“Para cambiar la cultura en Vallarta hay que dejar de improvisar y empezar a planear”

Por: Ángel Reyes

Arturo Ortega, Promotor Cultural

Puerto Vallarta, Jalisco.-

Arturo Ortega prefiere no andarse con rodeos. Después de cuarenta y cuatro años como promotor cultural —desde 1982, para ser exactos—, ha visto llegar e irse a decenas de directores de cultura, ha presenciado la llegada de artistas foráneos que “creen descubrir el hilo negro” y ha sido testigo de cómo cada cambio de administración entierra los proyectos anteriores como si nunca hubieran existido.

“Termina un trienio y siempre quedan a deber”, sentencia.

Exdirector del Centro Cultural Cuale entre 2003 y 2006, y actual responsable del Centro Cultural La Lija, Ortega ha dedicado su vida a una pregunta incómoda: ¿por qué el arte y la cultura no terminan de despegar en Puerto Vallarta? Su respuesta es tan lúcida como implacable.

“No hay un proyecto de cultura. Hay un plan de desarrollo, pero no un proyecto que digas: ‘Vamos a invertir en esto, vamos a invertir en aquello’. Y aparte, nunca se le quiere invertir a la cultura. Siempre es el patito feo”.

La falta de cohesión y el péndulo político

Para Ortega, el problema de fondo no es la ausencia de talento ni de iniciativas, sino la incapacidad estructural para sostenerlas. “Lo que falta es cohesión. Los artistas no se reúnen, no jalan parejo. Cada quien quiere llevar agua a su molino y así las cosas no funcionan”.

A esto se suma lo que él denomina “la política de ocurrencia”: la llegada de funcionarios culturales sin experiencia ni vocación, que improvisan programas sin diagnóstico previo. “Su obligación, antes de entrar en funciones, es hacer un estudio FODA: debilidades, fortalezas, oportunidades, y con base en eso construir un proyecto a tres años. Pero eso no pasa”.

El resultado es un círculo vicioso de arranques y frenos. “Cada trienio se rompe lo avanzado, se desecha y no se da continuidad. Hay gente que todavía le tocó picar piedra”. Ortega reivindica, en contraste, el trabajo de figuras como Maria José Zorrilla, quien logró, a través del FONCA, rehabilitar el viejo espacio del Cuale. “Ella logró cambiar muchas cosas. Trajo gente especializada para que todo tomara otro rumbo. Pero eso va aligerando el camino para que el que sigue pueda pensar en otro proyecto. Si es que lo dejan”.

Identidad perdida en una ciudad pluricultural

Puerto Vallarta, dice Ortega, es una ciudad internacional, pluricultural por naturaleza. Pero esa apertura tiene un costo. “Todo el mundo llega con ideas y entonces Puerto Vallarta pierde su identidad. Y debemos recobrarla”.

La vía para hacerlo, sostiene, es la implementación de políticas públicas enfocadas en el desarrollo cultural. “Que le permitan generar una identidad propia, no la que vienen a imponer otros”. Advierte que la pérdida de esa identidad no es un asunto abstracto: “Ese retraso en el arte y la cultura va haciendo merma en el cambio de conductas, en nuestra sociedad, en las colonias: drogadicción, pandillerismo, imposición de otras tendencias”.

Frente a este panorama, Ortega considera urgente que el gobierno municipal, los empresarios y la sociedad civil se sienten a trabajar en conjunto, “pero con un proyecto, con un proyecto”. La clave está en dejar de pensar que la cultura es solo para la franja turística. “Ese ha sido el gran error: creer que nada más los hoteles y los bares merecen espacios de arte. No irse atrás es condenar a las colonias al abandono”.

El poder transformador del arte

Ortega no habla desde la teoría. A lo largo de su carrera ha visto cómo el arte puede cambiar vidas. Pone como ejemplo la Orquesta Escuela de Puerto Vallarta, iniciativa privada que lleva música a niños de escasos recursos. “Tan solo el simple hecho de cambiarles la visión de la música —de la violencia y los mensajes nocivos a un tipo de música más estilizada— les amplía el horizonte, les cambia la mente”.

Ese mismo efecto, dice, debería replicarse en el teatro, la pintura, la escultura. “Se ha tratado, con la Universidad de Guadalajara y otros esfuerzos, pero son eso: esfuerzos aislados. Cada vez que llega alguien nuevo, siente que está inventando el hilo negro. Y empezamos de cero, otra vez”.

El problema, reconoce, también es económico. “Los artistas necesitan sobrevivir. Si los llevas a una colonia popular, nadie les va a comprar una obra. ¿Cómo los convences de que vayan, sabiendo que no habrá negocio, pero sí una aportación al desarrollo cultural de Vallarta? Esa es la parte que nadie resuelve”.

Centro Cultural La Lija: Un gigante dormido

Desde hace unos meses, Arturo Ortega está al frente del Centro Cultural La Lija, un espacio con una explanada con capacidad para más de cuatro mil personas, rodeado de más de cuarenta y tres colonias y una población superior a los veintitrés mil habitantes.

Su diagnóstico es claro: “Es un lugar que requiere promoción. Existe el domo, sí, pero ¿lo demás? La gente ni siquiera sabe qué hay aquí”.

Ortega ha comenzado a reunirse con coordinadores vecinales, con la dirección de juventudes y con universidades para construir una oferta cultural que responda a las necesidades reales del entorno. “Me he sentado con ellos para preguntarles: ¿cómo puedo sumar? ¿Cómo podemos acabar con el pandillerismo, la drogadicción? ¿Qué podemos hacer en conjunto?”.

Actualmente, La Lija alberga veintisiete talleres funcionando: pintura, música, repostería, tejido, amigurumis. Hay actividad desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche. Lo que falta, insiste Ortega, es visibilidad. “Que la gente sepa que esto existe. Que no sea solo una escuela a la que llevas a tu hijo a aprender guitarra y te quedas esperando afuera sin nada qué hacer. Un centro cultural es eso: un lugar donde las familias se reúnen, donde ves una exposición, un concierto, donde compartes”.

Compara el potencial del espacio con el programa municipal de Tukiparques. “Esos parques generan comunidad, sacan a los niños del teléfono y los llevan a jugar. Aquí puede pasar lo mismo. Pero necesitamos que el gobierno, los empresarios y la sociedad se sumen, con un proyecto claro”.

Vocación y compromiso

A sus más de cuarenta años de trayectoria, Ortega no oculta el cansancio, pero tampoco la convicción. “Si yo no me siento a gusto y no me dejan hacer lo que realmente debo hacer, me retiro. No voy a echar a perder muchos años de trabajo por un sueldo que ni siquiera es a su justa medida”.

Considera que el verdadero liderazgo cultural no es el que impone, sino el que tiene la humildad de preguntar “¿cómo le puedo hacer?”. Y advierte: “Cualquier proyecto cultural, si no tiene un enfoque de políticas públicas, no funciona. Todo el mundo puede sorprender ahora con inteligencia artificial y decir: ‘Óyeme, ármame un proyecto así así’. Pum, está armado. ¿Pero realmente está justificado con la realidad?”.

La suya, dice, es una vocación que va más allá del encargo administrativo. “Es un compromiso de aportar, de que las nuevas generaciones sigan creciendo, pero con claridad. Con un liderazgo que sepa hacia dónde va”.

Por ahora, su obsesión es una sola: demostrar que un centro cultural puede ser mucho más que un edificio. “Que puede cambiar la historia de un niño, de una familia, de una colonia entera. Eso es lo que he hecho toda mi vida. Y no pienso parar”.