El arte que respira en el suelo: Marco Antonio Tenorio y su libertad

Por: Ángel Reyes

Puerto Vallarta, Jalisco.-

En medio del ir y venir de visitantes en la Plaza de Armas, durante la XVIII edición del Festival Madonnari, hay una escena que invita a detenerse. Arrodillado sobre el pavimento, concentrado y ajeno al bullicio, Marco Antonio Tenorio transforma el gris del suelo en una ventana hacia la cosmogonía mesoamericana.

Arquitecto de profesión y artista por vocación, Marco Antonio lleva más de dos décadas viviendo en Vallarta, pero su relación con el dibujo comenzó mucho antes, cuando era niño en Michoacán. Hoy, el Festival Madonnari se ha convertido en ese espacio anual donde retoma el gis, se desconecta de planos y construcciones, y vuelve a lo esencial: crear.

“Es mi quinta participación”, comenta con una sonrisa mientras perfila los detalles de su obra. Este año, su pieza destaca por una poderosa reinterpretación inspirada en La Creación de Adán, pero con identidad mexicana. En su versión, la figura divina es Quetzalcóatl, y la mano que busca alcanzarlo representa el deseo humano de trascender. La obra habla de origen, libertad y conexión, pero también de identidad cultural.

Más allá de la técnica, lo que define a Marco Antonio es su manera de entender el arte: no como competencia, sino como crecimiento personal. Aunque domina técnicas como óleo, acuarela y pastel, elige el gis sobre el asfalto por lo que representa: un arte vivo, efímero y libre.

“El arte me ha dado libertad de expresión”, afirma. Y esa libertad se nota en cada trazo.

Durante el festival, turistas y locales se detienen a observar su obra, toman fotografías y comentan en voz baja. Él sonríe, agradece y continúa. Sabe que, tarde o temprano, el tiempo borrará el dibujo. Pero eso no importa. Lo que permanece es el momento, la emoción y el mensaje.

Mientras tanto, Marco Antonio sigue soñando. Tal vez algún día tenga su propia galería. Por ahora, le basta con este lienzo abierto, con la posibilidad de inspirar a otros y con la certeza de que, aunque el gis desaparezca, el arte —el verdadero— nunca muere.