“Que me recuerden con una sonrisa”
Por: Miguel Ángel Ocaña Reyes
Tiene la sonrisa franca de quien ha aprendido que la vida se vive mejor con el corazón abierto. Habla con las manos, se ríe con facilidad y, cuando recuerda a su madre perfumando a Jesús Sacramentado con su mejor aroma, se le humedece la mirada. El padre Juan Alfonso Aceves Camacho cumple 20 años como sacerdote y, al hacer el recuento, no enumera logros, sino encuentros: con Dios, con los niños, con los jóvenes, con los que sufren y con los que aún buscan un motivo para sonreír.
Raíces tuxpeñas: de la CONASUPO al seminario
Nacido el 13 de octubre de 1975 en la bella ciudad de Tuxpan, Nayarit, Juan Alfonso es el penúltimo de siete hermanos: cuatro hombres y tres mujeres. La vida no ha sido sencilla para su familia. Dos de sus hermanos ya no están: una hermana falleció a los 25 años por diabetes mellitus, y un hermano con síndrome de Down murió durante la pandemia, a los 55 años. “Bastante tiempo vivió”, comenta con respeto, sin amargura.
Sus padres, Ausencio Aceves Huerta y María Luisa Camacho Camacho, le heredaron una fe sencilla pero profunda. Su madre, en especial, marcó su alma. “El jueves de Corpus dejaba el perfume más caro para ponérselo a Jesús Sacramentado”, recuerda con ternura. Mientras el pueblo se preparaba para la procesión, ella iba al altar cerca de su casa y rociaba con su mejor fragancia a la hostia consagrada. “Ese es un recuerdo que no se me borra”, dice.
Pero la vocación no llegó de golpe. Hubo trabajo desde niño. “Desde el tercer año de primaria me tocó trabajar —relata—. Empezamos a barrer la escuela de mi tía. Nos levantábamos a las 5:30 de la mañana; si no hacíamos el desayuno en la noche, al día siguiente no alcanzábamos”. Ese ritmo madrugador jamás lo ha abandonado. Más tarde, en la prepa, entró a trabajar en el INEGI mientras estudiaba. Después, su hermano lo convenció: “Vámonos a Guadalajara, hay que ganar dinero”. Allá estudió la preparatoria y un año de la carrera en Licenciatura en Computación.
Parecía que su futuro estaba en la tecnología. Pero Dios tenía otros planes…
El ejemplo del párroco y la llamada definitiva
El padre Francisco Tovar Martínez fue párroco de su pueblo durante 50 años. Juan Alfonso lo admiraba profundamente. “Yo me acuerdo de que era chiquillo y él se iba a la capilla de Guadalupe, pero siempre pasaba por dos viejitas para llevarlas a misa: doña Juanita y doña Amanda. Las subía con una paciencia, las traía con la misma paciencia. Eso me marcó”, confiesa.
A pesar de ese ejemplo, Juan Alfonso se resistía. El padre Francisco le repetía: “Vete al seminario”. Y él respondía que no. Hasta que un día, ya en la facultad, sintió algo distinto. “Le hablé y le dije: ‘Me quiero ir’”. Y se fue.
Diez años de formación. Primero un curso de nivelación en Tepic, luego un año de introducción a la filosofía, tres años de filosofía, un año intermedio de “confrontación vocacional” —medio año trabajando en su casa para no olvidar cómo se gana el pan, y medio año en una parroquia—, cuatro años de teología y un año de diaconado.
Ese año intermedio lo vivió en Sayulita, Nayarit, trabajando como peón de albañil. “El doctor nos dio una pinga para aguantar —bromea—. Llegábamos muertos, ni comíamos. El sol pega duro allá”. No se hizo perito en albañilería, pero aprendió algo más valioso: la dureza del trabajo cotidiano y la dignidad de quienes viven de él.
Fue ordenado sacerdote el 26 de mayo de 2006, en el estadio de béisbol de Tuxpan. Su familia era conocida en el pueblo: sus papás tenían una CONASUPO, su tía una escuela comercial, sus hermanas maestras. “El pueblo nos conoce —dice con humildad—. Hubo mucha gente que participó en la ordenación”.
Roma, el seminario, la Cruz de Huanacaxtle y la Aurora
Estos 20 años lo han llevado por distintos rumbos. Su diaconado lo hizo en la periferia de Tepic, en la colonia 2 de agosto. Ya como sacerdote, su primera parroquia fue en Mascota, donde duró cinco años. Luego, dos años en Roma. Después, cinco años en el Seminario de Tepic, como prefecto y maestro. Más tarde, seis años y medio en la Cruz de Huanacaxtle, y el resto del tiempo en su actual parroquia: la Divina Providencia, en la Aurora, Puerto Vallarta.
“Cada lugar es muy diferente —reconoce—. Tiene sus peculiaridades. Pero en todas partes hay gente de muy buena fe, con su fe afianzada en Dios, que ama el sacerdocio de Cristo. Y al amar el sacerdocio de Cristo, te aman a ti también”.
¿Lo más difícil de ser sacerdote? “No serle fiel a Dios —responde sin titubear—. A veces las fuerzas merman, la disposición no está. Hay que sobreponerse, porque para eso te consagraste. Y también entender a toda la gente, querer complacer a todos. Eso es difícil”.
¿Lo más satisfactorio? “El amor de la gente y el amor a Jesús Eucaristía. Son las dos cosas más bellas”.
Una misa que hace bailar a los niños (y a sus papás)
Si algo distingue al padre Juan Alfonso es su capacidad de hacer sentir a cada persona que la iglesia no es un edificio de puertas cerradas, sino un corazón que late en la calle. Desde hace años se ha caracterizado por celebrar misas para niños, una experiencia que describe casi como una fiesta.
“En la Cruz de Huanacaxtle retomé la misa de niños y fue un boom —recuerda con alegría—. Iban los mexicanos y también los americanos. El padre Tony Clark daba misa en inglés los sábados a las 5 de la tarde, pero los americanos no faltaban a la misa de niños porque decían que la alegría de los pequeños era muy bella”. Aquí, en la Aurora, tiene seis italianos que vienen regularmente de vacaciones. “Les fascina. Dicen: ‘Algo increíble que ya no se ve’”.
¿Cómo nació esa pasión por los niños? Él la heredó, en cierto modo, de su propio párroco. “Don Francisco Tovar Martínez ya tenía la misa de niños en Mascota. Luego, en el seminario menor, el padre Julio Ulloa —vallartense de feliz memoria— también la hacía. Cuando llegué a Mascota como vicario, el padre Luis Ramírez la tenía. Yo la retomé después”. Una cadena de alegría que no se ha roto.
“El niño va a jalar al papá y a la mamá —explica—. Si llego a los niños, llego a los adultos. El niño no puede venir solo”. Y así, sin aspavientos, ha logrado que familias enteras regresen a la iglesia.
Jóvenes, redes sociales y el reto de la inteligencia artificial
Pero no solo de niños vive la fe. Los jóvenes son otro de sus grandes retos. En la Aurora ha retomado la misa de jóvenes los sábados a las 7 de la noche. “Ellos mismos hacen el servicio. ¿Cómo llegarles? Bajándome del presbiterio, acercándome, tratando de pensar en lo que ellos sienten, viven, anhelan. Aunque yo no estoy tan joven —bromea—, al escuchar sus confesiones, al ver lo que traen, el Espíritu Santo da pinceladas para llegar a su corazón”.
Le preocupa la falta de comunicación. “No hablan en casa. Y con Dios la han dejado en stand by”. Las redes sociales, dice, son un mundo que la iglesia todavía no termina de evangelizar. Y la inteligencia artificial es otro desafío. “Es una herramienta, no un fin —sentencia—. Si no usas bien el celular, te lleva a excesos. Con la IA igual. El ser humano no debe dejar de usar su razón”.
Recuerda que el Papa Francisco advirtió que la tecnología “nos acerca a los que están lejos, pero nos distancia de los que tenemos cerca”. Por eso, insiste en que la formación debe ser compartida: papás, maestros, gobierno, iglesia. “Todos tenemos responsabilidad”.
Salir a las calles: bendiciones, desconfianza y “hacer lío”
Una de las experiencias que más lo ha marcado en la Aurora ocurrió durante la Cuaresma, cuando decidió imitar una costumbre que aprendió en Roma: salir a bendecir las casas. “Vi los edificios: nones, pares. Dije: 1, 2, 3… 24. Los terminamos en tres semanas —recuerda riendo—. Pero no me percaté de que cada número tiene dos entradas, y cada edificio tiene A, B, C y hasta D. Multipliqué: 8 edificios por 8 departamentos… ¡16! Duramos toda la Cuaresma y parte de la Pascua”.
La condición era clara: no aceptarían limosnas ni ofrendas. Solo pedían entrar para bendecir. “Pero hubo de todo —admite—. Gente que nos abría hasta el último rincón, y gente que decía: ‘Desde aquí puede ser la bendición’. Y uno respeta. La bendición llega, aunque sea desde la puerta”.
También salieron a invitar casa por casa al kerigma parroquial. “Aquí en la Aurora hay mucha desconfianza —reconoce—. Si te tocan en la noche y no te conocen, no abres. Pero los servidores sí nos abrían. Y quienes no, pues desde la puerta. Hubo hermanos de otras creencias, muy respetables. De todo”.
El padre Juan Alfonso asume esas dificultades con humor y realismo. “Dijera el Papa Francisco: ‘Hay que hacer lío’. Un lío que lleve a Jesucristo, que ayude a alguien a vivir su seguimiento”.
Construir el reino y construir templos
Además del trabajo pastoral, el padre Juan Alfonso enfrenta la tarea administrativa y de gestión. Actualmente, su parroquia está construyendo el templo de Nuestra Señora de Lourdes. “Es otra labor importante —dice—. Construir el reino de Dios en la comunidad y construir el lugar donde ese reino debe acontecer, nutrirse y comunicarse”.
La gente, asegura, responde cuando ve entrega. “No ocupas muchas veces pedir. La gente sola da”. Y describe a su comunidad como “participativa, solidaria y enamorada de Dios”. Un trabajo que vienen haciendo sus antecesores —padre Gabriel, padre Cuco, padre Cueto, padre Juan Luis— y que él busca continuar. “Somos instrumentos, no fines. Instrumentos de Dios para construir el reino aquí y ahora”.
La pandemia: aflorar lo que somos
Cuando llegó la COVID-19, el padre Juan Alfonso estaba en la Cruz de Huanacaxtle. Y aquel tiempo de encierro, lejos de quebrarlo, le mostró algo profundo. “La pandemia vino a aflorar lo que somos —reflexiona—. El cristiano convencido sigue. El que no, baja su compromiso. Se volvió más miedoso, no sé. Algo hubo”.
Recuerda que, a pesar del miedo, hubo gente que donó, que fue solidaria. “Seguimos teniendo gente muy comprometida, muy bella, muy valiente. Esta parroquia tiene servidores muy grandes, mis respetos. Gente que sigue apasionada, enamorada. No fanatizada. Enamorada de Jesús”.
Y cita a San Agustín: “Antes de ser sacerdote, soy cristiano”.
Un legado de sonrisas
A sus 20 años de sacerdocio, el padre Juan Alfonso no habla de cansancio sino de gratitud. Cuando se le pregunta cómo le gustaría ser recordado, no duda:
“Con una sonrisa. Nada más. Al que hay que recordar siempre es al que nos llama —dice con convicción—. Cuando quieran recordar a sus fieles difuntos, cierren los ojos, piensen en ellos con un bello recuerdo, sonrían, eleven una oración. Lo humano y lo cristiano”.
Y agrega, como quien susurra un secreto: “Si yo voy a ser recordado, no es por mí, sino por la participación en el sacerdocio de aquel que me llamó”.
Mientras lo dice, sonríe. Como si ya hubiera encontrado la respuesta mucho antes de que la pregunta fuera hecha. Y uno no puede evitar pensar que, efectivamente, esa sonrisa es su mejor homilía. La que no necesita palabras. La que se queda en el corazón.
Así es el padre Juan Alfonso Aceves Camacho: un hombre de sonrisa franca, genuino, divertido, profundamente comprometido con su comunidad. Un sacerdote que ha hecho de la alegría su bandera y de la cercanía su mejor sermón. Y que, después de 20 años, sigue convencido de que la mejor manera de anunciar a Dios es haciéndolo con el corazón contento.
Porque, como él mismo dice, “enamórate de Dios. Cuando Dios toca el corazón, somos otras personas”.
Y el suyo, sin duda, ha sido tocado.

