Tenemos que educar a los niños desde el vientre con mucho amor
Consejos de una bisabuelita moderna / Por un México mejor
El mayor tesoro que puede tener un ser humano es la continuación de su propia vida a través de sus hijos
El mayor tesoro que puede tener un ser humano es la continuación de su propia vida a través de sus hijos. En cambio, quienes deciden dedicar su existencia a acumular dinero, joyas, oro, terrenos y bienes materiales no pueden vivir en paz, pues siempre piensan que alguien puede robárselos. Por más vigilancia que tengan en su residencia, tarde o temprano sentirán que algo les falta, olvidando por completo que, cuando mueran, nada se llevarán. Basta recordar la vida de Walt Disney.
Mi mayor sueño de niña era aprender a tocar el piano, pues en casa teníamos uno muy viejo. Sin embargo, cuando mi mamá nos llevó a inscribirnos con el único maestro del pueblo, al verlo golpear a sus alumnos con la batuta, decidimos irnos de inmediato. En nuestro hogar solo había amor para los niños. Nunca aprendí a tocar.
Por eso, cuando estaba embarazada de mi hijita, todos los días, a la misma hora, le ponía discos de piano y le hablaba diciéndole: “Tú sí sabrás tocar el piano”. Y, aunque parezca increíble, cuando ella estaba en la universidad, una vez que cruzábamos el Puente Internacional, sonó en la radio Las playas de ensueño, interpretada por Richard Clayderman. Le dije: “Mi hermosa hijita, escucha esta maravillosa melodía”.
Tiempo después, cuando nos fuimos a vivir a Nuevo Laredo, mi familia le envió el piano. Apenas dos semanas después, mi hija me dijo: “Mami, te tengo una sorpresa”. Sin haber tomado clases ni conocer una sola nota musical, había aprendido a tocar.
Cuando era niña, siempre nos enseñaban que debíamos tratar a todas las personas con amor y respeto, porque todos éramos hijos de Dios. Nos inculcaban ser puntuales, ayudar a los necesitados y valorar a quienes nos rodeaban. Las nanas eran como nuestras abuelitas; las madres de la escuela, parte de nuestra familia; y los empleados, buenos amigos.
La hermana de mi mamá y nuestros abuelitos nos llevaban a las cárceles para llevar alimentos y rezar con los internos. También visitábamos el hospital del pueblo para acompañar a los enfermos.
A la hora de comer debíamos sentarnos bien vestidos, pues era una muestra de respeto hacia toda la familia. Solo con observar la posición de los cubiertos sabíamos qué comeríamos. La servilleta debía permanecer sobre las piernas, nos sentábamos derechos, atentos a las preguntas de los mayores, y respondíamos siempre con honestidad.
Cuando nos portábamos mal, nos sentaban en la sala y nuestros padres nos preguntaban cómo nos habíamos comportado. Después nos hacían reflexionar con preguntas como: “Si tú fueras tu amiguita, ¿te gustaría que te trataran así?”. La respuesta siempre era: “No”. Luego preguntaban: “Si tú fueras nuestra mamá, ¿qué castigo nos pondrías?”. Y éramos nosotros mismos quienes decidíamos el castigo, que muchas veces consistía en permanecer media hora sentados en una silla.
¡Cómo ha cambiado la educación en nuestro país! Actualmente, muchos niños y jóvenes solo hablan de sexo, drogas y de sus derechos. Caminan por la calle como zombis y cada vez hay menos diálogo entre ellos, porque viven pendientes de los aparatos electrónicos que, aunque los padres intenten controlar, terminan alejándolos de la convivencia familiar.
Por eso les suplico a mis niños y a mis jóvenes que, entre todos, saquemos con mucho amor esos demonios que nos alejan de los verdaderos valores, para recuperar lo más valioso que tiene nuestro país: nuestros niños y nuestros jóvenes.
Para mis hermosos ángeles del Grupo Canica.
Cariñosamente,
su bisabuelita, Ana I.
