sábado 3, octubre , 2026
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La esperanza también se contagia

SanaMente / Por; Ana Paula González Toledo / Médico psiquiatra

Un espacio limpio invita a mantenerse limpio. Un vecino comprometido inspira a otros.

Puerto Vallarta, Jalisco.-

En 1982, Nueva York era conocida por sus altos índices de delincuencia, sus edificios deteriorados y sus espacios públicos abandonados. Fue entonces cuando los investigadores James Q. Wilson y George L. Kelling propusieron lo que hoy conocemos como la teoría de las ventanas rotas. El planteamiento era simple, pero poderoso: el descuido llama al descuido. Según esta teoría, las señales visibles de abandono transmiten el mensaje de que nadie está a cargo y de que las reglas han dejado de importar.

Décadas después, esta teoría sigue siendo útil para comprender algo que va más allá de la seguridad o del urbanismo: el impacto psicológico que tiene el abandono visible sobre las personas.

Cuando caminamos por calles limpias, parques en buen estado y espacios públicos cuidados, recibimos un mensaje silencioso de orden, pertenencia y responsabilidad compartida. Pero cuando vemos basura acumulada, infraestructura deteriorada, obras inconclusas o servicios deficientes, el mensaje es diferente: «nadie está atendiendo esto».

Y los seres humanos somos profundamente sensibles a esos mensajes.

Puerto Vallarta ha atravesado en los últimos años situaciones que han afectado la percepción de muchos habitantes: episodios de violencia que ocuparon titulares, problemas en el suministro de agua, acumulación de basura en algunas zonas, conflictos ambientales y una sensación creciente de deterioro urbano. Más allá de las causas específicas, el riesgo psicológico es que comencemos a normalizar el abandono.

Cuando eso sucede aparece algo muy parecido a la indefensión colectiva. La gente deja de creer que sus acciones importan. Surge el pensamiento de «¿para qué cuidar si nadie cuida?». Poco a poco la apatía reemplaza al compromiso y el deterioro deja de estar solamente en las calles para instalarse también en la mente de quienes las recorren.

Sin embargo, existe una buena noticia: el cuidado también es contagioso.

Así como el abandono genera más abandono, las conductas de responsabilidad generan más responsabilidad. Un espacio limpio invita a mantenerse limpio. Un vecino comprometido inspira a otros. Una comunidad que no se resigna comienza a transformar su entorno.

Yo no nací en Puerto Vallarta, pero desde hace muchos años siento un vínculo profundo con esta ciudad. Mi abuela Eva vivió aquí y siempre encontré en este lugar algo extraordinario. Precisamente por eso me resisto a aceptar el deterioro como algo normal.

Las ciudades se deterioran dos veces: primero en sus calles y después en la mente de quienes las habitan. Pero también pueden reconstruirse de la misma manera. Puerto Vallarta sigue siendo un destino extraordinario. Tal vez el reto de nuestro tiempo sea recordar que nosotros también podemos ser ciudadanos extraordinarios para cuidarlo