Vivir en la verdad

Red Interna / Por: Humberto Famanía Ortega

Ser auténtico significa ser uno mismo, ser sincero, reconocerse como una unidad, ser transparente, coherente en el modo de ser y obrar

Vivimos en una simulación, como en un gran teatro donde cada quien representa uno o varios papeles. Nosotros mismos somos nuestro obstáculo, porque para ser auténticos necesitamos conocernos, pero sobre todo aceptarnos y luchar sin miedo para vivir como realmente somos.

Muchas veces tememos a la crítica y queremos reflejar la imagen que nuestros padres, la comunidad y los demás esperan de nosotros. Ser auténtico no es fácil, porque existen obstáculos que debemos vencer, como la mentira, que impide que otros confíen en nosotros.

Cuando hay falta de credibilidad, incluso las verdades se convierten en dudas. Casi siempre somos mentirosos o hipócritas por miedo a no proyectar la imagen falsa que deseamos, seguros de que no seremos aceptados tal como somos. Pasamos toda la vida tratando de cumplir con una vocación que no es realmente la nuestra, cuidando una imagen que no nos refleja, sino que distorsiona nuestra personalidad verdadera, auténtica y real.

De lo anterior, podemos deducir el siguiente concepto, que considero fundamental para conducirnos en esta sociedad tan pujante y dinámica:

Ser auténtico significa ser uno mismo, ser sincero, reconocerse como una unidad, ser transparente, coherente en el modo de ser y obrar, tomando en cuenta que la autenticidad no admite dobleces ni hipocresía. Es la sinceridad como aceptación, con naturalidad y verdad.

Bajo esta autenticidad, comunicamos el testimonio sencillo de nuestra propia vida y demostramos que vivimos en la verdad. Por eso, debemos ser fieles a nuestra identidad y actuar con integridad. Como dice el autor, hay que obrar cuando se está solo como si nos vieran todos, y cuando se está a la vista de todos, como si se estuviera solo.

Constantemente hablamos de cambio, sin lograr profundizar en un análisis consciente que nos permita autoevaluar nuestra conducta. El cambio supone una conversión constante, una transformación, un mejoramiento para que la autenticidad sea la expresión de la fidelidad con uno mismo y con los demás.

Los que somos creyentes —y lo digo con todo respeto hacia los lectores que me honran al leer mis colaboraciones— sabemos que Dios exige una sinceridad total. Ante Él, las máscaras caen, las apariencias no sirven de nada, y nos pide que dejemos atrás nuestras falsedades para abandonarnos en Sus manos, convertirnos y vivir con autenticidad y tenacidad.

La mayor influencia de los padres, fíjense bien, se ejerce a través de los valores y virtudes que se viven en el hogar, así como en la actitud general hacia la vida y hacia los demás.