“El don de ayudar a las personas realmente hace que valga la pena “
Por: Miguel Ángel Ocaña Reyes
El cirujano oncólogo Luis Suárez Luna, egresado del Centro Universitario de la Costa y formado en el Centro Médico Nacional Siglo XXI, comparte su trayectoria, los sacrificios de la residencia, el impacto de obtener el puntaje más alto en el examen del Consejo Mexicano de Oncología y su visión sobre el trato humano ante el cáncer.
Para comenzar, hablemos de tus raíces. Creciste en Puerto Vallarta. En ese sentido, ¿qué momentos o personas marcaron tu decisión de dedicarte a la medicina y específicamente al tema oncológico?
Obviamente siempre estuvo marcada la medicina en mi familia; mi papá es médico y mi mamá es enfermera. A mí me pareció una carrera de mucha nobleza, de mucha vocación, de mucha exigencia física y también de preparación académica. Esa fue la decisión principal, pero sí hubo un parteaguas cuando hice el internado en el Hospital General de Zona número 42.
Mi intención inicial era ser médico internista, como mi papá, y hacer la subespecialidad de terapia intensiva. Sin embargo, justo en el año en el que ingresé al internado conocí a la doctora Nayeli Matos, actual cirujano oncóloga en ese hospital. Como interno, me tocó entrar como primer ayudante a todas las cirugías relacionadas con el cáncer. El campo de la oncología en México es muy amplio: entras a la boca, cara, cuello, pecho, tórax, extremidades, estómago, colon, matriz, a todo, excepto al sistema nervioso central y ojos. Me pareció una subespecialidad increíble y desde ese momento descubrí que esa era mi vocación. Cabe destacar que esto no es lo normal, porque a una subespecialidad como cirugía oncológica los internos no suelen tener acceso como primer ayudante, sino que son relegados en la práctica quirúrgica. Fue una casualidad que me tocó justo cuando entró la doctora.
De Vallarta al Centro Médico Nacional Siglo XXI hay un salto enorme. ¿Cómo fue ese proceso de adaptación y qué significó para ti formarte en este hospital?
Fue un salto muy grande. Como yo quería cirugía oncológica, y en el país solo hay dos hospitales de oncología como tal —el Instituto Nacional de Cancerología (de la Secretaría de Salud) y el Hospital de Oncología del Centro Médico Nacional Siglo XXI (del IMSS)—, decidí que, si tenía que salir de mi casa, me iría al mejor lugar.
Apliqué y entré a la especialidad de cirugía general en el Hospital de Especialidades del Centro Médico Nacional Siglo XXI. Como este complejo consta de cuatro hospitales (Oncología, Cardiología, Pediatría y Especialidades), sabía que durante la formación en cirugía general debía rotar en el de Oncología para abordar patologías como tumores de mama, tórax, cabeza y cuello, y tubo digestivo alto. Esto aumentaba mis posibilidades de acceder a la subespecialidad ahí mismo.
La adaptación fue muy difícil. De Puerto Vallarta a la Ciudad de México hay un mundo de diferencia en la gente, el transporte, la alimentación y el modo de vida. Por seguridad, siempre prioricé vivir cerca del hospital, aunque fuera más caro y tuviera que ahorrar en otras cosas.
Obtuviste el primer lugar nacional en el examen del Consejo Mexicano de Oncología. Cuéntanos cómo viviste la preparación previa, los nervios y el momento en que supiste el resultado.
Es un examen muy difícil. Este año, aproximadamente el 35% de los sustentantes lo reprobaron. Históricamente es muy difícil de pasar y se compone de dos partes. El viernes 20 de febrero hicimos la parte teórica en computadora en el centro de Tlatelolco de la UNAM. Había muchos nervios porque, si no lo pasas, no puedes tramitar tu cédula profesional, lo que condiciona tus opciones laborales.
Mi preparación fue de prácticamente cuatro o cinco meses previos. Además, como tenía a mi esposa y a mi hija en Querétaro, yo viajaba los fines de semana libres, por lo que solo tenía de lunes a jueves para estudiar. Tras el examen teórico me sentí muy bien, sentí que lo había pasado. Al día siguiente fue el examen presencial, donde comentas tres casos clínicos frente a cuatro sinodales de mucha experiencia del consejo, quienes te cuestionan el abordaje, comportamiento y opciones. En ese examen me sentí muy, muy bien, pero nunca pensé que fuera para obtener el primer lugar.
Cuando me notificaron que aprobé, todos estábamos muy contentos. Yo ya había pagado para que me enviaran el certificado y no tener que ir a la Ciudad de México, pero cuando mi titular de curso me notificó que había sido el primer lugar en desempeño, sentí muchísima felicidad. Me abracé con mi esposa, lloramos de alegría y esa noche se me fue el sueño; no lo podía creer.
La doctora Guadalupe López destacó la excelencia académica de la unidad. ¿Qué maestros o colegas fueron clave en tu formación y qué lección te llevas de ellos?
Destacaría al doctor José Ábrego y al doctor Alvar Vacio, porque ellos nos ayudaron a hacer simulaciones en persona de los casos clínicos para el examen, lo cual ayuda con el nerviosismo de sentirse atacado. También a todo el grupo de médicos que nos apoyaron en estas dinámicas, en especial a la doctora Argelia Camarillo y al doctor Rafael Medrano.
La cirugía oncológica implica tratar con pacientes en momentos muy difíciles. ¿Qué te ha enseñado esta especialidad sobre la vida y la empatía en el trato humano?
Me ha enseñado que la vida es algo valioso y delicado. Hay que agradecer cada día, ya sea a Dios o en lo que cada uno crea, por el regalo de la salud, porque de verdad es un milagro. Estar en contacto con tanto dolor, tristeza y angustia te hace ver la vida diferente, te hace valorarla más y agradecer el periodo que tenemos.
Mencionabas los retos de llegar a una ciudad grande. Muchos jóvenes de provincia enfrentan obstáculos al llegar a hospitales grandes. En lo personal, ¿qué obstáculos encontraste y cómo influyó tu identidad como vallartense en tu manera de ejercer la medicina?
Es complicado porque en la Ciudad de México tienen otra mentalidad; son un poco más individualistas, más egoístas y les gusta todo rápido. Se siente gente menos cálida y existe un cierto privilegio o diferencia hacia los egresados de la UNAM o de las universidades de la misma Ciudad de México. Sin embargo, creo que con trabajo y dedicación se puede sobrellevar esa etiqueta inicial y demostrar que sabes y puedes igual o más que ellos.
Este logro pone en alto a Puerto Vallarta. ¿Cómo manejas la responsabilidad de ser un referente para otros jóvenes médicos de tu región?
Me siento muy orgulloso de la trayectoria y con la responsabilidad de vivir a la altura de la constante actualización y educación. También de servir como ejemplo de que venir de una universidad pequeña, como en mi caso el Centro Universitario de la Costa, no significa que no puedas ganarle a los demás con trabajo y dedicación, incluso a egresados de las mejores universidades como la UNAM, el Politécnico, el Tec. de Monterrey o La Salle.
Desde tu posición como especialista joven con reconocimiento nacional, ¿qué cambios observas que urgen en la atención del cáncer en México y qué te gustaría aportar en los próximos años?
De mi parte, me gusta aportar atención de vanguardia con la evidencia médica más nueva, combinada con calidez y empatía humana. Por parte del gobierno, necesitamos más presupuesto y más especialistas. Desafortunadamente, el cáncer es una enfermedad que requiere multidisciplina; no es un trabajo que yo pueda tratar por completo. A veces necesito radioterapia, oncología médica para tratamientos sistémicos (como quimioterapia o inmunoterapia), médicos radiólogos, nutriólogos e internistas. Es un trabajo multidisciplinario costoso, pero que a largo plazo rinde frutos para otorgar una mejor calidad y tiempo de vida a los pacientes.
¿Cómo es un día típico tuyo, considerando tu etapa como residente y tu realidad actual como egresado?
Como residente, etapa en la que también fui jefe de residentes del Hospital de Oncología, un día típico consistía en llegar entre las 5:30 y 6:00 de la mañana a revisar a todos los pacientes hospitalizados a nuestro cargo. Terminábamos a las 7:30, revisábamos pendientes y a las 8:00 se hacía la junta de entrega de guardia con los médicos de base y el jefe de servicio para comentar la evolución de cada paciente. Ahí, el residente de mayor jerarquía comentaba los cambios de planes, a quién pasar a quirófano o qué estudios solicitar.
A las 8:30 bajábamos a quirófano y salíamos como a las 4:00 de la tarde. Después retomábamos los pendientes de los pacientes, revisábamos la lista de los que se operarían en 15 días para verificar que tuvieran sus estudios completos y, cada cuatro días, nos tocaba guardia de 24 horas en el hospital, entrando a todas las cirugías de tarde, noche y mañana.
Ahora que soy egresado, me levanto, llevo a mi niña a la escuela, desayuno y atiendo pacientes privados por la mañana. Por la tarde me integro al IMSS para operar pacientes entre las 2:00 y las 8:30 de la noche, de lunes a viernes, y luego regreso a mi casa.
Finalmente, si pudieras hablarle a un joven estudiante de preparatoria o universidad que sueña con ser médico, ¿qué le dirías sobre el camino, los sacrificios y las recompensas?
Le diría que no tiene manera de dimensionar o de saber lo que va a sacrificar, pero tampoco lo que va a ganar. Lo que vas a ganar en satisfacción personal, en gratitud y en el don de ayudar a las personas realmente hace que valga la pena.

