Laurel Carrillo: De Jala a Vallarta, una vida forjada en el trabajo
Por: Miguel Ángel Ocaña Reyes
Científica de formación, política por convicción y vallartense por decisión. Laurel Carrillo ha construido una vida de trabajo, deporte y familia que hoy la mantiene firme ante las adversidades de la vida pública, sin perder su esencia: servir con gratitud. Creció vendiendo boletos en el cine de su padre y cargando una canasta al mercado antes de ir a la escuela. Hoy, como regidora y mujer de ciencia, Laurel Carrillo enfrenta noticias falsas y descalificaciones con la misma entereza con la que un día enfrentó la cancha de basquetbol: con la certeza de que servir es agradecer, pero nada la ha desviado de su propósito. Química, deportista, viajera y regidora, Laurel Carrillo es un testimonio de que la política puede hacerse con valores, trabajo de hormiga y una sola línea base: el servicio a la comunidad.
Miguel Ángel Ocaña Reyes
En un rincón de Puerto Vallarta, donde el bullicio del malecón se mezcla con la brisa del Pacífico, hay una mujer cuya historia se escribe con tinta de trabajo, sacrificio y amor por la comunidad. Se llama María Laurel Carrillo Ventura, pero para el puerto, es simplemente “Laurel”, una mujer cuya vida parece un manual de resiliencia y compromiso.
Para entender a Laurel, hay que volver la mirada al origen: a ese terruño donde el trabajo no era una opción, sino la única herencia.
Originaria de Jala, Nayarit, un pueblo mágico que lleva en la memoria y el corazón, Laurel es la penúltima de una prole de diez hermanos. Hija de Jesús Salvador Carrillo Nieves y Marcelina Ventura Franques, creció en una casa donde la ociosidad no tenía cabida. “Nos enseñaron desde chiquillos a trabajar”, recuerda con una sonrisa que denota orgullo. Mientras que otros niños jugaban, los pequeños Carrillo Ventura se convertían en engranajes de un pequeño imperio familiar: un cine, una tortillería, un molino, una pasteurizadora y un rancho. A los 13 años, Laurel ya era taquillera, experta en servir refrescos, en vender dulces y palomitas en el intermedio, mientras que su hermano y su abuelo recogían los boletos.
Pero la disciplina empezaba antes del amanecer. Antes de ir a la secundaria técnica, Laurel recorría el mercado con una canasta que le marcaba el brazo, para comprar la carne fresca del día. “Yo veo ahora a las niñas de la secundaria y pues no hacen eso”, comenta, sin un ápice de arrepentimiento, sino con la certeza de quien sabe que ese temple forjó su carácter.
Esa disciplina encontró otra vía de escape: la cancha. Porque antes de ser química y política, Laurel fue deportista de corazón.
El deporte fue otra de las forjas de su juventud. Canastera destacada en voleibol y basquetbol, compitió en selecciones durante la secundaria, la prepa y la universidad. Viajaba a torneos de la mano de uno de sus hermanos, la única manera en que su padre le permitía explorar el mundo. Al llegar a Vallarta, el impulso de seguir jugando chocó con la realidad del negocio y una observación paterna que, con cariño, le hizo ver que el tiempo dedicado al deporte había menguado su destreza. El trabajo, al igual que el deporte, requiere constancia.
Pero fue su padre, con la mirada puesta en el futuro, quien le trazó la ruta profesional. Y ella, aunque al principio dudó, terminaría por agradecerlo.
Fue su padre, un hombre de visión, quien le dictó el camino profesional: la química. “Estudié química porque mi papá quiso que eso estudiara. Y ahora agradezco porque me gustó mucho esa profesión”, confiesa. Tras formarse como técnica laboratorista en Ixtlán del Río y luego como química en Culiacán, Sinaloa, cumplió la promesa paterna. En 1990, su padre compró un laboratorio en Puerto Vallarta, un terreno fértil donde Laurel y su hermana sembrarían un legado de servicio. Llegaron sin conocer a nadie, pero con una ética de trabajo inquebrantable. “Fuimos de los primeros que le dimos el servicio de análisis clínicos al IMSS”, recuerda, evocando aquellos años de trabajo de 24 horas donde ella misma lavaba el material y aprendía a escribir a máquina.
La ciencia la llevó a unir a sus pares, pero pronto entendió que su verdadera vocación iba más allá del laboratorio: quería servir.
Esa pasión por la ciencia la llevó a fundar el Colegio de Químicos de Puerto Vallarta, del cual fue su primera presidenta. Con visión de futuro, organizó el primer congreso nacional de químicos en el puerto y, con los recursos recaudados, adquirió lo que hoy es la Casa del Químico. “Por eso siempre he dicho que las mujeres somos buenas administradoras, no nos gastamos el dinero”, dice con una sonrisa cómplice.
Sin embargo, su ADN de servicio trascendió los tubos de ensayo y el microscopio. Su labor social la llevó a presidir en dos ocasiones el Comité de Ciudades Hermanas Puerto Vallarta-Santa Bárbara, un puente de apoyo que ha beneficiado al puerto por más de cinco décadas. Más tarde, como presidenta de Mujeres Empresarias (AMEXE), continuó tejiendo redes de apoyo. Su hermana, su compañera de vida, llegó a decirle “ya le diste a Vallarta”, pero su hermano la defendió: “No, déjala, le gusta eso”. Y así es, Laurel disfruta sirviendo.
Esa vocación de servicio, esa gratitud con el puerto que la adoptó, sería el combustible para dar el salto más arriesgado de su vida: la política.
“Servir es agradecer”, repite como un mantra. Y su gratitud hacia Puerto Vallarta, el lugar que la adoptó hace más de 30 años, es infinita. Esa gratitud la llevó a dar el salto a la política en 2018, un terreno que, admite, “es diferente a la que yo pensaba”. Tras seis meses de dudas y con el miedo a lo desconocido como única compañía, aceptó la invitación para ser candidata. Su campaña fue “a pie”, financiada con sus propios recursos, y su mejor aval fue el cariño acumulado durante años de trabajo social. “La gente nos decía ‘las muchachas trabajadoras’”, evoca con nostalgia.
Pero la política, pronto lo descubriría, no es solo servicio. También es resistencia. Laurel ha tenido que aprender a navegar en medio de la descalificación y la mentira.
El camino en la política no ha sido sencillo. Laurel Carrillo ha enfrentado una constante embestida de descalificaciones, noticias falsas y desinformación, un precio que muchos pagan por incursionar en la vida pública. Sin embargo, ni las críticas infundadas ni los bloqueos a sus programas sociales han logrado desviarla de su propósito. Como regidora, ha mantenido su esencia: su teléfono (322 30 60 36, el mismo desde que existen los celulares) es público, y ella misma atiende a quien la busca. Su labor se divide entre la oficina, los eventos y, su mayor pasión, recorrer las colonias.
Ahí, en las calles de las comunidades más necesitadas, Laurel se siente en casa. Lleva alimentos, ropa, y gestiona desde una poda hasta la limpieza de baños públicos. Recuerda con especial cariño el programa “El Sabatón por la Salud”, donde, con apoyo de su esposo —quien preparaba los desayunos— y un ejército de voluntarios, ofrecía más de 500 servicios gratuitos cada sábado. “Nos bloqueaban para que la gente no cobrara los servicios, pero aun así damos muchos servicios”, afirma, dejando entrever la adversidad que ha sorteado con la frente en alto.
Esa fortaleza, esa manera de entender el mundo, no le nació de la noche a la mañana. Fue cultivada también en los viajes, en la mirada amplia de quien ha recorrido el mundo sin olvidar nunca sus raíces.
Su visión del mundo es amplia, forjada en viajes que iniciaron desde su juventud, cuando su papá los llevaba a nadar a las playas, hasta recorrer Europa unas cinco veces, siempre llevando a su madre, una excelente compañera de viaje, a conocer el viejo continente. Esos viajes le han dado una profunda comprensión de la cultura, tolerancia y una perspectiva global que aplica en su día a día.
Hoy, con más de dos décadas de matrimonio consolidado, una carrera como científica, una vida como deportista y un compromiso férreo con su comunidad, Laurel Carrillo no se ve en el futuro como una política de carrera. Su objetivo es claro: terminar su periodo sirviendo, “haciendo el trabajo que me fue encomendado por los ciudadanos”. Se define como una “mujer de bien”, una mujer que ha disfrutado cada etapa de su vida, desde la niñez trabajadora en Jala hasta su plenitud actual.
Porque al final, para Laurel Carrillo, la política no es un fin, sino un medio. Y la felicidad, la verdadera, sigue estando en el servicio.
“Lo importante en esta vida es ser feliz”, sentencia. Y para ella, la felicidad no está en el poder, sino en la acción de servir, en la unión de su familia —ese pilar donde sus hermanos han sido “todo”—, y en la certeza de que la palabra empeñada se cumple. En un mundo político a menudo polarizado y lleno de ruido, María Laurel Carrillo Ventura sigue siendo esa muchacha de Jala que, con una canasta al hombro y el microscopio como aliado, encontró en Puerto Vallarta el lugar para hacer de su vida un testimonio de trabajo, valores y amor por los demás.

