Del turismo tradicional al turismo inmobiliario
Por: Dr. Javier Ruiz Hermoso
- Una transición acelerada que exige nuevas reglas del juego
Puerto Vallarta y la Riviera Nayarit viven hoy un momento particularmente interesante en su historia. Lo que durante décadas se consolidó como un destino turístico emblemático de México, basado en su belleza natural, su vocación de servicio y su conectividad internacional, está evolucionando hacia una nueva etapa donde el turismo y el desarrollo inmobiliario convergen de manera cada vez más dinámica. Lejos de ser un fenómeno aislado, esta transformación responde a tendencias globales en las que los destinos turísticos se convierten también en espacios para vivir, invertir y permanecer.
Este proceso ha traído consigo importantes beneficios, pero también efectos negativos que se tienen que valorar y calibrar en su justa dimensión. La región ha fortalecido su posicionamiento internacional, ha diversificado su oferta y ha atraído inversiones significativas que impulsan el empleo, la infraestructura y el dinamismo económico. Hoy, el destino no solo recibe visitantes, sino también residentes temporales y permanentes que encuentran en esta zona del Pacífico mexicano una combinación única de calidad de vida, conectividad y entorno natural. En ese sentido, el crecimiento inmobiliario ha sido un catalizador que ha ampliado las oportunidades del destino y ha contribuido a consolidarlo como uno de los polos más relevantes del país.
Dimensionar la magnitud
Al mismo tiempo, las cifras ayudan a dimensionar la magnitud de esta evolución. Puerto Vallarta cuenta, en número cerrados, alrededor de 25,500 habitaciones de hotel, mientras que Bahía de Banderas supera las 24,000, lo que convierte a esta región en uno de los corredores turísticos más robustos del país. Si a ello se suman las rentas vacacionales, el inventario total alcanza entre 63,000 y 65,000 unidades de hospedaje, reflejando una diversificación clara del modelo de alojamiento.
Tan solo en Puerto Vallarta, también en números cerrados, existen más de 12,000 unidades activas de renta vacacional, con ocupaciones promedio cercanas al 52% y tarifas en torno a los $2,200 pesos por noche, generando una derrama estimada superior a los $5,000 millones de pesos anuales. En conjunto, considerando los principales municipios de la región, este segmento aporta aproximadamente $8,600 millones de pesos al año, consolidándose como un pilar cada vez más relevante del sistema turístico.
Desarrollo Inmobiliario
Este dinamismo también se refleja en el crecimiento del desarrollo inmobiliario. En 2024 se estiman entre 230 y 240 desarrollos verticales y mixtos en Puerto Vallarta, y entre 180 y 200 en Bahía de Banderas, acompañados por una inversión aproximada de 2,550 millones de dólares en proyectos turísticos e inmobiliarios en ese periodo de tiempo.
Sin embargo, como ocurre en todo proceso de crecimiento acelerado, esta nueva etapa también plantea retos que invitan a una reflexión colectiva. La velocidad con la que se está expandiendo la región ha comenzado a poner a prueba la capacidad de los sistemas urbanos y de los instrumentos de planeación. Temas como el abastecimiento de agua, la gestión del drenaje en temporada de lluvias, la recolección de residuos o la imagen urbana requieren hoy una atención más estratégica, no desde la urgencia, sino desde la anticipación.
Avance heterogéneo
Al mismo tiempo, es importante reconocer que la región no avanza de manera homogénea. Mientras Puerto Vallarta muestra signos de madurez y cierta presión urbana propia de destinos consolidados, Bahía de Banderas ha experimentado una expansión más reciente en varias de sus zonas, con desarrollos planeados que responden a nuevas tendencias del mercado. Por su parte, Compostela y Cabo Corrientes avanzan a un ritmo distinto, con amplias oportunidades para integrarse al desarrollo regional de manera estratégica, pero con problemáticas de tenencia de la tierra e infraestructura. Esta diversidad genera una región asimétrica donde conviven distintos modelos de desarrollo en un mismo corredor turístico, lo que obliga a una gestión con una visión de conjunto.
En este contexto, cobra especial relevancia entender a Puerto Vallarta y Riviera Nayarit como una región interconectada, una especie de sistema metropolitano turístico donde las decisiones de un territorio impactan directamente en el otro. La movilidad, el agua, el desarrollo urbano y la promoción turística no pueden pensarse de manera aislada. La integración, más que una aspiración, se vuelve una necesidad.
Instrumentos de planeación
También es un buen momento para fortalecer los instrumentos de planeación y adaptarlos a la nueva realidad del destino. El crecimiento actual no es el mismo que el de hace veinte o treinta años. Hoy es más complejo, más global y más exigente. Por ello, se vuelve fundamental contar con herramientas actualizadas que permitan ordenar el territorio, anticipar necesidades y asegurar que el desarrollo continúe generando bienestar para la población local, al tiempo que se mantiene la competitividad internacional.
En este sentido, el desafío no es frenar el crecimiento, sino acompañarlo de manera inteligente. Invertir en infraestructura estratégica, fortalecer la gestión del agua, impulsar mejores prácticas en desarrollo urbano, generar información confiable para la toma de decisiones y promover una mayor coordinación entre los distintos niveles de gobierno y el sector privado son pasos clave para consolidar esta nueva etapa.
Tiempo de equilibrio
También estamos frente a una oportunidad para equilibrar el desarrollo regional. Zonas como Compostela y Cabo Corrientes pueden integrarse de forma más activa al dinamismo turístico e inmobiliario, diversificando la oferta y reduciendo presiones en las áreas más consolidadas. Esto permitiría construir un modelo más armónico, donde el crecimiento se distribuya de manera más equilibrada en el territorio.
Puerto Vallarta – Riviera Nayarit ha demostrado a lo largo de su historia una gran capacidad de adaptación. Hoy, frente a esta transición, esa misma capacidad puede ser su mayor fortaleza. La clave estará en reconocer el momento que se vive y en actuar con visión de largo plazo.
Más allá de las cifras, los desarrollos y las tendencias, lo que está en juego es la posibilidad de consolidar un destino que no solo crezca, sino que evolucione con equilibrio, o bien, iniciar un proceso de repensamiento del destino que nos lleve a estabilizarlo y evitar el inicio del declive en el ciclo de vida de los destinos turísticos.

