
“Hoy en día, la mayoría de la gente muere de una especie de sentido común que se va desvaneciendo poco a poco, y descubre demasiado tarde que lo único de lo que uno nunca se arrepiente son sus errores”. — Oscar Wilde
En fechas recientes hemos podido ver una falta de sensibilidad no solo de un individuo hacia otro, sino también de un individuo hacia grupos humanos numerosos, o de instituciones hacia sujetos en lo particular. Contrario a lo que pudiera suponer el amable lector, ello no solo obedece a cuestiones monetarias, políticas o empresariales; por igual puede tener un componente de algún desorden psicosocial que los sujetos expresan, justamente, sin remordimiento. Por absurdo o increíble que ello pueda parecer, trataré de exponer algunos ejemplos recientes para su análisis y reflexión.
En la política internacional podemos ver cuantas veces queramos cómo la ultraderecha y la conservadora genocida se expresaron en la ONU tratando de justificar lo injustificable: la matanza de la población civil en Palestina. Y no solo ello, sino también el articular casos de unas niñas que, estando en su escuela, fueron bombardeadas. Las delegaciones que, por dignidad, no desearon escuchar las mentiras de los genocidas salieron del recinto, y aun así se molestaron quienes deseaban ser escuchados. Pero ojo: la intolerancia racial viene del gobierno de Israel, que, desde hace bastantes décadas, con apoyo de algunos gobiernos externos, trata de acabar sistemáticamente con Palestina y ocupar su territorio, dicho con sus propias palabras.
Pero veamos un ejemplo local, si le parece, amable lector. Recientemente una empresa de mercadotecnia tuvo la “maravillosa idea” de llenar con una pantalla gigante la bahía de Puerto Vallarta con publicidad. Ante el hecho y las críticas sociales, que no se hicieron esperar, argumentaron tener los permisos respectivos y el hecho de estar haciendo empresa. Ante ese posicionamiento, cualquiera puede entender que para imbécil no se estudia, pues qué poca empatía, por igual, no entender que propios y extraños, si algún día estamos en la playa, lo menos que deseamos ver es una pantalla recordándonos lo bello que es el destino o sugiriendo consumir o comprar algo. Por eso la playa se asocia con descanso.
Y es que, más allá de ser un buen ejemplo de trastorno antisocial de la personalidad, mismo que se caracteriza por un desprecio constante por las normas sociales, impulsividad y una marcada incapacidad para sentir empatía o remordimiento por el sufrimiento ajeno, no deja de ser un mal ejemplo social. Pues por más que traten de justificar lo injustificable, lo que más llama la atención es la falta de sentido común para no pensar en el bien colectivo y solo en hacer empresa, a pesar de la contaminación visual o el hartazgo social que provocan esas “ideas brillantes”.
Es decir, a fin de cuentas, hay personas que no entienden el contexto social o la sensibilidad requerida para integrarse productivamente o ser aceptadas por los demás. Y no hablo de tener opiniones contrarias, todos las tenemos y debemos fomentar el debate productivo, pero cuando se trata de esta serie de sinsentidos, la tolerancia se agota. Espero que no sea su caso, amable lector, y que su inteligencia siga siendo fomentada y expuesta al bien de la colectividad.






