Parentalidad y ejemplaridad
Educación y parentalidad / Por: Dr. Jesús Cabral Araiza
Asegúrese antes de dar una instrucción, que usted ya ha puesto con su ejemplo la acción solicitada al hijo
“Solo hay dos legados duraderos que podemos dejar para nuestros hijos. Uno de estos son raíces, el otro, alas.”: Hodding Carter
En la tarea de ser padre, y en la consideración de que no se cuenta con un manual completo y actualizado al día, nos damos cuenta, al iniciar esta tarea, de que más que la instrucción o la amenaza punitiva de castigar una conducta no deseada en los hijos, lo que realmente funciona para que los hijos hagan lo que deseamos, en muchas ocasiones, es poner el ejemplo. Sí, parece sencillo y hasta obvio, pero considero que lo olvidamos fácilmente o no pensamos con frecuencia que nuestro ejemplo será la mejor instrucción y guía para los hijos en sus conductas propias y hacia los otros.
Vayamos por partes: antes de tener hijos, pudimos tener la oportunidad de leer libros en la búsqueda incansable de encontrar la respuesta correcta, la palabra precisa que aliviara nuestros agobios para cuando llegara el momento de ejercer la paternidad; incluso de consultar a quienes ya habían sido padres, buscando una orientación confiable respecto a la crianza de los hijos.
La realidad es que estas actividades sirven de poco cuando olvidamos lo fundamental en la crianza: por una parte, y esencial, el deseo sano y genuino de querer ser padres; y enseguida de ello, la salud propia que se reflejará en cada aspecto de la vida que marcaremos en nuestros hijos, conscientes o no de ello. Por tanto, es mejor que sean aspectos más conscientes.
Pero ¿a qué me refiero? Pues justamente a la tarea primera de sanar psicológicamente como padres, a fin de poder criar o tratar de realizar tareas de crianza de manera sana. Y es que, más allá de las orientaciones o consejos de terceras personas, o de los propios abuelos, sobre cómo “les funcionó” a ellos la experiencia de ser padres, nadie puede orientar sobre el sentir y la historia que se carga, con miles de experiencias, vivencias y situaciones muchas veces no resueltas, pues esas mismas situaciones alcanzan al sujeto paterno y lo convierten en aquellas historias que juró no repetir con los propios hijos.
Por otra parte, podemos observar la frustración de muchos padres porque sus hijos no siguen las instrucciones precisas que se han dado con claridad. Muchas veces, en consulta y ante ello, les pregunto a los padres: ¿y ustedes las siguen con precisión? Ante esto, no les queda mucha opción más que reconocer que igual no lo hacen. Y es que cuando un padre da una instrucción y el hijo observa que el mismo padre no la acata o hace lo contrario de lo que pidió al hijo, este último se confunde, pero después opta por hacer lo que más convenga a sus intereses, que, dicho sea de paso, suele ser la misma conducta que hiciera el progenitor.
Tratando de hacer algunas reflexiones finales, le sugiero, sea padre o madre novicio o no tanto: asegúrese, antes de dar una instrucción, de que usted ya ha puesto con su ejemplo la acción solicitada al hijo. Que no lo confunda con instrucción y acción. Que su hijo confíe en usted porque, aunque muchas veces se equivoque (y seguro lo seguirá haciendo), es capaz de pedir disculpas a su hijo y tratar de resarcir el daño, como usted lo solicita al hijo y como este deberá aprenderlo en su vida. Hable a su hijo con verdad y, de ser necesario, pida perdón; será la mejor manera de enseñarle a que él lo haga posteriormente.
Tome su tiempo para preguntar a su hijo cómo se siente y qué piensa de las acciones que ejerce sobre él. Aunque claro está, muchas de ellas no están sujetas a democracia: la parentalidad se ejerce. Sea o trate de ser justo y proporcional para corregir a su hijo. Procure entender la edad y el contexto de las acciones de su hijo. Busque siempre educar con el ejemplo y la empatía: el temor no es respeto, no los confunda. Busquemos todos los días ser mejores padres. No somos perfectos, sino perfectibles.
Gracias por su lectura y pase buen día.
