Todos podemos diseñar nuestra vida si nos lo proponemos

Aprendiendo a ser feliz / Por: Hania Sosa / Psicóloga

Hacernos cargo implica dejar atrás la idea infantil de que somos víctimas

Seguramente te resulta familiar la frase “la infancia es destino”. ¿A qué se refiere? Esta afirmación sostiene que aquello que vivimos durante nuestros primeros años determina, en gran medida, el tipo de vida que llevaremos. Señala que las experiencias infantiles —especialmente aquellas que impactan nuestras emociones y nuestros vínculos— establecen patrones de conducta, moldean la personalidad y definen aspectos importantes de la vida adulta.

Las vivencias infantiles son, sin duda, un factor determinante de nuestra personalidad.

Aunque es cierto que poseemos rasgos innatos, como el temperamento, la mayoría de nuestras características conductuales se forman mediante el aprendizaje y la imitación. Dependiendo del ambiente en el que crezcamos —la cultura, los valores y tradiciones familiares, las experiencias vitales, entre otros elementos— se va configurando nuestra personalidad y, con ella, las tendencias de nuestra conducta.

Cuando conocemos la historia dolorosa de algún niño, es fácil imaginar el tipo de vida que podría tener en el futuro. O, al observar la vida de un adulto, solemos preguntarnos: “¿Qué infancia habrá tenido para haber llegado hasta aquí?”. Muchas veces comprendemos mejor la conducta de las personas que queremos cuando recordamos la infancia que sabemos que tuvieron.

Sin embargo, nuestras historias no tienen por qué determinar por completo la vida que construimos, siempre y cuando decidamos hacernos cargo de nosotros mismos. Y esto, por supuesto, no es sencillo. Resulta mucho más fácil culpar a otros por lo que somos o por cómo actuamos.

Hacernos cargo implica dejar atrás la idea infantil de que somos víctimas. Significa comprender que cada persona hace lo que puede con los recursos que tiene, y que a partir de ahí nosotros podemos elegir qué hacer con lo ocurrido: cómo transformar el dolor en aprendizaje y de qué manera redirigir nuestra conducta para transitar, ahora sí, un camino adulto. Sin berrinches, sin victimización, sin culpar a los demás.

El Dr. Santiago Ramón y Cajal, considerado el padre de las neurociencias, afirmaba que todos podemos ser escultores de nuestro propio cerebro. Demostró que nuestras experiencias y nuestra conducta modifican las redes neuronales: el cerebro cambia con lo que vivimos. Si esto es así, ¿no resulta más fácil creer que también podemos transformar nuestra vida si nos lo proponemos?

El verdadero desafío está en esa última frase: “si nos lo proponemos”. No se trata de que no sea posible, sino de contar con la disposición de asumir la parte que nos toca.

Comenzar con pequeños cambios de hábitos puede ser un buen inicio.