Nuestra vida no es quitar piezas: es aprender a moverlas

Aprendiendo a ser feliz / Por: Hania Sosa / Psicóloga

Las heridas nos moldean. Nos obligan a desarrollar habilidades que, en otro contexto, quizá nunca habría.mos necesitado

Hay una idea que, cuando se comprende de verdad, transforma la forma en la que nos miramos: muchas de nuestras heridas terminan convirtiéndose, con el tiempo, en nuestros talentos.

No porque el dolor en sí mismo sea valioso o deseable. No porque lo difícil “tenía que pasar”. Y mucho menos porque todo tenga un propósito divino que debamos forzar para sentir paz. Hay experiencias que duelen profundamente y que, en efecto, surgen de situaciones injustas, negligentes o incluso violentas. No necesitan ser justificadas para poder ser integradas. Pero sí hay algo que podemos hacer con ellas.

Las heridas nos moldean. Nos obligan a desarrollar habilidades que, en otro contexto, quizá nunca habríamos necesitado. La niña que tuvo que aprender a leer el ambiente para anticipar conflictos se convierte en una adulta con una gran sensibilidad interpersonal. Quien creció sintiendo carencia emocional puede desarrollar una capacidad profunda de empatía y conexión. Quien atravesó momentos de incertidumbre puede volverse especialmente resiliente.

No es que el dolor haya sido “bueno”. Es que, a pesar de él, algo en nosotros encontró la forma de adaptarse, de sostenerse, de seguir.

Hace poco, una amiga me compartió una analogía que le dijo su psicóloga y que se me quedó grabada: nuestras heridas son como piezas de Jenga. Todas forman parte de la estructura. No se trata de quitarlas, porque al hacerlo, el sistema entero se tambalea. No podemos simplemente arrancar lo que hemos vivido como si nunca hubiera existido.

La tarea no es eliminar piezas. La tarea es reacomodarlas.

Hay heridas que, cuando están en ciertos lugares internos, nos hacen tambalearnos: cuando dirigen nuestras decisiones, cuando hablan por nosotros en vínculos, cuando se activan sin que nos demos cuenta. Pero esas mismas piezas, colocadas en otro lugar, pueden sostenernos. Pueden convertirse en base, en estructura, en algo que da estabilidad en lugar de restarla.

Reacomodar implica reconocer: esto me pasó, esto me dolió, esto dejó una marca en mí. Pero también implica decidir: ¿desde dónde quiero que opere esto ahora en mi vida?

No es un proceso lineal ni inmediato. A veces duele volver a mirar. A veces hay resistencia, cansancio o incluso miedo de soltar la forma en la que hemos aprendido a protegernos. Pero poco a poco, con conciencia, con acompañamiento y con compasión hacia uno mismo, es posible ir moviendo esas piezas.

Y entonces ocurre algo interesante.

Aquello que antes era una herida que se activaba sin control, empieza a convertirse en un recurso. En una sensibilidad afinada. En una capacidad de comprender, de sostener, de crear, de conectar.

No se trata de romantizar el dolor. Se trata de reconocer que, dentro de nuestra historia —con todo lo que ha sido— también existen las semillas de lo que hoy somos capaces de ofrecer.

Y tal vez, en lugar de preguntarnos “¿por qué me pasó esto?”, podamos empezar a preguntarnos con más suavidad: “¿qué quiero hacer ahora con lo que me pasó?”.

Ahí es donde empieza el verdadero movimiento.