Luz Alicia Ramos Robles: Una maestra que construyó puentes (de piedra y de corazón) en Puerto Vallarta
Por: Miguel Ángel Ocaña Reyes / Anais Guerrero
- Hija de topógrafo, emprendedora por necesidad y educadora por vocación, la maestra Luz Alicia Ramos Robles reconstruye en esta entrevista el alma de un Vallarta que ya no existe, pero que late en cada rincón de su colegio.
Puerto Vallarta, Jalisco.-
El puente que unió dos orillas (y a sus padres)
En el mapa antiguo de Puerto Vallarta, antes de que el progreso dibujara avenidas y fraccionamientos, el río Cuale era una frontera líquida. Para cruzar, se usaba un puente colgante que se mecía con el viento o, cuando el agua bajaba, se vadeaba a pie entre piedras. Todo cambió cuando llegó desde Guadalajara un ingeniero topógrafo llamado Fernando Ramos López, y el ingeniero Marcial Reséndiz para construir un puente muy necesario para el puerto, y que sería fundamental para el desarrollo del entonces pueblito.
“Mi papá y el ingeniero Reséndiz, llegaron con esa consigna: construir el puente del río Cuale, el que está donde estaba antes La Surtidora y se unía con el mercado municipal”, recuerda con orgullo Luz Alicia Ramos Robles, sentada en su oficina del Colegio La Marina. Aquella obra no solo conectó el Gringo Goulch con la colonia Emiliano Zapata, permitiendo por primera vez el paso de coches; también unió a sus padres. Porque fue aquí, entre cal y canto, donde Fernando conoció a la mujer que sería su esposa y con quien formó una familia.
Luz Alicia creció “a un ladito de la iglesia de la Santa Cruz, enseguida de la casa del señor Rafael Yerena Zambrano”. Su infancia transcurrió en un Vallarta donde las colonias terminaban en el Parque Hidalgo y más allá solo había terrenos vírgenes. “Todo lo que es Conchas Chinas era un cerro completo, Marina Vallarta, Fluvial Vallarta… mi papá apoyó en conjunto con otros ingenieros a fraccionar porque la mayoría era terreno silvestre”, cuenta. Como muchos agrimensores de la época, le pagaban con terrenitos. De esa manera, sin saberlo, el padre de Luz Alicia estaba dibujando el futuro de la ciudad.
Pero el Vallarta de aquellos años no era el paraíso turístico de hoy. Era un pueblo de calles de terracería y aventuras cotidianas. “Para venir a Pitillal era una aventura hermosa. Cuando llovía, un montón de agujeros, corría un venero… y lo más bello era venir por las paletas de hielo de los Villaseñor”, evoca con una sonrisa que ilumina el recuerdo. Cruzar el río Pitillal significaba saltar entre piedras movedizas mientras los coches salpicaban agua, y todos, en lugar de quejarse, “moríamos de la risa”.
Su mirada se vuelve melancólica pero agradecida al describir una niñez que ella califica como “tranquila y bonita”. El pescador que pasaba casa por casa con el pescado fresco cargado en un palo y fiaba si no había dinero. Los burreros con 20 o 25 burros subiendo laderas empinadas cargando arena y ladrillo para las casas de los extranjeros en los cerros. “Yo veía que se les doblaban las patitas y decía: en mi vida no quiero reencarnar en un burrito. Mi abuelo nos platicaba que uno se reencarna… yo quería reencarnar en lo que sea, pero en burrito no”, confiesa entre risas y ternura.
Esa sensibilidad ante el sufrimiento ajeno y esa capacidad de observar el mundo con ojos atentos serían, años después, las mismas que la llevarían a mirar a cada niño como una semilla única.
El puente colgante hacia la vocación
Si su padre construía puentes de piedra, Luz Alicia nació para construir puentes de futuro. Su primer trabajo fue en el Colegio Josefina Chávez San Juan, bajo la dirección de la maestra Hortensia García. Pero duró apenas un año. Dos amigas, Fela Mantecón y Vicky Saíd, habían abierto un kínder en un lugar insólito: la Isla del Río Cuale, un espacio olvidado, invadido por maleza y frecuentado por “malandrines” que hacían pintas.
La invitaron a trabajar. Corría 1985.
“Era hermoso ir a trabajar ahí, estar en contacto con la naturaleza, con el río, con tantos árboles, pajaritos, iguanas”, describe. El kínder ocupaba los locales donde hoy está el Centro Cultural Cuale. Había una fuente enorme en medio de la explanada, y los niños, en lugar de jugar con el agua, se subían a ella como si fuera un castillo. “Pareciera que la fuente o el agua que debía salir de ahí eran los niños”, dice con una metáfora que revela su esencia: para ella, los niños son el manantial.
Las maestras cruzaban felices el puente colgante cada mañana. “Sabíamos que cruzando el puente nos iba a cambiar completamente nuestros pensamientos e ir con una hermosa energía”. El río Cuale crecía con las lluvias, caudaloso pero transparente, lleno de pececitos. Nunca hubo miedo. Al contrario: bajaban con los niños a levantar piedritas para atrapar camarones. “Son recuerdos inolvidables”, suspira.
Aquella escuelita en la isla se convirtió, sin proponérselo, en el kínder donde acudían los hijos de comerciantes, restauranteros, hoteleros y familias de Conchas Chinas que bajaban a dejar a sus hijos atraídos por la magia del lugar, la vegetación, el senderismo alrededor de la isla. “Y yo decía: qué bonito que confiaran en el kínder y sus niñitos asistieran con nosotros”.
Mujer de riesgo y moño
El destino quiso que las dos socias, una tras otra, decidieran vender su parte. Primero la maestra Fela Mantecón. Luz Alicia era muy joven y no contaba con los recursos. Habló con su mamá, y entre las dos reunieron el dinero.
Y a los meses la maestra Vicky Said, también decidió vender su parte.
Otra vez la angustia, otra vez la búsqueda de recursos, otra vez el sí impulsado por una mezcla de vocación y terquedad.
“Me quedé a cargo de la escuela”, dice con sencillez, como si no hubiera implicado un acto de valentía enorme. Pero la anécdota que sigue la retrata por completo: “Yo me peinaba con una cola y un moño. Los papás llegaban buscando a la directora, salía yo y a veces tenían desconfianza porque era muy joven. He de haber tenido 19 o 20 años”.
Entonces, aquella muchacha de moño decidió cambiar su apariencia. Se vistió más formal, endureció su presencia, construyó una coraza. Pero lo que nunca perdió fue la ternura. “Yo aprendí mucho de los niños a ser valiente. Ellos eran tan aguerridos, tan aventados… ellos me enseñaron a enfrentar las cosas”.
De la Islita a La Marina, un legado que cruza generaciones
Pronto los padres de familia comenzaron a solicitar el servicio de nivel primaria. Luz Alicia buscó terrenos, pero los precios estaban desorbitados por el auge turístico. Finalmente encontró unos terrenos de siembra en Palmar de Aramara, llenos de lodo y cajos. “No había casi nada construido, de las primeras cosas que se construyeron en la colonia fue la escuela”, recuerda. Era 1992.
Durante dos años mantuvo ambas escuelas: el kínder de la Islita y el nuevo colegio en Palmar de Aramara. Iba y venía, cruzando la ciudad, con la zozobra de no poder estar en ambos lugares al mismo tiempo. “Aquí el colegio empezó a crecer rapidísimo, gracias a Dios. Tuve que cerrar allá”, dice. El Kínder La Islita cerró sus puertas en 1994. La mayoría de los alumnos se mudaron al nuevo plantel, ahora llamado Colegio La Marina.
Pero el alma de La Islita no se perdió. Había sembrado algo imborrable. Luz Alicia acostumbraba escribir una carta individual a cada niño al terminar el preescolar. Les decía que habían sido semillitas sembradas con cariño, regadas con esmero, y que ella esperaba que dieran fruto. “Les pedía que fueran personas de bien, profesionistas, y que cuando terminaran su carrera vinieran a traerme su título. Ese iba a ser mi mejor pago”.
Hoy, con 40 años de labor docente ininterrumpida, pues nunca tomó un año sabático, Luz Alicia ve cómo esos niños regresan. “Llegan ya con barba, a veces no los reconozco. ‘Maestra, soy fulanito’, y me enseñan su título y la carta, ya fea, arrugada”. Su voz se quiebra un instante, pero la sonrisa vuelve más fuerte. Muchos de esos exalumnos ahora son maestros en su propio colegio, o padres que traen a sus hijos. El círculo se cierra.
“Ellos me dieron seguridad, me enseñaron a ser valiente. Ahora generaciones de esos pequeñitos siguen aquí”, afirma.
La fuente que nunca se seca
Luz Alicia Ramos Robles no solo es directora del Colegio La Marina. Es también egresada de la Universidad Pedagógica Nacional y licenciada en Derecho por la Universidad Arkos, pero su título más preciado lo llevan escrito cientos de exalumnos que hoy son médicos, abogados, ingenieros, maestros. Y también padres.
“Los niños te abrazan sin saber quién eres, te pasan una energía tan bella que nunca he dejado de estar con ellos”, confiesa. Sigue entrando a los salones, sigue sintiendo que su lugar está entre los pequeños de preescolar, esos que aún tienen “la cabecita limpia y el corazón limpiecito”.
El Vallarta que ella conoció —el de los burros cargados, las paletas de hielo del Pitillal, los pescadores que fiaban, el río caudaloso pero transparente— ya no existe. Pero en cada niño que cruza la puerta del Colegio La Marina, en cada carta arrugada que un adulto le devuelve, en cada padre que le dice “maestra, aquí le traigo a mi hijo”, sigue viva la fuente que no necesita agua: esa en la que los niños juegan y la convierten en manantial.
Porque Luz Alicia entendió hace décadas lo que su abuelo le enseñó sobre la reencarnación: no se trata de volver a nacer en otro cuerpo, sino de sembrar algo que siga vivo después de uno. Y ella, desde la Islita, sembró para siempre.
“Mi mejor pago es verlos llegar con su título y decirme: ‘Maestra, cumplí’.”

