¡No más agresividad en este enigmático planeta Tierra!

Consejos de una Bisabuelita Moderna / Por un México mejor

El gracioso, con los ojos llenos de lágrimas y temblando, dijo:

—Cuando me llevaron a visitar al pueblo de mis tíos políticos, de repente se escuchó una balacera. De inmediato salí a ver qué pasaba y mi tío corrió tras de mí para tirarse encima y protegerme, tapándome la boca y escondiéndonos tras un gran matorral. Me decía: “Por favor, no te muevas ni hables”.

Mi cuerpo comenzó a temblar cuando escuché los gritos de una mujer que, desesperada, clamaba: “¡Auxilio, no más agresividad!”. Entonces se oyó la voz del narcotraficante:

—¡Calla, vieja! Tú tienes la culpa porque trataste de delatarnos cuando, en el entierro de tu sobrino, alguien dijo que yo era el asesino. Pero lo que no te imaginaste es que tengo tanto dinero que puedo comprar a todos los que quiera.

Todos gritaron aterrorizados al mismo tiempo, pronunciando diferentes palabras. Como era la hora del descanso, ante tantos gritos acudieron de inmediato su maestro y el director.

El gracioso, llorando y temblando, siguió contando lo sucedido:

—¡Vieja chismosa! Porque para ti no habrá dinero, tú tendrás que pagar con este muchacho, que es el mayor de tus hijos.

Se lo llevaron en su camioneta blindada, tapándole la boca.

Después de un gran suspiro, y aun temblando, continuó:

—El hijo más pequeño comenzó a llorar muy fuerte, y el jefe de los narcotraficantes lo levantó gritando: “¡Calla, niño, ya no soporto esos gritos!”. Y con su cuchillo se lo enterró en el estómago, sacándole las tripas.

En ese instante, la señora gritó con desesperación: “¡Nooooo!”. El hombre se volteó muy enojado y se escuchó una ráfaga de balas. El gracioso comenzó a llorar amargamente.

Todos lo abrazaron con mucho cariño. Los maestros se veían con tristeza, ya que se trataba de su alumno más alegre, el que siempre traía una hermosa sonrisa en los labios.

Cuando se tranquilizó, prosiguió con su relato doloroso:

—El narcotraficante agarró a otro niño que estaba llorando y también le sacó las tripas. Todos gritaban y él gritó: “¡No soporto lágrimas ni gritos, ya basta!”. Y comenzó de nuevo la balacera.

Mi tío me bajó la cabeza y volvió a cubrirme con su cuerpo. Las balas pasaban muy cerca de nosotros y se escuchaba el sonido de vidrios quebrándose.

La hermosa chica gritó: “¡Caray!”.

El gracioso volvió a llorar amargamente y todos lo abrazaron de nuevo, hasta que tocó la campana, pero nadie hizo caso, ni siquiera los maestros.

Cuando volvió a tranquilizarse, continuó:

—Gracias a Dios, a nadie de la familia le tocó alguna bala, pero… nos quedamos asustados y dañados psicológicamente.

El director expresó tristemente:

—Por favor, necesitamos ser todos esos mensajeros de amor y paz que tanto necesita la humanidad, la juventud y la niñez de nuestro enigmático planeta Tierra. Si algunos chicos les proponen alcohol, drogas o diversión sexual, solo digan: “No, gracias, que Dios los bendiga”. Aunque se rían de ustedes, apártense del lugar con la frente en alto. ¡Nunca tengan miedo!

Para mis ángeles terrenales del “Grupo Canica”.

Cariñosamente,

Su Bisabuelita Ana I.