El tío Antonio
Aventuras de un pintor / Por: Federico León de la Vega
En esta ocasión les voy a contar la historia verídica de mi tío Antonio.
Resulta que, cuando mi padre perdió a su padre, la familia se quedó sin su principal sustento. Poco tiempo después comenzaron a llegar cartas. Ellos vivían por la colonia Guadalupe Inn —para quienes conocen el DF—, en una casita pequeña pero muy digna; todo estaba siempre en orden.
Las cartas eran preciosas y venían desde Andalucía, de un pueblo llamado Fuentes, de donde había salido el abuelo. Eran cartas muy bien redactadas, en las que Antonio contaba su intención de “hacer la América”, de cumplir su sueño de venir al continente y prosperar.
Fueron tantas las cartas, y tan emotivas, que mi padre, mi abuela y mis tíos decidieron enviarle dinero para que pudiera llegar a Veracruz. En aquel tiempo no había aviones, y él no tenía pasaporte ni nada, así que tuvieron que otorgar una fianza. Finalmente, lo conocieron.
Se bajó del barco un andaluz muy blanco, de cabello negro, bajito y con cuerpo de torero. Les cayó muy bien. Lo llevaron a vivir a casa, y todos los días se le veía leyendo el periódico. La familia estaba encantada, pensaban: “Bueno, se está informando, está viendo cómo son las cosas aquí y qué oportunidades hay”. Pero pasaba el tiempo y nada: el tío Antonio no salía con ninguna idea. No le llegaba el agua al tinaco.
Entonces empezaron a sugerirle cosas. Le dijeron:
—Mira, Antonio, una persona bien parecida como tú puede vender joyería de casa en casa. Es un negocio seguro, conoces a la gente, puedes ahorrar y, con el tiempo, abrir tu propio local. Esa será tu primera joyería; luego pondrás otra y te irás para arriba.
Él se quedaba pensando y decía:
—Pues sí, sí, tenéis razón, pero hay que hacerlo, hay que hacerlo.
Pasó un tiempo y le trajeron otra idea: le contaron que en la ciudad de Puebla estaban instalando muchos telares industriales españoles, y que seguramente buscarían a alguien de allá, con quien se identificaran por el idioma y la manera de pensar.
Antonio los escuchaba y respondía:
—Sí, sí, es buena idea, es buena idea. Dejadme pensarlo un poco.
Pero el tiempo seguía pasando y él no reaccionaba. Hasta que, después de unos meses, de plano le dijeron:
—Oye, Antonio, nosotros somos una familia que se ha visto afectada por la muerte de mi padre, y no tenemos ingresos suficientes como para mantener a alguien que no contribuya a la casa. Te queremos mucho, pero tienes que buscar algo que hacer.
Entonces el tío Antonio les contestó:
—Tenéis razón. Dadme un dinerillo cualquiera y una semana, y regreso con noticias.
Y sí, se fue. Dos semanas después regresó… con las invitaciones de su boda con la hija del gobernador de Tlaxcala. No era una mujer especialmente agraciada, pero era hija del gobernador. Éste, como dote, les regaló un hotel en la plaza central, y ahí vivió el resto de sus días el tío Antonio, jugando dominó con sus amigos: la gente más influyente de Tlaxcala.
En una ocasión le preguntaron:
—Oye, ¿y esas cartas tan hermosas que nos mandabas, con una caligrafía divina? ¿Cómo las hiciste? Nos impresionaron muchísimo.
Y él respondió:
—Ah, no, bueno… yo había contratado a un escribano.
Así que, para aquellos que duden del valor de la buena caligrafía y de escribir a mano: abren muchas puertas.
En fin, ahí les dejo esa historia.
Muchas gracias.

