La vivienda

La ciudad imaginada / Por; Dr. José Alfonso Baños Francia

Si bien el urbanismo social no ha sido una "varita mágica" para la solución de la violencia, sí ha operado como un catalizador.

Puerto Vallarta, Jalisco.-

Tras los violentos sucesos acontecidos en los últimos días en México, Jalisco y en especial en Puerto Vallarta, podemos sugerir un camino de reducción de la delincuencia desde el urbanismo.

Un caso emblemático fue forjado en Medellín, Colombia, que pasó de ser la “capital mundial del crimen” a finales del siglo XX a un referente global de buenas prácticas gracias al modelo del “Urbanismo Social”, cuyo objetivo es poderoso: llevar las mejores y más bellas infraestructuras a los barrios más olvidados.

Para ello se desarrollaron proyectos encaminados a dignificar el espacio urbano mediante la edificación de hitos arquitectónicos (como los Parques Biblioteca) en zonas históricamente marginadas. Otro punto recayó en mejorar la movilidad y conectividad, utilizando un medio que no había sido probado para uso masivo: el teleférico. De esta manera, la puesta en operación del Metrocable aunado a la provisión de escaleras eléctricas gratuitas en sitios con fuertes pendientes, permitieron integrar barrios periféricos con el centro económico. Finalmente, apostaron por mejorar la educación en general y promover la participación ciudadana, reduciendo el férreo control gubernamental y animando el empoderamiento de la comunidad que es quien decide y cuida las obras.

Al revisar el modelo, emergen aspectos positivos como el fortalecimiento del orgullo cívico, la recuperación del sentido de pertenencia, la reducción drástica en tiempos de traslado en el transporte y la presencia policial en barrios donde antes mandaban las bandas. Pero como toda obra humana, también hay tensiones reflejadas en modalidades de gentrificación debido al aumento de precios en los alquileres que desplaza a residentes originales, el deterioro en algunas obras por falta de presupuesto para el mantenimiento a largo plazo, así como críticas por priorizar la estética sobre problemas profundos como la desigualdad y el hambre.

Si bien el urbanismo social no ha sido una “varita mágica” para la solución de la violencia, sí ha operado como un catalizador. Al abrir calles y mejorar la iluminación, se eliminaron fronteras invisibles, disminuyendo la tasa de homicidios que cayó de 380 por cada 100,000 habitantes en 1991 a cifras significativamente menores. Aunque los pactos entre bandas también influyeron, el proceso apoyó a que los jóvenes dejaran las esquinas para llevarlos a las bibliotecas.

En México, el gobierno federal emuló el modelo de Medellín con la puesta en operación del Programa de Mejoramiento Urbano (PMU), coordinado por la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (SEDATU) con el objetivo de saldar la deuda histórica con las periferias de nuestro país bajo la premisa de que el espacio público debe ser de mayor calidad.

En Puerto Vallarta, el PMU favoreció el mejoramiento de La Lija, edificando el auditorio y otros equipamientos, tarea que se extendió a la zona de Volcanes con la habilitación de una serie de canchas deportivas de buena calidad.

El mejoramiento del tejido social, tan necesario en estos tiempos, pasa por dignificar los espacios que habitamos. La tarea constituye un gran reto, pero contamos con el talento humano y material para alcanzarlo.