Hablar con un tornado

Sana Mente / Por: Ana Paula González Toledo / Psiquiatra

Exponer públicamente a quien padece una enfermedad mental no es justicia, es crueldad.

Hay algo que me parece inhumano y profundamente indigno: entrevistar, exhibir o incluso sentar ante un tribunal a personas que están atravesando una crisis psiquiátrica aguda. Lo que debería ser una búsqueda de justicia termina convirtiéndose en una exposición pública del sufrimiento mental.

Lo digo especialmente al pensar en casos como el de Lindsay Clancy. Independientemente de cuál sea la opinión que cada quien tenga sobre los hechos, me resulta imposible ver a una persona con una depresión posparto grave con síntomas psicóticos sin preguntarme: ¿qué esperan obtener de alguien en ese estado? ¿Cómo puede una sociedad asumir que una persona cuya percepción de la realidad está alterada responderá de manera coherente, reflexiva o representativa de quién es fuera de la enfermedad?

Y quiero ser muy clara: no estoy diciendo que estas personas sean automáticamente inimputables. No estoy hablando de absolución ni de ausencia de responsabilidad. Estoy hablando de algo mucho más básico. No puedo entender por qué no se espera al momento adecuado para hacerlas testificar, evaluarlas e incluso juzgarlas. Una cosa es la responsabilidad legal y otra muy distinta es pretender que alguien en medio de una descompensación psiquiátrica grave participe como si estuviera en plenitud de sus facultades.

He sentido la misma incomodidad al ver entrevistas de Charles Manson durante periodos en los que estaba alucinado y delirante, o al observar cómo el carisma hipomaníaco de Ted Bundy llegaba a influir en la percepción del juez y el jurado que lo rodeaban.

Desde la psiquiatría social esto parece reflejar algo mucho más profundo que un problema judicial. Refleja una cultura que tiene enormes dificultades para reconocer el sufrimiento psíquico. Una cultura donde la productividad suele tener más valor que la vulnerabilidad humana. La lógica es siempre la misma: sigue adelante, cumple con tu función, trabaja, resiste, produce. No importa lo que estés sintiendo. No importa si estás agotado, deprimido o psicótico. Los protocolos se cumplen, las reglas se siguen y el sistema continúa avanzando.

Quizá por eso una crisis psiquiátrica deja de verse como una emergencia médica y empieza a interpretarse como una falla personal. Tal vez por eso resulta tan fácil entrevistar a alguien en uno de los peores momentos de su vida. Una persona cuya primera necesidad debería ser recibir atención, estabilización y tratamiento.

El problema tampoco desaparece una vez que las personas ingresan al sistema penitenciario. Cerca del 44% de la población encarcelada en cárceles locales de Estados Unidos tiene un diagnóstico de trastorno mental, y muchas de estas personas atraviesan su condena sin recibir el tratamiento que necesitan.

Cuando veo estas entrevistas, no veo justicia. Veo revictimización. Veo una profunda falta de comprensión sobre la enfermedad mental. Comprender una enfermedad mental no significa justificar una conducta. Pero ignorarla mientras se expone públicamente a quien la padece tampoco es justicia. Es crueldad.