“No es el cocodrilo, somos nosotros”

Por: Miguel Ángel Ocaña Reyes

Armando Rubio, experto en fauna silvestre

Puerto Vallarta no solo ofrece belleza y turismo; también es testigo de un desencuentro que lleva décadas gestándose. Hace unos días, la noticia sacudió a México: un turista perdió la vida tras cruzarse con un cocodrilo en la costa. Las redes sociales ardieron en juicios, los titulares buscaron culpables y el miedo, como siempre, encontró un objetivo al que señalar.

Sin embargo, es necesario cuestionar si estos juicios se hacen desde la óptica correcta, y aceptar que el verdadero problema no es la presencia del depredador, sino la falta de memoria ecológica de los seres humanos.

Para desmontar mitos, sofocar el sensacionalismo y poner el dedo en la llaga de la responsabilidad humana, conversamos con Armando Rubio, especialista en fauna silvestre con más de veinte años de estudio en el Pacífico mexicano. Su voz no busca justificar lo ocurrido, sino invitarnos a una incomodidad necesaria: la de reconocer que no hay bestia suelta, sino un hábitat invadido; no hay monstruo, hay un animal en su casa.

A continuación, sus palabras, que más que respuestas, son un espejo para nuestra propia conducta.

Armando, en días recientes Puerto Vallarta fue escenario de un hecho lamentable: un turista perdió la vida tras un encuentro con un cocodrilo en la zona costera. ¿Cómo debemos leer lo sucedido sin caer en el sensacionalismo?

Lo primero es dejar claro que no estamos ante un “monstruo” ni ante una bestia sedienta de sangre. Estamos ante un cocodrilo americano (Crocodylus acutus), una especie que habita estas costas desde mucho antes de que existieran los hoteles y los malecones. Lo que ocurrió es un choque de dos mundos que no debieron encontrarse en esas circunstancias. No fue un acto de ferocidad; fue un encuentro desafortunado en el territorio de él, no en el nuestro.

Suena a que está poniendo el foco en la responsabilidad humana. ¿Por qué?

Porque la biología no miente. El cocodrilo americano no busca activamente a las personas; es un depredador de emboscada, pero su dieta natural se compone de peces, aves y pequeños mamíferos. Cuando ocurre un suceso como este, no es porque haya una “sobrepoblación” de cocodrilos ni porque se hayan vuelto agresivos. Es porque nosotros, los humanos, hemos invadido sus zonas de alimentación, descanso y anidación. En Puerto Vallarta, el desarrollo turístico ha crecido sin considerar los corredores biológicos. El cocodrilo no llegó a la playa; la playa llegó a él.

En las redes sociales ya circulan peticiones para reubicar o incluso sacrificar a los ejemplares. ¿Qué opina como experto?

Rotundamente en contra. La reubicación no resuelve el problema de fondo y, además, es una medida que suele ser letal para el animal. Un cocodrilo adulto tiene su territorio, conoce las corrientes, los refugios y las presas. Si lo movemos a otro sitio, entra en conflicto con otros dominantes y muere, o regresa, porque los cocodrilos tienen una increíble capacidad de orientación. Lo que necesitamos no es mover al cocodrilo, sino mover nuestra forma de entender la convivencia. Sacrificarlo sería un acto de ignorancia y una falsa solución que solo alimenta el miedo irracional.

Entonces, ¿cuál es la solución para evitar más incidentes?

La solución está en tres pilares: educación, señalética y vigilancia responsable. Primero, la población local y los turistas deben saber que esta es tierra de cocodrilos. No es un riesgo menor: hay carteles que advierten “Zona de cocodrilos”, pero muchas veces se ignoran. Segundo, no se debe ingresar al mar en áreas con manglares o desembocaduras de ríos, que son sus rutas de paso. Tercero, y es muy grave, no se debe llevar mascotas a la playa en esas zonas; un perro suelto es un atractor natural para un cocodrilo, porque lo percibe como una presa fácil. En este reciente incidente, aún no se han confirmado todos los detalles, pero sabemos que muchas veces el animal reacciona por instinto de defensa o alimenticio ante un estímulo que él interpreta como natural.

¿Hay un mensaje que le gustaría dejar claro a la comunidad y a las autoridades?

Sí, y es contundente: la coexistencia no es una utopía, es una decisión. Necesitamos que las autoridades refuercen los operativos de monitoreo, pero también que inviertan en campañas permanentes de prevención. Y nosotros, como sociedad, tenemos que entender que el cocodrilo no es el invasor; el invasor fui yo cuando construí mi casa frente a su manglar, y el turista cuando se baña en la boca del río. La vida silvestre no tiene la culpa de que no respetemos los límites. El día que asumamos que el cocodrilo está en su casa y nosotros somos los visitantes, empezaremos a reducir estos riesgos. No es lucha, es convivencia; no es miedo, es respeto.

Para cerrar, ¿qué reflexión personal le deja este suceso?

Me deja una profunda tristeza por la pérdida humana, y también una preocupación enorme por la inmediatez con la que se busca un culpable de colmillos. El cocodrilo no tiene maldad; obedece a su instinto. El verdadero reto es si nosotros, con toda nuestra razón y tecnología, somos capaces de modificar nuestra conducta. Mientras no lo hagamos, seguirán ocurriendo estos desencuentros. La fauna no tiene que adaptarse a nosotros; somos nosotros quienes debemos aprender a compartir el planeta con ella.

Nota final

Esta entrevista busca tender un puente entre la tragedia y la comprensión ecológica. La muerte de un ser humano es siempre dolorosa, pero señalar al animal como único responsable es un acto de injusticia biológica. La lección, como bien dice Rubio, está en la prevención y en la humildad de reconocer que somos parte de un ecosistema, no sus dueños absolutos.