La historia de Enrique Barrios y el Xiutla
Por: Miguel Ángel Ocaña Reyes
Puerto Vallarta, Jalisco-
Hay hombres que construyen puentes. Enrique Barrios Limón prefirió construir pies. No los suyos —que los puso sobre un escenario hasta los 30 años, cuando decidió que la danza también es un acto de dignidad y el bailarín debe saber retirarse a tiempo—, sino los de más de dos mil niños y jóvenes que han pasado por sus filas. Los pies de una legión de vallartenses que aprendieron, antes que el zapateado, la disciplina de la vida.
Su oficina no tiene escritorio. Es un salón de ensayos, un escenario improvisado o cualquier rincón de Puerto Vallarta donde quepan un lazo simbólico y una lección. Aquí, Enrique, quien se describe como un “semi-retirado” activo, sigue dando lata, regañando y, sobre todo, conduciendo los destinos de una familia que él mismo fundó un 27 de julio de 1994.
Los inicios
Todo comenzó con el apoyo de Rafael Yerena y su hermana, la señora Yerena, presidenta del DIF. Así nació el “Grupo Folklórico Infantil del DIF”. Un nombre de cuna institucional que, con el tiempo, sería transformado por la generosidad de un amigo: don Carlos Mungía Fregoso, el cronista de Vallarta. Fue él quien le reveló a Enrique que, en la época prehispánica, el lugar que hoy conocemos como Puerto Vallarta se llamaba Xiutlan, que en náhuatl significa “lugar donde crece la hierba”. A Barrios le gustó la raíz, le quitó el sufijo tlan y lo bautizó: Xiutla. Un nombre que crece, como la hierba, como sus bailarines.
En 31 años —32 que cumplirán este julio—, el Xiutla ha sido mucho más que un grupo artístico. Ha sido una trinchera contra el olvido, una escuela de valores sin fines de lucro. “Nunca hemos vivido del baile”, afirma Enrique con una mezcla de orgullo y terquedad. “Nunca he cobrado. Un compañero periodista me dijo: ‘Profe, yo con este grupo sería millonario’. Pero yo nunca tuve la visión de comercializar con lo que hacían los niños”.
Su filosofía es clara y contrasta con la urgencia del mundo moderno: la danza es un camino, no un destino. Por eso, cada niño que entra sabe que debe construir una carrera al margen de los escenarios. “La danza, como el deporte, es limitante”, sentencia. Él mismo lo vivió: bailó desde los 12 hasta los 30 años. Y a los 30, se retiró. “Te das cuenta de que ya no te ves bien, que es discordante, antiestético. Yo no voy a hacer el ridículo”. Esa honestidad es quizás su coreografía más difícil.
Disciplina
El resultado de esta disciplina se respira en cada rincón del grupo. Los testimonios de los jóvenes que pasan por ahí son un eco de la enseñanza de Barrios. Jimena, que entró a los 6 años y hoy tiene 16, habla de un “panorama que no conocía”, de la disciplina como un hábito diario. Grace, que ingresó a los 13 como un regalo de su mamá, descubrió no solo los trajes y las culturas de los estados, sino el valor de “estar más limpia”, más arreglada, más centrada. Brandon, que pasó siete años mirando desde fuera antes de decidirse, confiesa que el Xiutla lo volvió más seguro, más social. “Estaba perdiendo una gran experiencia”, dice.
Pero quizás quien mejor encarna el espíritu del grupo es Gael. Él está en el Xiutla desde los 4 años —o más bien, desde el vientre de su madre, porque su familia lleva 24 años en esta historia. Gael habla de “respirar cultura”, de un “hambre de conocimiento” que los impulsa a superarse, de las más de 150 danzas montadas. Y su testimonio revela la máxima del profe Barrios: “Si no sacas buenas calificaciones, no bailas”. La danza como premio, no como excusa.
Presencia internacional
El Xiutla ha bailado en teatros de Disney World en París, en China, en Sudamérica. Ha llevado el nombre de México por el mundo, y Enrique guarda como un tesoro una carta que lo certifica. Sin embargo, el presente del grupo es una lucha de otro ritmo: la construcción de un salón propio.
“Es una piedra que cargo del tamaño del mundo en el zapato”, confiesa Barrios. Durante más de diez años, el sueño de tener un techo para ensayar, un piso digno, baños y una bodega para el vestuario —trajes de charro de 15 mil pesos, enaguas de Tehuana que ya no les quedan a las niñas que se hicieron mujeres— ha sido postergado por promesas incumplidas.
El año pasado, el dinero que se había reunido para una gira se destinó a pagar un cateterismo de Enrique, una operación de 250 mil pesos que sus propios alumnos y sus familias costearon. Él lo carga como una deuda del alma, aunque le digan que no lo haga. “Tengo que reponerlo”, insiste.
Hoy, el grupo ensaya en una unidad deportiva de la que temen ser desalojados. El salón sigue siendo obra negra. Y los jóvenes, que merecen salir a conocer el mundo, se quedan este año sin gira. “Lo que logremos será para meterle al salón”, sentencia el director, con la mirada puesta más en el futuro de sus niños que en el aplauso fácil.
Enrique Barrios Limón no vende votos ni vende bailes. No busca ser millonario. Busca, simplemente, terminar lo que empezó hace tres décadas: un lugar donde la hierba pueda seguir creciendo. Mientras tanto, sigue yendo a los ensayos para gritar, regañar y dar lata. Porque un hombre que ha sembrado raíces en el escenario sabe que el mejor espectáculo no es el que se ve, sino el que perdura en la memoria y en los pies de quienes un día, gracias a él, aprendieron a bailar su propia vida.
Hoy, gran parte de la responsabilidad del Xiutla descansa en los hombros de Karina Mendoza, quien se encuentra al frente del grupo dándole seguimiento al proyecto que inició e impulsó el profesor Enrique Barrios, y que gracias también a la familia Mendoza, ha logrado mantener a flote.
Para quienes deseen apoyar el proyecto del salón del Grupo Xiutla, Enrique Barrios Limón busca asesoría para reactivar su Asociación Civil (Academia Regional de la Danza Mexicana “Xiutla”) y canalizar donativos. Toda colaboración o contacto puede gestionarse a través de los canales del grupo.

