Familia, esperanza para un mundo mejor
Red Interna / Por: Humberto Famanía Ortega
La base de la sociedad es la familia y, por lo tanto, debemos imprimirle la cultura que viene a ser todo aquello con lo que el hombre y la mujer afinan y desarrollan sus innumerables cualidades espirituales y corporales, y procuran someter al orbe terrestre mediante sus conocimientos y trabajos.
La vida social se humaniza más, tanto en la familia como en la sociedad civil, gracias al progreso en las propias costumbres e instituciones. Esto quiere decir que esta base de la sociedad no vive aislada como los lobos esteparios, sino todo lo contrario: vive inmersa en una realidad concreta donde existen costumbres e ideologías que se van infiltrando, como el consumismo y el materialismo, la vida presente sin planear el futuro, y muchísimos errores más que hacen que el egoísmo se instale en todas sus formas en el seno familiar.
Con el paso del tiempo, los antivalores van adquiriendo mayor relevancia en nuestra comunidad y, por lo tanto, en el seno familiar se dan signos de debilitamiento, donde la comodidad y el placer son la única manera de ser felices, donde lo útil para producir dinero es benéfico para la familia, y quien no lo sea no es valorado.
Me pregunto: ¿cómo es posible tener una comunidad integrada cuando vemos familias que viven con rencores, venganzas y envidias? ¿Hasta dónde es responsable el sector público y privado social de los desequilibrios del medio donde se desarrollan?
Yo siento que la responsabilidad es compartida y que la solución a este gravísimo problema tiene respuesta: el amor en sus diferentes facetas —amor conyugal, paterno, materno, fraterno—, que se deriva en amor de una comunidad de personas y generaciones.
Desgraciadamente, en nuestra ciudad estamos expuestos a recibir influencias de otras costumbres extranjeras, totalmente ajenas al comportamiento tradicional de nuestras amadas familias que, por generaciones, fueron ejemplos a seguir en la sociedad.
Recuerdo con mucho respeto lo que decía Santo Tomás: “Los hombres no podrían vivir juntos si no tuvieran confianza recíproca, es decir, si no se manifiestan mutuamente la verdad”. Con esta reflexión se despejan nuestras dudas respecto a los acontecimientos políticos que ocurren en los niveles nacional, estatal y municipal. Vivimos en un ambiente de desconfianza mutua, donde los pretextos, las murmuraciones, los engaños y las comunicaciones interesadas son algo normal en un entorno donde aprendemos a callar no por prudencia, sino por conveniencia, y hablamos solo de aquello que nos beneficia o no nos compromete, independientemente de si es verdad o mentira.
Y como consecuencia, en este ambiente se aprende a fingir y a aparentar solo por el hecho de tener o llenar un espacio de beneficios materiales, mostrando un desinterés por fomentar nuestras relaciones interhumanas, causando un gran mal comunitario que cada día se aparta más de los valores humanos.
Estamos, amables lectores, en la antesala de una situación que muestra signos de incertidumbre, donde se está generando un clima tenso que produce riñas. Hay que cuidar con mucha inteligencia la siguiente etapa, que puede tornarse en una guerra sin cuartel.
Hagamos votos para que todos juntos nos integremos en una meta común: el bienestar y la dicha para todos.

