Relación Iglesia-Gobierno
Red Interna / Por: Humberto Famanía Ortega
Es preciso recordar siempre las palabras del Evangelio: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.”
Mucho se ha escrito, oído y visto en los medios de comunicación acreditados de nuestro país acerca de las relaciones que mantiene la Iglesia Católica con el Gobierno.
Ante ello, los sectores más duros del ámbito público han intentado, una y otra vez, establecer límites a la Iglesia, buscando frenar la acción de la jerarquía católica sin medir las consecuencias que esto podría generar. Tales intentos, lejos de contener la influencia eclesiástica, podrían traducirse en un mayor intervencionismo de obispos y sacerdotes en asuntos políticos.
Por esa razón, es indispensable mantener el diálogo y la concertación, a fin de construir una relación de respeto entre el Gobierno y la jerarquía católica. Es cierto que la influencia religiosa penetra profundamente en el ánimo de la gente, debido al constante acercamiento de la feligresía con quienes tienen la responsabilidad de conducir a la grey, particularmente dentro del catolicismo.
Más aún, dadas las actuales condiciones políticas y económicas que atraviesa la República Mexicana —las cuales han generado incertidumbre entre la población—, es común que la sociedad busque refugio en quienes predican la palabra de Dios y procuran, con hechos tangibles, aliviar los problemas inherentes a la conducta humana. Algunos de ellos incluso se esfuerzan por cubrir las necesidades básicas como alimentación, salud, vestido y vivienda.
En este sentido, considero importante que tanto la sociedad como el Gobierno, junto con la jerarquía católica, conjunten esfuerzos para alcanzar metas y objetivos comunes en favor de un bienestar creciente y armónico para la población. Debemos evitar confrontaciones que pudieran llegar a extremos capaces de poner en riesgo la estabilidad política, económica, social y cultural de nuestras comunidades.
Sin lugar a dudas, las preferencias partidistas deben sustentarse en verdaderas plataformas electorales que propongan un cambio de actitud en el funcionamiento del sector público y en su relación con la doctrina moral y social.
Es innegable la influencia de la religión en la conducta humana; sin embargo, me sumo a lo expresado por algunos obispos de México: la religión no tiene color partidista, aunque sí mantiene el deseo de que quien triunfe en las urnas cumpla, a cabalidad, con los principios básicos de honestidad, capacidad y trabajo constante en favor de los más desprotegidos.
En consecuencia, esto debería traducirse en un aumento de la productividad en todos los sectores —público, privado y social— para lograr un desarrollo sustentado en la distribución equitativa de los recursos.
Finalmente, necesitamos alcanzar una mayor madurez ciudadana, asumiendo los principios éticos que rigen la conducta humana. Estos valores, en gran medida, provienen de la enseñanza religiosa, la cual busca cultivar el alma y el espíritu del ser humano, no dirigir sus preferencias políticas.
Asimismo, debería establecerse una reglamentación dentro del propio catolicismo que vigile la conducta de sacerdotes y religiosos, pues no están exentos de las pasiones humanas. Ellos, al ejercer su ministerio, mantienen un contacto directo con el pueblo, conocen sus angustias y esperanzas, y en ocasiones influyen en su ánimo y en su manera de pensar.
En resumen, es preciso recordar siempre las palabras del Evangelio: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.”
