La libertad interior
Red Interna / Por: Humberto Famanía Ortega / humfama@gmail.com
Estamos pasando por momentos muy difíciles en el mundo, tanto así, que hago las siguientes reflexiones, que realmente lo enseñan o ayudan a uno, más que nada, a seguir por esta vida de una forma en que justifiquemos nuestra propia existencia.
El amor
Evoco, pues, a Santa Catalina de Siena, quien decía que el hombre no sabría vivir sin amor. Y el problema es que a veces ama al revés. Se ama egoístamente a sí mismo y termina sintiéndose frustrado, porque solo un amor auténtico es capaz de colmarlo.
Un amor que procede de la coacción, del interés o de la simple satisfacción de una necesidad no merece ser llamado amor. El amor no se cobra ni se compra. El verdadero amor —y, por lo tanto, el amor dichoso— solo existe entre personas que disponen libremente de sí mismas para entregarse al otro.
Nuestra libertad es proporcional al amor y a la confianza filial que nos unen a nuestro Padre del Cielo. ¿Cuánto lo vemos constantemente, sobre todo en la vida pública, que hay mucho resentimiento y que este se ha alimentado en nuestra vida contra todo lo que no es de nuestro agrado, y nos impide ser lo libres que seríamos? Y lo vemos también en todos los sectores de la población. Cuanto más dependa nuestra sensación de libertad de las circunstancias externas, mayor será, naturalmente, la evidencia de que todavía no somos verdaderamente libres.
Nuestra falta de libertad proviene de nuestra falta de amor. Nos creemos víctimas de un contexto poco favorable, cuando el problema real —y con él su solución— se encuentra dentro de nosotros.
Y lo sabemos: nuestro corazón, prisionero de su egoísmo y de sus miedos, es el que debe cambiar y aprender a amar dejándose transformar. He aquí el único modo de escapar a ese sentimiento de angustia en el que nos encerramos.
Quien no sabe amar, siempre se sentirá en desventaja y todo lo agobiará. Quien sabe amar, no se sentirá encerrado en ningún sitio. Nuestra incapacidad de amar proviene muchas veces de nuestra falta de fe y de esperanza.
Libertad
La libertad no es simplemente elegir, sino aceptar lo que no hemos elegido. El hombre manifiesta la grandeza de su libertad cuando transforma la realidad, pero más aún cuando acoge y confía en la realidad que le viene dada día tras día.
Quien desea acceder a una verdadera libertad interior debe entrenarse en la serena y gustosa aceptación de multitud de cosas que parecen ir en contra de su libertad: aceptar sus limitaciones personales, su fragilidad, su impotencia, esta o aquella situación que la vida le impone. Algo que cuesta mucho hacer, porque sentimos un rechazo espontáneo hacia las situaciones sobre las que no ejercemos nuestro control.
Por eso les digo que el gran secreto de toda fecundidad y crecimiento espiritual es aprender a dejar hacer a Dios. Una de las condiciones más necesarias para permitir que su gracia obre en nuestra vida es decir sí a lo que somos y a nuestras circunstancias.
Dejar de progresar es dejar de vivir. Quien no quiere ser santo no conseguirá serlo. A fin de cuentas, Dios nos da lo que nosotros deseamos, ni más ni menos. Pero para ser santos tenemos que aceptarnos como somos.
Debemos vivir la aceptación de nuestras limitaciones, pero sin consentir resignarnos a la mediocridad. Toda la victoria sobre nosotros mismos es un don.
Para amarnos necesitamos la mediación de la mirada de alguien que, como el Señor por boca de Isaías, nos diga: “Eres a mis ojos de muy gran estima, de gran aprecio y te amo”. En fin, creo que es muy importante el hecho de meditar y reflexionar sobre el amor, que es el que lo encierra todo.
Paz
El que no esté en paz consigo mismo —y eso está completamente comprobado— necesariamente estará en guerra con los demás. Empiezo a darme cuenta de que cuando sientes aversión hacia el prójimo, debes buscar la raíz en el disgusto contigo mismo.
Por eso dicen estas palabras tan profundas: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. En fin, cuando experimentamos un sufrimiento, lo que más daño nos hace no es tanto este como un rechazo, porque entonces al propio dolor le añadimos otro tormento: el de nuestra oposición, nuestra rebelión, nuestro resentimiento y la inquietud que provoca en nosotros.
La aceptación de un sufrimiento lo hace mucho más soportable que la crispación del rechazo. Por eso les digo que el sufrimiento no aceptado son las cruces que nosotros mismos nos hacemos y que nos llenan de resentimientos. En la adhesión al dolor encontramos la fuerza.
Recordemos, pues, que toda existencia, incluso si se encuentra abocada al dolor, es infinitamente bendita e infinitamente valiosa. “La leve tribulación del momento nos produce, sobre toda medida, un peso eterno de gloria”.

