Dejemos de dispararnos en el pie: Puerto Vallarta es lo que hacemos de él
En dos minutos / Por: Miguel Ángel Ocaña Reyes / Presidente de la Red Periodística Puerto Vallarta
Puerto Vallarta somos todos. El vecino de las colonias más lejanas, el vendedor de playa, el pequeño empresario, el hotelero, el médico, el arrendador, el restaurantero, el político y el ciudadano de a pie. Cada uno, desde su trinchera, construye —o destruye— el destino que compartimos.
No podemos tapar el sol con un dedo. Las fallas en los servicios públicos municipales, la falta de acciones contundentes para promocionar el turismo a través de eventos de calidad, y el uso discrecional de los recursos públicos —que muchas veces se traduce en propaganda partidista más que en obra tangible— son realidades que duelen y que deben señalarse. La crítica, cuando es fundada, es legítima y necesaria.
Pero también es cierto que hablar mal de Puerto Vallarta vende. Da vistas, alimenta el morbo, multiplica interacciones en redes sociales. Lo positivo, en cambio, no siempre es noticia. Y así, sin querer, nos hemos convertido en nuestros propios verdugos mediáticos. La autocrítica es indispensable, pero también lo es el equilibrio. No se trata de ocultar los problemas, sino de no sobredimensionarlos hasta convertirlos en una narrativa única que nos hunde en el victimismo.
El Gobierno de Jalisco ha invertido en infraestructura como no se hacía en años. La Secretaría de Turismo estatal ha desplegado campañas de promoción importantes. Sin embargo, el impacto de esas acciones se diluye cuando la narrativa local, alimentada por información parcial, no falsa, pero sí incompleta, genera una percepción negativa que se repite como un eco interminable. Y entonces, cualquier esfuerzo externo choca contra un muro de desconfianza interna.
El caso de los cocodrilos es el ejemplo más reciente y elocuente. Un incidente aislado con un turista desató una ola de psicosis nacional e internacional. Se dijo que Puerto Vallarta estaba “plagado” de cocodrilos, cuando las estadísticas oficiales indican que en 25 años apenas se han registrado seis o siete incidentes y una sola muerte. El morbo pudo más que la ciencia. El resultado: once cocodrilos muertos por mano humana, una especie protegida, y un daño colateral a nuestra imagen que la SEMARNAT intenta revertir con datos, pero que ya recorrió el mundo. ¿Y qué decir del 22F? Otro episodio donde el ruido mediático y la inmediatez de las redes nos pintaron con una brocha gorda que aún no logramos limpiar del todo.
Mientras tanto, otros destinos mexicanos han sabido navegar sus propias tormentas y salir fortalecidos. Mazatlán registró más de 770 mil visitantes en julio-agosto 2026, con una ocupación hotelera del 84% y una derrama superior a los 3,700 millones de pesos. Acapulco proyectó 6,000 millones de pesos en derrama y alcanzó picos de ocupación del 92% en la Zona Dorada. Los Cabos se posicionó como el segundo destino internacional más reservado por viajeros de EU, solo detrás de Cancún. Y México, en su conjunto, rompió cinco récords históricos en el primer semestre de 2026: 51.1 millones de viajeros internacionales, 18,781 millones de dólares en derrama.
Puerto Vallarta, por su parte, tuvo resultados mixtos. Sí, fuimos reconocidos como el 4° mejor destino de México en los Travelers’ Choice Awards. Pero la derrama económica de junio de 2026 cayó a 2,384 millones de pesos, frente a los 3,016 millones de junio de 2025. No son cifras para pánico, pero sí para reflexión.
No podemos quejarnos de la mala temporada si nosotros mismos nos encargamos de hablar mal de casa. No es que todo sea perfecto, hay problemas de servicios públicos, de transparencia, de administración, de corrupción, pero esos problemas no se resuelven con lamentos estériles ni con narrativas apocalípticas. Se resuelven con participación ciudadana, con exigencia, pero también con acción. No tirando basura en las calles, manteniendo banquetas limpias, cumpliendo reglamentos, evitando la corrupción cotidiana y, sobre todo, siendo buenos vecinos.
Puerto Vallarta tiene mucho que ofrecer. Hagamos el ejercicio de reconocerlo:
- Playas limpias, certificadas y cuidadas.
- Una seguridad general que, sin ser perfecta, está por encima de otros destinos.
- Parques públicos que invitan a la convivencia familiar.
- Una oferta gastronómica de primer nivel, reconocida internacionalmente.
- Un malecón único, que es paseo, galería al aire libre y alma de la ciudad.
- La Parroquia de Guadalupe, imán de turismo religioso y símbolo de identidad.
- La Isla del Río Cuale, pulmón verde en el corazón urbano.
- Atractivos naturales como Los Arcos de Mismaloya y el Estero El Salado.
- Marina Vallarta, un espacio residencial y turístico que invita a soñar.
No se trata de imponer una visión ingenua. Se trata de construir una mirada honesta y propositiva. Porque Puerto Vallarta no es un paraíso perfecto ni un infierno anunciado: es un destino con luces y sombras, con problemas reales y virtudes innegables. Somos nosotros, todos, los que decidimos si el vaso lo vemos medio vacío o medio lleno. Y también somos nosotros quienes podemos, desde nuestra trinchera, llenarlo un poco más cada día.
Puerto Vallarta no necesita profetas del desastre. Necesita ciudadanos críticos, sí, pero también comprometidos. Porque si hablamos mal del destino, ¿quién va a querer visitarlo? Y si nadie lo visita, ¿de qué vivimos?
La autocrítica no debe ser un boomerang que nos golpea a nosotros mismos. Debe ser una herramienta de construcción. Y eso, querido lector, es tarea de todos.

