Grupo Azteca la Danza del pueblo y el legado de Pedro Curiel

Por: Miguel Ángel Reyes

Cuando Pedro toma el tambor, su presencia convoca. Los danzantes se alinean, el ritmo se eleva, y la tradición revive.

En Puerto Vallarta, cada diciembre tiene un pulso distinto. El corazón del pueblo late al ritmo de los tambores y los pasos que se rinden ante la Virgen de Guadalupe. Durante el docenario, más de 180 mil personas se congregan para expresar su fe, pero hay un sonido que atraviesa generaciones: el de la Danza Azteca, la Danza del Pueblo. Esta manifestación, colorida y ancestral, fue fundada en 1940 por Roberto “Beto” Franco Urrutia, un vallartense entregado por completo a su Virgen y a su comunidad.

Hoy, 84 años después, la tradición continúa viva gracias a Pedro Curiel López, quien ha dedicado 27 años a este legado, 15 de ellos como director. Su vida —y la de los más de 40 danzantes que lo acompañan cada año— es testimonio del poder de la fe y de la fortaleza cultural que distingue a este grupo, considerado ya un símbolo de las fiestas guadalupanas y Patrimonio Cultural del Estado de Jalisco.

Un origen humilde, un propósito eterno

La Danza del Pueblo nació de un acto de gratitud. Beto Franco la creó para agradecer bendiciones y milagros concedidos por la Virgen. Su vida entera estuvo ligada al altar guadalupano y a los festivales escolares donde compartía el folklor mexicano. Lo movía una devoción profunda y un deseo claro: honrar a la Virgen bailando.

Desde entonces, cada generación ha encontrado su lugar en esta tradición. Hay documentos y cartas fechadas desde 1940 que confirman su antigüedad. Familias enteras han pasado por la danza; algunas, como la de Manuel —hoy aprendiz de tamborero— ya suman cuatro generaciones entregadas al mismo llamado.

La disciplina que forma y transforma

El camino del danzante, explica Pedro, exige constancia, pero sobre todo voluntad. En dos meses de ensayos se forma el ritmo interior que sostiene los doce días de peregrinaciones. Al inicio, algunos llegan tímidos, inseguros, incluso temerosos del cansancio. Pero una vez que la música los envuelve, la vergüenza desaparece y llega el orgullo: ser parte de algo más grande que uno mismo.

Ese compromiso no termina el 12 de diciembre. El grupo danza durante todo el año, en pueblos, parroquias y colonias que solicitan su presencia. Así lo pidió el fundador: la danza debe estar al servicio de la fe, sin importar físico, edad o condición. En este grupo, dice Pedro con convicción, “cabe todo el mundo que quiera agradecer a Dios”.

Milagros grabados en la memoria

Aunque Pedro ha vivido innumerables momentos significativos, hay uno que lo marcó para siempre. Hace doce años, una mujer llegó tres días antes de iniciar el docenario con una petición urgente: quería danzar. No explicó por qué, sólo pidió la oportunidad. El grupo la acogió.

Ella se comprometió a bailar todo un año “a raíz”, sin descanso, y así lo hizo. Resistió calor, peregrinaciones y jornadas completas. El 12 de diciembre, justo al terminar la última peregrinación, recibió una llamada. Su hijo, que había caído desde un segundo piso y había sido desahuciado, había abierto los ojos y preguntado por su mamá.

Pedro recuerda la escena con la voz entrecortada:
“Ella entró llorando a la iglesia y me dijo: ‘Se me hizo el milagro’. Ese día entendí lo grande que es la fe, lo grande que es Dios y lo grande que es la Virgen.”

Resiliencia ante el paso del tiempo

A pesar de los cambios en la ciudad, la danza mantiene su esencia. El grupo ha tenido que adaptarse, incluso mudarse de espacios de ensayo por molestias de algunos residentes nuevos. Pero la comunidad vallartense —y los propios turistas— han brindado apoyo para que la tradición permanezca.

Hoy ensayan en la isla del Río Cuale, el mismo sitio donde, desde octubre, comienzan a preparar su vestuario. Cada traje, cada cascabel y cada penacho es elaborado por sus propias manos. Es un proceso de dos meses que reafirma identidad y raíces.

Un legado que sigue caminando

Cuando Pedro toma el tambor, su presencia convoca. Los danzantes se alinean, el ritmo se eleva, y la tradición revive. Este año son 47 bailarines los que participarán en 50 peregrinaciones, llevando consigo el espíritu de Beto Franco y la fuerza de un pueblo que no olvida su historia.

El Grupo Azteca, la Danza del Pueblo, no es sólo un número más en las festividades guadalupanas. Es memoria viva, herencia colectiva y un símbolo que recuerda que, mientras haya quien dance, la fe de Vallarta seguirá latiendo.