Las monjas clarisas: un canto gregoriano que se apaga

Aventuras de un pintor / Por: Federico León de la Vega

En estos viajes nórdicos, uno se acostumbra a la paleta de verdes: los campos infinitos de maíz y soya, las masas oscuras de coníferas. Es un paisaje horizontal, productivo, moderno. Hasta que el horizonte se quiebra. De pronto, una colina que se atreve a ser montaña y, en su cima, la silueta imponente de un edificio que el tiempo parece haber olvidado. Un perfil clásico, solemne, que desde la distancia parece un anacronismo arquitectónico. La curiosidad, esa brújula del pintor, me obligó a acercarme. Y me encontré, no con una ruina, sino con un latido: un monasterio de monjas clarisas, aún vivo.

Cruzar su umbral fue un viaje no solo en el espacio, sino en el tiempo. Me sentí catapultado siglos atrás, a esa Europa de órdenes monásticas que eran faros de oración, trabajo y copista. La sorpresa no fue encontrar el edificio, sino confirmar que aún respiraba, que la regla de Santa Clara todavía susurraba en sus claustros. Asistí a misa, acompañado de mi esposa, con la reverencia del que presencia algo raro y precioso.

La escena era un óleo melancólico. Un puñado de fieles, la mayoría con la sabiduría de los sesenta años a cuestas, y ellas. Cincuenta tal vez, quizá menos. Una hilera de tocas blancas inmaculadas, cabecitas como lirios en la penumbra de las capillas laterales. Una estampa de una devoción que se encoge, que se hace anciana. Después, en una charla, la hermana Marlis lo confirmó con una serenidad que solo da la fe profunda: el monasterio está, literalmente, condenado. Condenado a morir con su última monja. Luego, anticipa ella con realismo cristalino, llegará una compañía, comprará estas piedras sagradas y las transformará en un lujoso hotel o un centro de convenciones. La oración perpetua será reemplazada por el murmullo de las negociaciones y el clic de las maletas.

Aquí no hay indignación, solo una observación dolorosa del cambio. La iglesia tradicional, nos explica la monja, ya no atrae a jovencitas que deseen el reclamo. Lo entiendo. Es un signo de los tiempos tan claro como los campos de soya que rodean la colina. El anhelo espiritual persiste, ardiente, pero ya no encuentra su cauce en estas formas antiguas. Uno, en su búsqueda, añora milagros auténticos: la multiplicación de los panes, caminar sobre el mar, la resurrección de los muertos. Gestos divinos, contundentes. Lo que encuentra, a veces, es un sacerdote que, durante su sermón, confunde a Elías con Eliseo. Un error básico para quien debería ser un navegante de las Escrituras. Esa pequeña confusión es un símbolo enorme: el puente entre el púlpito y el pueblo a veces se resquebraja por falta de solidez, no de fervor.

Sin embargo, en medio de esta decadencia anunciada, persistía una devoción auténtica. La comunión se dio con recogimiento, y aquella misa se sintió como una despedida. Una última visita a un mundo que se apaga, a un canto gregoriano cuyo eco se disipa en el aire moderno. Sí, sé que existen sacerdotes con una visión moderna e informada, pero son islas en un mar de tradición que se retira.

Me despido de ese monasterio-fortaleza en la montaña con la mezcla de sentimientos que solo un pintor puede procesar: la tristeza del testigo de un ocaso y la emoción del que ha encontrado una escena fantástica para pintar. Porque en esa colina, entre el verde vibrante de los cultivos y el gris perenne de las piedras, se libra la batalla más silenciosa de nuestra era: la del espíritu que busca un nuevo lenguaje, mientras el antiguo, bello y gastado, entona su último y conmovedor réquiem.

Hasta la próxima aventura.