“Si no la imprimes, no es foto”
Por: Miguel Ángel Ocaña Reyes
- La nostalgia, la madera y la resistencia del arte fotográfico frente a la IA
Puerto Vallarta, Jalisco.-
Hay una foto de 1990 que Ramón Jiménez aún conserva. La tomó con película, la reveló en laboratorio, la tocó con los dedos. Años después, frente a un visitante que apenas había nacido entonces, la sostuvo otra vez y escuchó: “Yo todavía ni nacía”. Esa distancia, para Jiménez, no es un abismo: es la prueba de que la fotografía, cuando se imprime, trasciende el tiempo.
En una época donde el dedo pulgar desplaza miles de imágenes por segundo y los algoritmos generan paisajes que nunca existieron, este fotógrafo —heredero de un abuelo que retrataba ciclismo y de unos padres que proyectaban transparencias en reuniones familiares— propone una vuelta a lo táctil, lo pausado y lo humano. Su herramienta no es la ráfaga digital, sino la madera.
Del rollo de 24 exposiciones al “open studio” mensual
—¿Cómo me inicié en la fotografía? —responde Ramón mientras la luz de la tarde entra sesgada en Plata Salada, el espacio colaborativo que junto a la maestra Ada O’Connor ha comenzado a albergar un open studio mensual para fotógrafos en Vallarta—. Desde chico. Mi abuelo hacía fotos de ciclismo, mis padres viajaban y luego hacíamos proyecciones familiares con transparencias. Ese fue mi primer contacto.
Recuerda el lujo que significaba comprar un rollo de 24 o 36 exposiciones. “Te costaba equivocarte. Por eso pensabas más la foto antes de apretar el botón. Eso lo he traído conmigo: no soy de ráfagas, soy de una foto a la vez.”
Esa pausa analógica lo llevó, hace seis años, a formalizar su pasión. Cursos, talleres y una búsqueda constante por “florecer” su mirada. Hoy, esa mirada se expone en forma de postales de madera, un fotolibro titulado El más mexicano de los destinos de playa (homenaje a Puerto Vallarta), y una serie de abstracciones de juguetes mexicanos que llamó El más mexicano de los juguetes.
—¿Por qué madera? —pregunto.
—Porque cada pieza es única. La foto puede ser la misma, pero la beta de la madera siempre es diferente. El proceso es artesanal. Y al ver una imagen sobre madera, nos evoca el sepia, la nostalgia, otra dimensión. No es lo mismo que el papel.
“Si no la imprimes, no es foto”
En medio de la conversación, Ramón lanza una frase que resume su credo: “En el argot decimos: si no la imprimes, no es foto. Puede estar en tu celular, en tu cámara, en la computadora… pero hasta que no la pones en un papel —o en la madera—, no es fotografía.”
Esa declaración no es un simple gesto de purismo. Es una respuesta directa al debate contemporáneo sobre la inteligencia artificial.
—La inteligencia artificial no hace fotos —afirma tajante—. Genera imágenes. Le das instrucciones: “Un señor con sombrilla paseando por una avenida lluviosa”, y ella te entrega eso. Pero sin interacción con la luz, sin un sensor, sin un lente. Sin ese acto físico de capturar lo que realmente está ahí.
Para Jiménez, la fotografía sigue siendo un encuentro con la luz y con el tiempo. Por eso le duele la ligereza con la que a veces se trata la imagen digital. “Si se te echa a perder un disco duro, se van todas las fotos. Es como un pensamiento que se fue. De ahí la importancia de no confiarse solo en los dispositivos y volver a tener álbumes físicos. Es como los libros: leer en una tableta no es lo mismo que pasar las páginas de un álbum.”
—Y tocar una foto vieja —agrega—, decir “esto fue, aquí estuve, esto trascendió”. Es parte de ti, de manera física.
La accesibilidad no mata el arte
Ante la pregunta de si la fotografía ha perdido su carácter artístico por su omnipresencia, Ramón sonríe y niega con la cabeza.
—No, lo que se ha ganado es accesibilidad. Hoy cualquiera puede producir imágenes. Eso es maravilloso. Pero una buena foto todavía nos detiene. En medio del pasar de pantallas, si hay una imagen poderosa, te detienes, aunque sea un segundo.
Recuerda entonces una cámara que vio recientemente: sin lente, sin sensor, solo con GPS e inteligencia artificial. “Te paras en un lugar, la cámara identifica dónde estás, la hora del día y, con base en imágenes de internet de ese sitio, te genera una foto. Puede parecerse, pero te pondrá otros carros, otro cielo. No es el lugar. Falta el ojo humano, el tiempo, el sentimiento.”
Y añade: “Hay fotos que te sacan emociones. Desde algo simpático hasta algo desgarrador. Como aquella del niño con el buitre en Sudán. Fue compuesta, pero te genera una emoción fuerte. Porque una imagen dice más que mil palabras.”
Un grito por los espacios para la fotografía en Vallarta
El open studio mensual que Jiménez impulsa junto a Ada O’Connor en Plata Salada no es un capricho, sino una necesidad.
—No hay muchos espacios para fotografía en Vallarta —reconoce—. Para pintura hay, para escultura también, pero la fotografía está un poco relegada. Y es un arte. Estos trabajos que hago —únicos, artesanales— tendrían que valorarse como tales.
Comenta que el también fotógrafo Samuel Reséndiz coincide con él: “Sufre para encontrar espacios. Por eso queremos que cada mes un fotógrafo diferente tenga la oportunidad de mostrar su trabajo, de abrir su estudio.”
La idea es simple y poderosa: recuperar la sala de exposición como lugar de encuentro, donde la imagen no se deslice en una pantalla, sino que se cuelgue, se mire de frente, se comente y, sobre todo, se toque.
Futuro analógico en tiempos virales
Al despedirme, Ramón me muestra el fotolibro de Puerto Vallarta. Sus páginas no son una galería fría, sino un mashup de afectos: el Santo —el luchador— abrazando la torre de Nuestra Señora de Guadalupe en blanco y negro, figuras de luchadores que acompañaron la infancia de generaciones enteras.
—Nadie ha hecho otro luchador con esa pose —dice—. Es la pose del Santo. Y un juguetero la adoptó para todas sus figuras, aunque fueran Batman o cualquier otro. Eso me fascina.
—¿Y qué sigue?
—Seguir imprimiendo. Seguir tocando. Y ojalá que más fotógrafos se sumen al open studio. Porque si no hay espacio, lo creamos.

