
Por amor a Dios, si no paras la guerra que existe dentro de ti mismo(a), ¡menos podrás parar las de tus semejantes!
Antes debes perdonarte a ti mismo(a) y terminar con esos resentimientos que albergas en tu corazón; de esa forma podrás perdonar a quienes te causaron algún malestar o daño por el cual, aunque pase el tiempo, cada vez que los veas sentirás una patada en tu vientre, y eso te impide ser completamente feliz. En lugar de darle vueltas al pasado, si a Dios los recomiendas y pides siempre por el bienestar de ellos, ¡verás qué bien te sentirás! Así aprenderás a sonreír siempre a tus semejantes, siendo completamente feliz.
No podremos pedir que se terminen las guerras sintiendo malestar dentro de nosotros mismos. Solo siendo positivos siempre, las personas que nos rodean tratarán de imitarnos. Por eso debemos ser siempre felices y tratar a todos nuestros semejantes como nos gustaría que ellos nos tratasen a nosotros mismos.
Necesitamos más niños y jóvenes amantes de la verdadera libertad, ¡no de un libertinaje absurdo y mal entendido!
Necesitamos más familias honestas y unidas, con valores puros y gran amor para sus hijos, pero solo lo lograrán con su ejemplo positivo.
Un hijo es la mayor felicidad para una pareja casada por amor. Actualmente, muchos jóvenes viven el amasiato en forma fatal, porque si ellas quedan embarazadas, como el amor verdadero no existe para ellos, ¡es mejor asesinar a sus propios hijos! ¡Pobres, ellos tienen su propia guerra!, en la que pueden morir con una terrible enfermedad venérea.
Por eso les suplico a los jóvenes: cásense por amor, respeten a sus parejas, formando esos matrimonios inseparables, enamorándose diariamente y nunca se duerman enojados. Cuando sus amigos vean cuán felices son, querrán buscar solo a una chica decente para toda su vida. Esa es la mejor manera de iniciar un “alto a las guerras”.
Padres de familia, ustedes tienen el derecho y la obligación de enseñarles juntos, con mucho amor, la educación sexual a sus hijos. ¡No permitan que terceras personas lo hagan! En mi maravilloso país, desde que permitimos que la educación sexual entrara a las escuelas, quitando esas valiosísimas materias de historia, civismo y ética —antes se castigaba al que dijera una mala palabra en la televisión; ahora, entre más malas palabras y más pornografía exhiban, más éxito tiene el canal—, no les den a sus hijos menores de edad celulares, porque aunque les pongan candados, cuando menos se lo esperan aparece la pornografía y, sin darnos cuenta, estamos perdiendo la inocencia de nuestros hijos, porque a los más pequeños se les enseña cómo destruir; a los de cinco años, a matar, matar y matar. Y sin darnos cuenta, estamos perdiendo a nuestro México adorado, porque a nadie le interesa lo que realmente pasa en nuestro país, ya que estamos idiotizados con esos aparatos embrutecedores y ¡no nos importa el futuro de nuestros hijos!
Para mis maravillosos ángeles terrenales del Grupo Canica.
Cariñosamente, su bisabuelita Ana I.






