La generación ausente en el futuro de Puerto Vallarta

En dos minutos / Por: Miguel Ángel Ocaña Reyes

En Puerto Vallarta se ha insistido, con razón, en la discusión sobre la identidad de sus habitantes. Una ciudad construida por migrantes enfrenta desafíos naturales en ese sentido: hay quienes aún no la sienten propia y otros que, por distintas circunstancias, no han logrado arraigarse plenamente. Sin embargo, existe un sector cuya ausencia en la vida pública comienza a ser más notoria y preocupante: el de las nuevas generaciones empresariales.

Los empresarios que hoy superan los 65 años no solo consolidaron negocios exitosos, también contribuyeron a definir el carácter del destino. Apellidos como Cadena, Carothers, Villa, Reyes, Villanueva, Miller, Cornejo, Zambrano, Escalera, Tron, Legorreta, Vela, Rizzuto, e Igartúa, entre otros, estuvieron vinculados a una participación activa en los asuntos públicos. Opinaron, impulsaron iniciativas y, sobre todo, defendieron a Puerto Vallarta como proyecto colectivo.

Hoy, en contraste, se percibe una menor presencia de quienes están llamados a dar continuidad a ese legado. No se trata de una generalización absoluta, pero sí de una tendencia visible: empresarios en plena madurez profesional —muchos de ellos en sus cuarentas— que mantienen una participación sólida en sus empresas, pero limitada en el ámbito público y comunitario. La prioridad parece centrarse en lo individual, dejando en segundo plano el desarrollo integral del destino que sostiene sus propias actividades.

Conversaciones recientes con actores clave del sector coinciden en señalar un vacío de liderazgo en estas segundas generaciones. No es un señalamiento despectivo, sino una invitación a la reflexión: los hijos de empresarios exitosos cuentan con formación, experiencia y herramientas que podrían traducirse en una nueva etapa para Puerto Vallarta. Sin embargo, ese potencial aún no se expresa con la claridad y la visibilidad que el momento exige.

El problema no es menor. Al mantenerse al margen del debate público, estas nuevas generaciones dejan un espacio que empieza a ser ocupado por capitales golondrinos, especuladores y oportunistas: inversores que llegan, extraen beneficios y se van, sin asumir las consecuencias sociales o urbanísticas de sus proyectos. Mientras tanto, los políticos —muchos de ellos enfocados en campañas y programas sociales que no les corresponden— han descuidado los servicios públicos y llevado al municipio al borde del colapso.

Lo paradójico es que, hoy por hoy, quienes están impulsando cambios reales en Puerto Vallarta no son los herederos de grandes fortunas, sino hombres y mujeres que se forjan por sí mismos, sin respaldo dinástico. Ellos están ocupando la escena con ideas frescas, visión de futuro y, sobre todo, con un genuino sentido de pertenencia.

El reto va más allá de la competitividad turística. Se trata de asumir un compromiso público: proteger el destino, elevar su calidad urbana y social, y participar activamente en la definición de su futuro. En un contexto donde el crecimiento atrae inversiones de corto plazo —muchas veces sin arraigo ni responsabilidad social—, la participación de empresarios locales resulta fundamental para equilibrar intereses y garantizar un desarrollo sostenible.

Puerto Vallarta no puede depender únicamente de las decisiones gubernamentales. La experiencia reciente demuestra que la construcción de ciudad requiere contrapesos, propuestas y liderazgo desde la sociedad. En ese sentido, la nueva generación empresarial tiene una oportunidad —y una responsabilidad— de hacerse presente, de manera clara y pública.

El relevo generacional es inevitable. Lo deseable es que llegue acompañado de una visión renovada, comprometida no solo con la rentabilidad, sino con el bienestar colectivo. La pregunta sigue abierta, pero también lo está la posibilidad de responderla con hechos.

Esta columna busca abrir un diálogo propositivo. Se invita a los lectores a reflexionar sobre el papel de las nuevas generaciones empresariales en la vida pública de Puerto Vallarta.