La vida y la muerte desde un punto de vista médico muy particular

Medicina Familiar / Marco Antonio Inda Caro / Médico de Familia

Las circunstancias personales influyen en la manera en que cada individuo percibe la vida y la muerte. Nuestro cuerpo es una maravilla, una creación perfecta con un sistema electrónico sumamente potente, una técnica de bombeo y drenado excepcional, un procesamiento de emociones y pensamientos asombroso, un aparato locomotor de última generación y una capa externa compuesta por millones y millones de células. Pero, ¿cómo encontramos el verdadero camino de la vida hacia la muerte? Lo único seguro es que todos moriremos. Lo que no entendemos es que antes de la muerte existe una etapa de preparación, una transición hacia lo desconocido.

Esta antesala está marcada por el desgaste físico, los excesos sin límites y la falsa creencia de que nuestro cuerpo puede soportarlo todo. Todos quisiéramos partir de este mundo íntegros, sin dolor ni sufrimiento, pero lo que muchos no comprenden es que nuestro cuerpo cambia con el tiempo. El Dr. Aldo Curiel lo expresa con claridad: “¿Cuándo van a entender los pacientes diabéticos que, si no cenan, amanecerán mal?”. Desde esta analogía, un buen médico, además de tratar enfermedades, es capaz de identificar su inicio en múltiples pacientes.

A menudo, nosotros mismos aceleramos el final. Un sacerdote explicó que la razón por la cual no se entierra al difunto con la cruz dentro del ataúd es porque ya no tiene por qué cargarla; al morir, mueren también nuestros compromisos y cargas terrenales en el camino al paraíso. “No es el peso de la cruz lo que te abruma en vida, sino lo que piensas respecto a ella”. La manera en que valoramos nuestro cuerpo es crucial. Insistir en advertencias sobre hábitos perjudiciales que pueden llevarnos a la tumba no siempre es suficiente, hasta que la realidad golpea con fuerza. “Después de que sufrió un infarto al corazón, fue cuando cambió”, dicen de aquellos que transforman su estilo de vida tras una experiencia cercana a la muerte.

Ejemplos de esta antesala de la muerte existen y hoy en día hay muchos candidatos. ¿Quiénes? Cualquier persona con una enfermedad crónica sin vacunación contra el COVID-19. El riesgo se incrementa en hombres y mujeres mayores de 40 años, cuando el cuerpo inicia un proceso de degeneración física con disminución de las defensas naturales.

Casos reales:

Mauricio, alcohólico y fumador, pasaba los fines de semana entre el alcohol y el tabaco. Con solo 38 años, sufrió su primer infarto. Su estilo de vida lo llevó a perder su empleo, su familia y su salud. Tras el infarto, su esperanza de vida se redujo entre 10 y 15 años.

Un caddie de golf acudió al consultorio con síntomas evidentes de enfermedad hepática: nariz roja, abdomen inflamado, atrofia muscular y antecedentes de sangrado digestivo. Presumía que un cliente extranjero le daba propinas en dólares y que llevaba más de 20 años bebiendo dos cervezas grandes al día. Incapacitado para trabajar, esperaba completar semanas cotizadas para una pensión mínima, pero no alcanzó a recibirla. A los 50 años murió ahogado en su propio vómito sanguinolento.

Así existen miles de historias de finales trágicos causados por decisiones aparentemente irrelevantes. Al final, la felicidad es individual y no colectiva. Como dice el refrán: “El muerto al pozo y el vivo al gozo”. Nosotros somos los fugaces, no las estrellas.