Una luz en la obscuridad
Consejos de una Bisabuelita Moderna / Por un México mejor
Puerto Vallarta, Jalisco-
Todo ser humano, por lo menos una vez en su vida, tiene que pasar por la prueba de la oscuridad.
Hablando metafóricamente, la oscuridad significa una serie de contratiempos difíciles que, en ocasiones, se tornan casi insoportables; pero el hombre está hecho de un espíritu fuerte y firme, capaz de soportar infinidad de tragedias inverosímiles, y la mayoría de las veces, con la ayuda de Dios, salimos adelante para volver a empezar una nueva vida.
Algunas veces me ha tocado ver personas materialmente abatidas por el sufrimiento, debido a que tienen la idea de que es el peor del mundo, y se preguntan: “¿Por qué a mí? ¿Qué pecado habré cometido para que me castiguen de esta manera? ¿Por qué hasta el mismo Dios me ha abandonado?”. Y en ocasiones, la terrible desolación es causante de que seres de poca fe blasfemen contra Dios… o ¡se quiten la vida!
Cuando una persona está sufriendo y se acerca a nosotros, ¿no es verdad que quisiéramos dar nuestra vida para calmar tanto dolor? Pero, por desgracia, la mayoría de las veces no está en nuestras manos poder remediarlo. ¡Oh Dios!, a mí me ha pasado… Y recorren por nuestra mente infinidad de palabras de consuelo, pero, al momento de querer expresarlas, ¡solo sale a relucir en nuestros labios una sonrisa dolorosa acompañada de un fuerte abrazo, como si quisiéramos depositar en ella toda nuestra energía positiva!
Cuando era pequeña, recuerdo que comentaba con mi hermanita mayor: “El día que yo vea un muerto frente a mí, ¡me muero!”. ¡Qué distante estaba yo de la realidad! Años después, me tocó ver morir entre mis manos a una amiguita de mi hijita, que, por azares del destino, encontré destrozada en una calle de la Ciudad de México. Esa ha sido una de mis tantas pruebas difíciles que he tenido que soportar durante mi estancia en este planeta. ¿Cómo se lo diría a sus padres? ¿Cuáles serían las palabras correctas para ese interminable momento? ¿Cuál sería la reacción de ellos? ¿Por qué a mí? El mejor amigo de toda mi vida que he tenido, y siento que así será para siempre, es mi Creador; por eso lo molesté y le pedí que me acompañara y que, por favor, no me dejara, para poder hablar con los padres de la niña. Cuando estuve frente a ellos, lo que se me ocurrió decir fue: “Amiga, ¿qué pasa cuando hablas con tu sirvienta si la necesitas?”. Ella me respondió extrañada: “Acude a mí”. Y yo le dije con el corazón en la mano: “¡Nuestro querido Dios ha llamado a su hijita!”. ¿Ustedes qué dirían si estuvieran en mi lugar? Los llevé al hospital, a la morgue y a muchos lugares, porque me lo pidieron, y los acompañé hasta el panteón. ¡No fue fácil! Pero con la ayuda de Dios… ¡aquí estamos, sobrevivimos!
Cuántas veces, en forma egoísta, nos ponemos a renegar porque se nos rompió la uña o se nos mojó en la lluvia el vestido nuevo, y sintiendo enojo decimos: “¡Qué mala suerte!”. Por eso, en lugar de quejarnos, pensemos en cuánto sufrimiento en los campos de concentración y cuántos niños mueren de hambre en el mundo entero… Y no se mortifiquen tanto, porque en esos momentos malos siempre veremos… ¡una luz en la oscuridad!
Cariñosamente,
su bisabuela Ana I.
Para mis hermosos ángeles terrenales del Grupo Canica.

