Vida sexual y parentalidad

Educación y parentalidad / Por: Dr. Jesús Cabral Araiza

Las condiciones previas de la pareja son la base de la salud o la enfermedad mental de un hijo.
Educación y parentalidad Dr. Jesús Cabral Araiza

Estimado lector, permítame aprovechar esta oportunidad para reflexionar y plantear algunos puntos de orientación respecto a la vida sexual de los padres desde que tienen hijos, desde la etapa de bebés hasta edades más avanzadas.

La vida de los padres se transforma con la llegada de un nuevo ser, algo que quienes tenemos la fortuna de ser padres sabemos de antemano. Sin embargo, esto no implica que la transformación deba ser negativa, ni que debamos renunciar a las actividades que disfrutábamos solos o en pareja. Lo que quizás sí tendremos que hacer es adaptarnos a las nuevas circunstancias, asumiendo que las condiciones ya no son las mismas que antes.

En primer lugar, debemos comprender las etapas de la crianza. Hablemos de la llegada del nuevo ser. Tomando en cuenta que el período “oficial” desde el punto de vista médico y emocional es de 40 días después del parto, muchos hombres, principalmente, piensan que ya pueden retomar las relaciones coitales como antes. Pero la realidad es que no es así; el estado físico y emocional de la mujer recién parida es incierto incluso para ella misma. No se puede prever si habrá complicaciones orgánicas o emocionales; es algo que se irá dilucidando con el paso de los días. Nadie puede saber cómo se sentirá integralmente. El propio embarazo ha transformado a la mujer en alguien distinto; su psiquismo ahora le exige atender a una vida que antes no existía, una exigencia que no solo responde a presiones sociales o de la pareja, sino también a sus propios deseos.

Los padres, por su parte, aunque puedan estar esperando el momento para ejercer sus necesidades sexuales, deben entender que esto no ocurre por decreto ni de manera automática. Independientemente de esos 40 días, la mujer necesita sentirse segura y confiada respecto a lo que desea hacer.

Por otro lado, el padre también cumple una función muy importante con la llegada de su hijo, pues le corresponde un doble papel: separador y dinamizador. Es decir, será saludable que, así como la madre se embelesa con su hijo, el padre participe de ello o incluso lleve a la madre fuera de ese entorno. Por ejemplo, procurando que el niño duerma en su propio espacio después de los 40 días de nacido.

Y dinamizador, en el sentido de poder liberar a la madre de la presión permanente que implica el cuidado de un recién nacido, sin que esto signifique que ella deje de ejercer sus funciones maternas. Hablamos aquí de que el padre sea un apoyo, colaborando en tareas que en otros tiempos se asignaban exclusivamente a la madre por machismo, como cambiar pañales, bañar al bebé, alimentarlo, cargarlo o jugar cariñosamente con él.

De esta manera, la madre sentirá un verdadero apoyo de su compañero, y el tiempo para que ella desee realmente intimar con su pareja será más breve. Recordemos que las presiones de la maternidad y la multiplicidad de tareas generan estrés, y eso no es una condición favorable para desear una vida sexual más activa.

Cabe añadir que, si las bases de la relación de pareja son sólidas, ambos padres entenderán que es posible organizar los momentos para todo, y no utilizarán la vida sexual como pretexto, forma de presión o chantaje para negociar. Eso degrada la vida de los padres y envía mensajes erróneos al nuevo ser sobre su propia razón de existir.

Las condiciones previas de la pareja son la base de la salud o la enfermedad mental de un hijo. Vale la pena considerarlo tanto al elegir a la pareja como al planificar la llegada de los hijos.