Pródiga tierra
La ciudad imaginada / Dr. José Alfonso Baños Francia
Yáñez intuye que el turismo sería un motor de desarrollo y prosperidad, pero también de corrosión para las comunidades de acogida
Agustín Yáñez escribió “La tierra pródiga” entre 1958 y 1960, cuando despachaba como gobernador de Jalisco. Llama la atención que, en aquellos años, un literato pudiera desempeñar con eficacia ambas tareas, la de escribir y gobernar una entidad federativa tan compleja como la nuestra. Por su obra, es considerado uno de los más grandes expositores de la novela posterior a la Revolución y precursor de la literatura mexicana moderna.
Por lo que respecta al libro, la atmósfera se sitúa en la costa de Jalisco, desde Cabo Corrientes hasta Barra de Navidad, así como en poblaciones del interior, pero en relación con el litoral como son Villa Purificación y Autlán.
El conocimiento de Yáñez en la región, se basaba en su participación en el esfuerzo nacional conocido como La Marcha al Mar, para desarrollar las potencialidades del litoral impulsadas por el presidente Ruíz Cortines. Con el objetivo de implementar dicha política en Jalisco, fue creada la Comisión de Planeación de la Costa entre 1953 y 1959, valorizando los recursos del litoral y cuyo director fue el célebre José Rogelio Álvarez Encarnación.
El personaje principal de la trama es Ricardo Guerra Victoria, mejor conocido como el Amarillo, nacido en Los Altos, pero avecindado en Villa Purificación, y quien va acrecentando su poder, a tal grado de convertirse en el hombre fuerte, en quien decide sobre el destino y la vida de sus vecinos. El Amarillo visualiza el desarrollo de la costa y en dicho esfuerzo, entra en disputa con Sotero Castillo, oriundo de esos parajes, llevando la rivalidad a la esfera familiar particularmente cuando Gertrudis, la joven hija de Castillo se fuga con el Amarillo.
Uno de los atributos de la historia es la descripción tan atinada de los rasgos de personalidad de un cacique, en esa mezcla entre bondad y tiranía que han ejercido personajes que nos suenan conocidos. Para asegurar el control y salirse con la suya, los caciques emplean medios que fluctúan entre premios y castigos, zanahoria o garrote según convenga a sus intereses. Además, muestran poca empatía con las necesidades de los demás, incluyendo a integrantes de su propia familia.
También destaca la gran capacidad narrativa de Yáñez al relatar la belleza de la costa jalisciense, recurriendo al profundo conocimiento que tenía de la lengua castellana, así como de la mentalidad del habitante de la región en aquellos tiempos, logrando pincelazos poéticos en el relato del paisaje que comparte.
Como buena obra clásica, se anticipa al tiempo al poner de manifiesto el destino de lo que sería el “desarrollo” de la Costalegre, un espacio maravilloso pero disfrutado por pocos personajes que han consolidado su presencia y poderío obteniendo ventaja de los recursos territoriales, naturales y sociales, e incrementando la desigualdad en una tierra que es pródiga pero mal gobernada. De paso, y sin mencionar a Puerto Vallarta, Yáñez intuye que el turismo sería un motor de desarrollo y prosperidad, pero también de corrosión para las comunidades de acogida.
