Déjame llorar
Aprendiendo a ser feliz / Por: Hania Sosa / Psicóloga
El llanto puede ser una manera de expresar, descargar y darle espacio a una emoción que necesita ser reconocida.
Llorar es una de las formas más humanas que tenemos de expresar aquello que nos duele. Sin embargo, vivimos en una cultura que muchas veces nos enseña a contener las lágrimas, a “ser fuertes”, a no preocupar a los demás y a recuperar rápidamente la compostura.
Frases como “no llores”, “ya pasó”, “tienes que ser fuerte” o “no te pongas así” suelen aparecer cuando alguien atraviesa un momento de dolor. Casi siempre son dichas con buena intención. Queremos aliviar a quien sufre, pero sin darnos cuenta podemos transmitirle un mensaje muy distinto: lo que estás sintiendo es demasiado, no deberías sentirlo así o necesitas dejar de expresarlo.
Hace poco escuché al psicólogo español José González, gran referente de la tanatología, compartir un ejemplo que me parece profundamente ilustrativo.
Imaginemos que alguien que queremos se siente físicamente mal. Tiene náuseas y necesita vomitar. Probablemente no le diríamos: “¡No vomites! Aguántate. Tienes que ser fuerte.” Al contrario, quizá nos acercaríamos, le sostendríamos el cabello, le ayudaríamos a inclinarse y permaneceríamos a su lado mientras su cuerpo hace lo que necesita hacer.
Entonces, ¿por qué frente al dolor emocional hacemos algo tan diferente?
Cuando alguien está de duelo y llora, quizá no necesita que detengamos sus lágrimas. Necesita que podamos acompañarlo mientras su cuerpo y su corazón hacen lo que necesitan hacer.
Llorar no significa estar mal. No es una señal de debilidad ni de falta de control. Tampoco significa que la persona no vaya a salir adelante. El llanto puede ser una manera de expresar, descargar y darle espacio a una emoción que necesita ser reconocida.
Acompañar no siempre significa encontrar las palabras correctas. A veces significa simplemente sentarnos cerca, ofrecer un abrazo, sostener una mano o decir: “Estoy aquí. Puedes llorar.” Y también necesitamos aprender a ofrecernos ese mismo permiso a nosotros mismos.
No tenemos que justificar cada lágrima ni apresurarnos a secarla. Podemos llorar por una pérdida, por una decepción, por una despedida, por algo que no sucedió, por algo que terminó o incluso por algo que todavía no sabemos nombrar. Quizá acompañar el llanto sea, en el fondo, una forma de decirle al otro: “No tienes que dejar de sentir para que yo pueda quedarme contigo.” Porque a veces, lo más amoroso que podemos hacer frente al dolor no es intentar detenerlo. Es quedarnos a su lado mientras pasa por nosotros.
