más, que yo le llamo a esta última en la que estamos de crecimiento exponencial. No solamente en personas, en densidad demográfica por unidad de superficie, sino en vehículos, en presencia de gente extraña, en barcos, en aviones…
Se va reemplazando una etapa tras otra…
Sí, llegan oleadas de gente con una visión distinta a la de las anteriores.
Por ejemplo, la gente de 1918 hasta el 60, yo le llamo la Época Romántica de Puerto Vallarta, porque la gente se conducía por lazos de amistad, por compañerismo, porque veían todo con mucha parsimonia. No les importaba. Como a mí no me importaba ingresar en el SNI, a ellos no les importaba ganar dinero porque vivían felices. Les había caído del cielo una bendición que era el lugar casi regalado, y vivían. Por lo tanto, no aspiraban a nada más. Tenían todo.
A partir del 60 al 80 se da otro fenómeno, en el que empiezan a llegar inversionistas, y muy pocos vallartenses nativos ingresan a esa nueva tendencia. Claro, van siendo reemplazados. Y luego, por muerte natural, a partir de 1980 los que llegaron en el 18 ya casi se murieron todos. Ahorita son las siguientes generaciones, que comenzaron aproximadamente entre el 40, el 50 y el 60. Y entonces, en el 80, ya los del 18 no pintaron para nada, y quienes no conservaron recursos están desplazados.
Y en el 80 todavía se da la tenencia de la tierra con este fideicomiso de la Bahía de Banderas. Ahora, no estoy tan seguro de que haya sido después del 80. Creo que fue antes, o cerca del 80. Pero es un fenómeno que se asocia porque se da una especulación muy alta con la tierra. Antes era casi regalada, y hoy hay sitios que los venden en millones de dólares. Nos platicaban que, supuestamente, a los vallartenses originales, los del pueblo en aquel tiempo, les daban cierta preferencia. Pero los vallartenses menospreciaban, porque tenían, como quien dice, lo suyo. Pero nunca se imaginaron el nivel al que iba a llegar. Pensaban que las cosas iban a seguir al ritmo que ellos siempre vivieron. Entonces, se vieron desplazados, y ahorita son una minoría a punto de desaparecer.
Y esta tendencia que estamos viviendo ahorita yo creo que va a durar al menos hasta el año 2020, lo que estamos viviendo ahorita: el fenómeno contemporáneo.
Es muy característico, porque si uno analiza por décadas, se ve que en las primeras etapas fue muy persistente desde el 18 hasta el 60, un estilo muy uniforme de ser. Pero ahorita esto es más acelerado, y yo le doy un plazo máximo desde el 2020 para que haya un cambio de mentalidad. Se notan los cambios en la forma de pensar, en las herramientas que se utilizan, en el lenguaje, en los recursos, en el estilo de vida, hasta en lo que comen las personas.
¿Se está llegando hasta un límite tolerado en cuanto al impacto que está teniendo este cambio en relación con el entorno natural?
Yo creo que estamos muy cercanos a lo que en ecología se conoce como la capacidad de carga de un sitio. La capacidad de carga de un sitio es lo que un entorno puede tolerar sin dañar la supervivencia básica de las personas que ahí viven.
Por ejemplo, si habláramos —para que comprendas lo que enseguida voy a decir— de los huicholes: una familia huichola, digamos, el esposo, la mujer y tres o cuatro hijos, necesita un promedio de cinco hectáreas cada uno. De ahí sacan la leña, siembran un terreno con maíz, y además hacen una cacería. No necesariamente en el puro sitio, sino que se dispersan. Pero, sumando todo, digamos un promedio de cinco hectáreas.
Aquí en Puerto Vallarta está muy saturado en algunos sitios, y no da lo suficiente como para restablecer. En primer lugar, no se producen alimentos. Una cifra muy significativa es que, en el año 2010, se consumieron de pescados y mariscos 50,000 toneladas. Y solamente produjo la región específica de Vallarta y sus cercanías 5,000 toneladas. ¿De dónde vinieron las otras 45,000? Bueno, vinieron de China —el camarón, el pulpo y otros mariscos—, vinieron de Fiji, de Tailandia también. Vinieron infinidad de suplementos en pescados y mariscos.
Entonces, eso significa que le vamos a agregar los costos del traslado, no solamente económico, sino de combustible, porque, aunque se pague, ¿quién va a pagar la contaminación?, ¿la energía que se ocupa? Además, hay un absurdo: que las autoridades federales, estatales y aún municipales no permiten cámaras de refrigeración aquí en Bahía de Banderas de cierto tamaño. Permiten almacenar un volumen pequeño, relativamente hablando.
Entonces, los proveedores de pescados y mariscos, ¿qué tienen que hacer? Acopio desde otros países distantes. Y todavía hay que agregarle más: no pueden traer el producto directamente aquí. Lo tienen que almacenar en Guadalajara. Hay una compañía, entre varias otras, que se llama Frío S.A., y ahí meten los tráileres y ahí están guardadas las cajas. Entonces, cuando ocupa un proveedor mediano o grande de aquí de Vallarta —como ahora en Semana Santa que acaba de pasar— dice: “Vamos a ocupar tal y cual pescado.” Entonces se tiene que traer de a poquito, por echar varios viajes, porque no se lo permiten los reglamentos. Y los inspectores son implacables. Bueno, así está diseñado el reglamento. El verdadero motivo, yo intuyo, yo deduzco, me parece que es de algún tipo de interés económico. Que lo han limitado. Entonces, ese es un ejemplo de la saturación de lo que yo te decía: la capacidad de carga.
Otro tema que te citaría es la densidad demográfica. Ya se abarrotó toda la parte plana y va el crecimiento hacia la parte alta, hacia las montañas. Y en algunos lugares ya está muy avanzada la construcción, y es más caro, y desde luego más bonito, porque se ve el paisaje. Y hacia allá vamos.
¿Qué tanto vamos a aguantar?
Todo mundo presume. No hay un promotor turístico, a cualquiera que tú le preguntes qué es lo más atractivo de Vallarta, indefectiblemente te van a decir: el paisaje. Pero uno se pregunta: dime, ¿cuál paisaje?, ¿dónde está lo que tú has hecho por el paisaje?
¿El mar? Ah, bueno, ya se tumbó todo lo que había frente al mar. Y lo único que falta es que construyan adentro del mar para ver Vallarta de allá para acá.
¿Y cuál otro paisaje? ¿Las montañas? Dicen: “Es formidable ver las montañas verdes…”
¿Tú las ves verdes? Entonces, ahí va el deterioro. O sea, lo que es visible aquí son puras estructuras de cemento y antrópicas: cemento y cemento y cemento, por más plantas de otros lados que pongas. Entonces, ¿dónde está el paisaje? Pues yo todavía no lo alcanzo a ver.
Entonces, hay una saturación y una transformación de los elementos naturales, a pesar de que eso es de lo que vive la gente, promoviendo: “¡Venga a ver la naturaleza!”
¿Al aumentar el costo de la tierra y la gente local no tener una propiedad, influye en una falta de identidad y amor a Vallarta?
Oh, sí. Los que originalmente heredaron los terrenos tenían cierto aprecio hacia los recursos. Pero las nuevas generaciones, si les ofrecen por su casa un precio —vamos a empezar con un costo de 300,000 dólares—, ¿dónde habían visto esa cantidad?
Hay un lote frente al mar por el cual un amigo preguntó —nada más por saber—, no recuerdo la cifra, pero yo estaba espantado de lo que piden por un terreno de esos. ¿Qué es lo que hace que un terreno aumente de valor? Pues es una percepción subjetiva.
Entonces, las nuevas generaciones no tienen arraigo por los recursos. Quieren el dinero. ¿Para qué? Pues para comprarse un lugar, un terreno o una casa en otro lugar diferente, y todavía les queda para un ahorro, para pasearse. Y, en consecuencia, no hay mucho arraigo por la tierra.
Y luego hay otro fenómeno que se da simultáneo, que es la opción de muchos niveles en un solo sitio, y los tiempos compartidos. Que se vende nada. La gente compra nada. No es propietaria de nada, pero paga grandes cantidades de dinero. Entonces dividen el año, el número de propietarios, y por lo general siempre hay un exceso, de forma tal que no te permite tener el derecho de todos los días que teóricamente debes tener.
Y entonces te dicen: “Pues no hay en este año, pero le podemos dar en otro país diferente.”

