Cuando la lucha por el respeto se convierte en polarización

Por: Hania Sosa / Psicóloga

La lucha por el respeto hacia las mujeres no requiere deshumanizar a los hombres.

Cada 8 de marzo recordamos la importancia de seguir avanzando hacia una sociedad más justa para las mujeres. Es una fecha que honra la historia de quienes lucharon por derechos fundamentales y que también nos invita a reflexionar sobre los desafíos actuales en las relaciones entre hombres y mujeres.

En las últimas décadas, muchos cambios han sido profundamente positivos. Hoy existe mayor conciencia sobre la violencia de género, el acoso y las desigualdades que durante mucho tiempo fueron minimizadas o normalizadas. Nombrar estas problemáticas ha permitido visibilizar experiencias que antes permanecían en silencio y abrir caminos hacia relaciones más sanas y respetuosas.

Sin embargo, como suele ocurrir con muchos movimientos sociales, también estamos empezando a observar algunos efectos de polarización.

En la búsqueda legítima de proteger a las mujeres, en algunos espacios se está generando una narrativa donde cualquier comportamiento masculino puede ser rápidamente interpretado como control, acoso o violencia. Esto no significa negar la existencia real y grave de estas problemáticas. Significa reconocer que cuando los discursos se radicalizan, pueden comenzar a generar miedo, desconfianza y distancia entre hombres y mujeres.

Cada vez es más común escuchar a hombres jóvenes expresar temor de acercarse a una mujer, de iniciar una conversación o incluso de mostrar interés afectivo por miedo a ser malinterpretados. Algunos relatan sentirse inseguros sobre qué conductas son apropiadas o no, y prefieren evitar cualquier interacción que pueda interpretarse de forma negativa.

Al mismo tiempo, también existen hombres que experimentan violencia psicológica, humillación o manipulación dentro de sus relaciones, situaciones que pocas veces encuentran espacios seguros para ser nombradas. Cuando el discurso público se construye de manera unilateral, estas experiencias quedan invisibilizadas.

El resultado de esta dinámica no solo impacta a individuos, sino también a la manera en que nos vinculamos como sociedad. Diversos estudios muestran un aumento significativo en la cantidad de personas que permanecen solteras o que evitan comprometerse afectivamente. Parte de este fenómeno tiene que ver con cambios culturales y estilos de vida, pero también con un creciente clima de desconfianza entre los géneros.

Las relaciones humanas florecen cuando existe apertura, curiosidad y buena fe entre las personas. Si hombres y mujeres comienzan a verse mutuamente como potenciales agresores o como amenazas, el espacio para el encuentro se reduce.

Quizá una de las reflexiones más importantes en este Día Internacional de la Mujer es recordar que el objetivo de la igualdad nunca fue sustituir un extremo por otro.

La lucha por el respeto hacia las mujeres no requiere deshumanizar a los hombres. Tampoco implica negar que ambos géneros pueden lastimarse mutuamente o que ambos necesitan espacios de escucha y responsabilidad emocional.

Construir relaciones sanas implica algo más complejo que simplemente señalar culpables: requiere diálogo, empatía y la capacidad de reconocer matices.

Porque una sociedad más justa para las mujeres también debería ser una sociedad donde hombres y mujeres puedan encontrarse sin miedo, con respeto mutuo y con la posibilidad real de construir vínculos sanos.