Interinato

Consejos de una bisabuelita moderna / Por un México mejor

Amigos, ustedes señalan el más allá como algo horroroso y dicen que es un tema que no les gusta tocar, ya que el destino que se le da al cuerpo de un ser querido los enferma. Al percibir vuestro sufrimiento, no pude dormir pensando en su angustia.

La verdadera esencia del ser humano es el verdadero “YO”; es la que se esconde dentro de lo que los hombres de ciencia denominan “cuerpo”, eso que tiene un valor incalculable, sin importar la edad ni la complexión.

Al hablar de esencia, me refiero a su naturaleza independiente de su existencia. Cuando digo que no tienen edad, es porque en sus conversaciones se transforman desde unos chiquillos hermosos, llenos de anécdotas, hasta seres adultos con una cultura admirable; y sobre la complexión, algunas veces son grandiosos, fuertes y llenos de energía, y otras, frágiles e indefensos.

En pocas palabras, amo el alma de los seres humanos, la cual es única e inigualable, ya que para mí es lo que en realidad vale de todos los habitantes de este enigmático planeta.

El ser humano, en su travesía por este mundo agitado, se encuentra tan absorto en la lucha por su existencia que ha olvidado su verdadera esencia; como consecuencia, se ha materializado tanto que da una importancia inmerecida a cuanta cosa cruza por su camino.

Llega a aferrarse tanto a las cosas materiales que, cuando las pierde, su mente bloqueada no logra comprender la realidad del porqué y, en ocasiones, ante lo inevitable, llega a enfermar o autodestruirse, en lugar de dar gracias a Dios por tanto amor demostrado a lo largo de nuestras vidas.

Erróneamente se dice que el hombre surge de la nada. ¿Cómo es posible que de la unión de un espermio con un óvulo nazca un ser humano? La respuesta es muy simple: ¡nuestra existencia proviene de un soplo divino! Sin embargo, los ateos se enorgullecen al negarlo, pero caen en un círculo vicioso, porque ¿cómo es posible que nieguen algo que no existe? He conocido ateos que, a la hora del peligro, alzan sus ojos al cielo implorando clemencia. Por lo tanto, ¡todos somos parte del mismo Dios!

Cuando se pierde un ser amado, en lugar de lamentarnos o exigir al Ser Supremo una respuesta del porqué, o renegar de la mala suerte, es mejor decir: ¡Gracias, Dios mío, ¡por haberme regalado “X” años de felicidad al lado de… sin merecerlo! Cuando vine al mundo desnudo(a) y con las manos vacías, Tú me cobijaste y me llenaste de privilegios inmerecidos. Estoy consciente de que todo Tú me lo prestas y nada me pertenece, aunque a veces pretendo olvidarlo, porque si yo fuera dueño(a) de mi propio cuerpo, simplemente le ordenaría: “¡No envejezcas y no fallezcas!”. Pero no es así. Con tu magnificencia me lo recuerdas y me pones pruebas para que no me materialice y te olvide.

Por lo tanto, no sufran por el vestido de las almas de sus seres amados, porque cualquiera que sea la forma en que se fueron, ¡han regresado a Dios! Y los designios de Dios distan mucho del pensamiento negativo de los humanos. Recuerden que los panteones solo son basureros, porque sus seres amados ¡ya están con Dios!

Para mis ángeles del “Grupo Canica”.

Cariñosamente,

su Bisabuelita Ana I.