No se trata de cuánto amas, sino de cómo amas
Aprendiendo a ser feliz / Por: Hania Sosa / Psicóloga
Uno de los temas que aparece con mayor frecuencia en la terapia de pareja es una aparente contradicción: dos personas que aseguran amarse profundamente viven con la sensación de no sentirse amadas. Es común escuchar frases como: “Yo hago todo por ella y nunca es suficiente.” “Sé que me quiere, pero no lo siento.”
El problema no siempre es la ausencia de amor, sino la dificultad para que ese amor llegue al otro de una manera que pueda ser reconocido. Entonces surge una pregunta importante: si ambos desean que la relación funcione y ambos aseguran esforzarse, ¿por qué terminan sintiéndose igual de solos? En muchos casos, porque el esfuerzo no necesariamente implica un cambio.
Lo que suele ocurrir es que cada uno insiste en demostrar el amor de la misma manera en que siempre lo ha hecho, solo que con mayor intensidad. Quien acostumbra expresar cariño mediante palabras, dice más palabras. Quien suele demostrarlo con regalos, hace regalos más grandes. Quien ofrece ayuda, ayuda todavía más. Sin embargo, si esa no es la forma en que la otra persona logra sentirse querida, el resultado será simplemente más de lo mismo. Pero este fenómeno tiene raíces mucho más profundas.
La manera en que expresamos el amor no aparece de forma espontánea cuando iniciamos una relación de pareja. Es un aprendizaje que comenzó desde los primeros vínculos de nuestra vida. Nuestra historia de apego, la forma en que nuestros cuidadores respondieron a nuestras necesidades emocionales, aquello que vimos entre nuestros padres o entre los adultos que nos criaron, las maneras en que se resolvían los conflictos, se pedía perdón o se expresaba el afecto… todo ello va construyendo un mapa interno de cómo se ama.
Algunas personas crecieron en familias donde los abrazos eran cotidianos; otras nunca escucharon un “estoy orgulloso de ti”. Hay quienes aprendieron que amar era trabajar incansablemente para que nada faltara en casa. Otros entendieron que amar consistía en respetar el espacio del otro y no invadirlo. Incluso existen personas que crecieron creyendo que el amor debía demostrarse soportándolo todo o sacrificándose constantemente.
Ninguna de estas formas surge porque alguien haya decidido conscientemente amar así. Son aprendizajes profundamente arraigados. Por eso, muchas veces no solo damos amor como aprendimos a darlo; también esperamos recibirlo de la manera en que alguna vez lo recibimos o, incluso, de la manera en que siempre nos hizo falta recibirlo. Ahí es donde suelen comenzar muchos desencuentros.
Una persona puede sentir que está ofreciendo lo mejor de sí, mientras la otra experimenta una profunda carencia emocional. No porque alguno esté mintiendo acerca de su amor, sino porque ambos están hablando idiomas emocionales distintos, construidos a partir de historias diferentes.
A esto se suma otro elemento importante. Hay personas que realmente sienten un enorme amor por quienes las rodean, pero tienen grandes dificultades para expresarlo. Crecieron en entornos donde las emociones eran minimizadas, donde el afecto se daba por hecho o donde expresar vulnerabilidad era considerado una señal de debilidad. En esos casos, el amor permanece dentro, pero rara vez logra convertirse en conductas visibles para quien lo necesita. Por eso suele decirse que no se trata de cuánto amas, sino de cómo amas.
Sin embargo, quizá habría que añadir una segunda parte igualmente importante: tampoco se trata únicamente de cómo amas, sino de cuánto estás dispuesto a aprender nuevas maneras de amar.
Una relación sana no consiste en que uno de los dos renuncie a su forma natural de expresar afecto, sino en que ambos desarrollen la flexibilidad suficiente para comprender el mundo emocional del otro. Eso implica curiosidad antes que juicio. Preguntar antes que asumir. Escuchar antes que defenderse. Y reconocer que aquello que para mí representa una enorme demostración de amor, quizá para mi pareja apenas sea un gesto más.
Amar también implica traducir. Traducir nuestras buenas intenciones en acciones que el otro pueda reconocer como cuidado, presencia, interés y afecto. Porque el amor no solo necesita sentirse. Necesita poder experimentarse en la relación.
Y, para lograrlo, no basta con amar mucho. Hace falta aprender a amar de maneras que el otro pueda recibir.

