sábado 19, septiembre , 2026
Publicidad
Inicio Educación Artículos

¿Qué sabes tú de la vida de los demás?

Aprendiendo a ser feliz / Por: Hania Sosa / Psicóloga

Desperdiciamos mucha energía y perdemos mucho tiempo atorados en el famoso “qué dirán”.

Debido a distintas conversaciones que he tenido en los últimos días, tanto con familiares como con amigos y pacientes, me quedé reflexionando acerca de la cantidad de energía que desperdiciamos haciendo suposiciones, conjeturas, sacando conclusiones y, lo que es peor, transmitiendo esa información a otras personas sin tener jamás la certeza de que aquello que estamos pensando y compartiendo sea cierto.

A consecuencia de ello, también desperdiciamos mucha energía y perdemos mucho tiempo atorados en el famoso “qué dirán”.

Nos enfrascamos en el miedo a los juicios que otras personas puedan hacer acerca de lo que nosotros hacemos y, con frecuencia, nos privamos de vivir una vida más tranquila y más alineada con quienes verdaderamente somos, sólo por estar preocupados por lo que otras personas puedan pensar o decir.

A veces no sólo dejamos de hacer cosas que nos gustan y disfrutamos, sino que también evitamos poner límites saludables porque nos preocupa que la otra persona modifique el concepto que tiene de nosotros.

Por nuestra mente pueden pasar pensamientos como: “Va a pensar que soy sangrón(a)”. “Va a creer que no me cae bien”. “Si hago o digo eso, me va a dejar de querer”.

Y yo me pregunto: ¿por qué o para qué querría conservar en mi vida a una persona que no respeta mi verdadera forma de ser?

Sin embargo, nos la pasamos llenos de angustia y preocupación alrededor de estos cuestionamientos y, poco a poco, nos vamos encogiendo. Nos limitamos a nosotros mismos para no incomodar, no decepcionar, no provocar juicios o no modificar la imagen que alguien más tiene de nosotros.

Quizás sería mucho más sano hacer lo contrario: en lugar de ir reduciéndonos para caber en la vida de los demás, comenzar a limitar la cantidad de personas que queremos conservar cerca, dejando espacio únicamente para aquellas que puedan relacionarse con quienes realmente somos.

Obviamente, no me refiero a comportarnos de manera hiriente, egoísta o desconsiderada con los demás. Eso es un tema completamente distinto.

Se nos suele decir con mucha frecuencia que debemos aprender a ponernos en los zapatos de los demás. Crecemos escuchando frases como: “No hagas eso porque se va a sentir mal”. “Eso no se pregunta porque se puede molestar”. “Mira, están viendo cómo lloras”. “No hagas tal cosa porque ¿qué van a decir los demás?”. De esta manera, vamos creciendo con una atención excesiva hacia lo que, en teoría, otras personas podrían estar observando, pensando o sintiendo, y muy pocas veces nos detenemos a observar qué es lo que nosotros estamos pensando y sintiendo al respecto.

Se nos ha olvidado que, antes de aprender a ponernos en los zapatos de los demás, necesitamos aprender a usar los propios.

La realidad es que sabemos muy poco acerca de la vida de otras personas.

Incluso cuando alguien nos comparte directamente lo que está viviendo, jamás podremos saber exactamente cómo es estar en sus zapatos. Podemos escuchar, acompañar, intentar comprender y desarrollar empatía, pero siempre habrá una parte de su experiencia que sólo le pertenece a esa persona. Lo demás son suposiciones.

Además, todos traemos arrastrando paradigmas acerca de cómo “se supone” que debería comportarse la gente: cómo debería ser una pareja, qué debería hacer una mujer o un hombre, qué está bien o mal a determinada edad, qué cosas son aceptables y cuáles no. Pero muchos de esos paradigmas están quedando obsoletos.

Las nuevas generaciones, y también quienes no pertenecemos a ellas, pero estamos dispuestos a flexibilizarnos y cuestionar nuestras propias creencias, estamos comenzando a relacionarnos de maneras que muchas veces no encajan con las formas en las que fuimos criados. Y eso no necesariamente significa que estén mal. Significa que son diferentes.

Por eso, antes de sacar conclusiones acerca de lo que otra persona hace, podríamos detenernos unos segundos y preguntarnos: ¿Qué sé yo de su vida? ¿Puedo asegurar que lo que estoy pensando es cierto? ¿Qué sé yo de su filosofía de vida? ¿Qué sé yo de sus acuerdos como pareja? ¿Qué sé yo de sus gustos, sus necesidades o sus circunstancias?

Probablemente muy poco.

Y quizá podríamos vivir de una manera mucho más ligera si dejáramos de prestar tanta atención a lo que los demás hacen con sus vidas y comenzáramos a ocuparnos un poco más de lo que estamos haciendo con la nuestra. Porque mientras estamos ocupados intentando descifrar, juzgar o anticipar la vida de los demás, podemos estar dejando de vivir la propia.